Santiago ~ Mónica Gómez y Sergio Cilla

Mágicamente, como sucede en el relato, Mónica Gómez y Sergio Cilla unieron sus talentos y escribieron “Santiago”, una historia en forma de diálogo que nos conducirá por los maravillosos caminos de la fe, la esperanza, y la ayuda al otro.

Santiago

El estudio de televisión estalló en un aplauso que lo sorprendió, aunque no era distinto de lo que venía viviendo en estos últimos días. Sólo que esta vez era su ídola, Helen Dermont, quien lo entrevistaría. De hecho, lo estaba abrazando en este preciso instante. Se sentó en sus conocidos sillones multicolores y al hacerlo, acarició el posa brazos. Helen lo miró curiosa.

-Es que no entiendo qué hago acá –rio Santiago-. No lo puedo creer.

-Bueno, ya lo descubrirás, pero no te preocupes que no mordemos –aclaró Helen mirando con complicidad a su público que largó una buena carcajada para festejar el chiste-. Hablando en serio –continuó Helen-, lo que has hecho fue encomiable, pero más que nada yo quería conocer tu persona, tu historia.

-¿Mi historia de persona común y corriente?

-Exacto –asintió la rubia presentadora.

-Bueno, me llamo Santiago, ¿puedes decirlo? –la desafió.

-San...ta...gou –intentó, con sus sonidos neoyorquinos. Los estadounidenses tienen esa manía de cambiar nombres porque no pueden pronunciarlos. Así, por ejemplo, a Carlos lo llaman Charles. Pero ‘Santiago’ era un nombre tan latino que no tenía equivalente. No les quedaba otra que pronunciarlo lo mejor posible.

-Ok, ok –se divirtió el hombre-, puedes llamarme ‘Santi’.

-Ah, ¡qué alivio! Eso es mucho más fácil!

Santi había nacido en Buenos Aires, no precisamente en el centro de la próspera capital argentina, sino en un pequeño suburbio de casas y veredas humildes. Su padre tenía grandes habilidades manuales y podía arreglar todo lo que fuera necesario en una casa, pero su estilo de trabajo era muy errático y nunca podía lograr un ingreso suficiente para cubrir todas las necesidades de la casa. Su madre era una simple ama de casa, pero poseía muchas destrezas sociales. Era una época donde las mujeres no trabajaban, y entonces ella se dedicaba al cuidado de la casa y a establecer contactos para que luego su padre pudiera tener trabajo. Sin embargo, esto generaba grandes discusiones conyugales, ya que el padre nunca podía cumplir con los plazos que ella prometía, que eran muy exigentes, y todo terminaba en un “me haces quedar mal, no te busco más trabajo”.

Era tanta la pobreza que, a una temprana edad, sus padres tuvieron que decirle quiénes eran los Reyes Magos, porque no podían hacerle regalo. A pesar de haberlo comprendido, su cabecita soñadora de niño lo hizo dejar los zapatos en la ventana, de todas maneras, esperando que pudieran dejarle al menos un paquete de caramelos. Pero no fue así. Ni para eso tenían, y la desilusión fue tan fatal que Santiago se prometió a sí mismo que jamás sería pobre. Y tenía el potencial, porque dentro suyo bramaba una esencia de abundancia, de alegría, de una vida distinta.

-Sabes Helen, cuando venían las amigas de mi madre, yo les contaba acerca de mis viajes por Europa. Todo inventado, por supuesto.

-¿Qué edad tenías?

-Cuatro o cinco años.

-¿Y de dónde sacabas esas historias? Quiero decir, a los 5 años muchos niños ni saben que existe Europa!

-Es extraño, porque no lo recuerdo con certeza. Sin embargo, tengo toda la sensación de que yo lo contaba naturalmente como si lo hubiera vivido. Les decía dónde había estado, qué lugares había recorrido, y lo hacía con tal espontaneidad que cualquiera hubiera creído que era cierto.

-¿Y tu madre qué decía?

-¡Ah, mi madre! Ella sólo reía y se sentía feliz, porque para mi madre no había nada mejor que aparentar, y con estas historias sus amigas quedaban fascinadas. Cuando creía que yo no la escuchaba le decía a sus amigas: ‘Este niño es muy imaginativo, creo que me dará muchos problemas. No tiene los pies sobre la tierra’. Y en efecto, ¡siempre me gustó ‘volar’, en varios sentidos! Luego de adolescente y en mi vida joven empecé a sentir que esa necesidad de volar era imperiosa. Pero, al mismo tiempo, había que cumplir con los mandatos sociales, había que ser parte del sistema para poder ser aceptado. Y por eso creo que el gran cambio en mi vida se dio el día que me acepté como realmente era. A partir de ahí todo comenzó a acomodarse fácil y rápidamente, como si el universo interpretara el camino mágicamente, como cuando el agua encuentra el surco y comienza su recorrido. Así siento yo que se encauzó mi vida, y a partir de ahí todo se fue dando naturalmente.

-¿Que quieres decir con que te aceptaste cómo eres? Es decir, la sociedad nos lleva a enfundarnos en un rol que no nos corresponde con nuestra naturaleza, que incluso nos aliena y nos distancia de nuestra esencia. ¿A eso te refieres? ¿A encontrar tu esencia?

-Mira, Helen, esto genera confusión, gracias por haberlo puntualizado. Muchas veces la gente piensa que cuando yo digo que “hay que aceptarse” solamente me refiero a que hay que aceptarse como gay. A ver… todos tenemos que salir del closet, pero cada uno con lo suyo. Yo soy gay desde que nací, o desde que tengo memoria, pero nunca me acepté hasta de bien adulto. Aceptarse es enfrentarse a los propios miedos y dejarse llevar, fluir, permitirse, entregarse. Y como tú dices, sacar afuera la propia esencia.

-Qué interesante, porque cuando tú lo mencionaste, yo no pensé en ‘ser gay’ sino en algo más profundo, que tiene que ver con el propio ser.

-Yo conozco mucha gente que con buena disposición te habla con términos como seres de luz, fluir, dejarse llevar, entregarse, y el más usado es “soltar”… “tienes que soltar”, te aconsejan habitualmente. Pero ellos tienen todo bien agarradito, y nunca soltaron. Sólo creen que prender un sahumerio los hace espirituales, o que meditar o hacer yoga los lleva por un camino de paz interior.

-Ah si! –rio la conductora-. De esas personas conozco miles. Parece que el crecimiento personal fuese una moda, o algo que se hace sólo durante algunos minutos por día.

-Es verdad –contestó sonriendo-. El camino es justamente eso, un camino, que se toma a cada instante, en el cual uno se compromete a cada paso. No es que te vas a meditar a la India, luego vuelves, estás en las nubes por un par de meses y continúas con tu humanidad de siempre.

-Por supuesto. Simplemente no funciona así.

-Cuando sueltas y te dejas llevar –continuó Santiago -, ya no hay vuelta atrás, y ahí entiendes lo que la fe realmente significa. Porque al entregarte a algo más grande, a algo muy superior, estás confiando en eso. Entonces, por ejemplo, el dinero siempre llega, el dinero siempre está para pagar todo, y no hace falta que hagas nada.

-Es interesante ese punto. Es como que todo llega sin esfuerzo, de manera natural, y aquí es donde tanta gente duda, donde me da la sensación de que hay una fe ‘enclenque’.

-Exacto. Para muchos la fe es rezar, es mirar una estampita, y eso es espiritualidad, es creencia. La fe es la seguridad de que todo se realiza. Es la tranquilidad y la no preocupación, porque confiamos en algo superior. Ahora, si yo me tengo que poner de rodillas, llorar, implorar, rezar no sé cuántas cosas, es porque creo que nadie me va a dar nada… en cambio, una miradita hacia arriba, con un guiño del ojo, como diciendo “te quedó claro, ¿no? Necesito 1500 para ese par de zapatos”, acompañado de un suspiro como que la cosa ya la tenemos, es la mejor manera de entender que el universo nos proveerá de todo lo que necesitamos y queremos, y mucho más.

-Disculpa que te interrumpa –acotó Helen-, pero esto me recuerda a ‘Un Curso de Milagros’, sabes que yo lo estudio hace muchos años –sonrió-, es un curso eterno... Y el curso dice algo así como que si yo creo que estoy solo en este mundo... bueno, ¡pobre de mí! Y creo que esto es lo que estás diciendo, que no estamos solos, que hay un Ser Superior que nos guía, nos acompaña, nos protege, y nos ama, y por ende nos da lo que necesitamos.

-Claro! Yo creo que es así...

-Y entonces ¿Qué tenemos que hacer?

-Bueno, como te decía, tener fe en esa entidad superior.

-Parece que estuviéramos evitando la palabra ‘Dios’, Santi.

-Es que muchas personas se sienten incómodas cuando escuchan hablar de Dios. Y está bien que cada uno elija a quien dirigirse cuando se entrega.

-¿Qué significa para ti entregarse? –preguntó ella con interés-. ¿Soltar?

-Soltar es como llegar al borde del precipicio y dejarse caer, porque uno está seguro que no se va a golpear.

-Sabes una cosa, Santi, me gustaría hacer una pausa aquí porque creo que estoy perdiendo audiencia –acotó haciendo una mueca a la cámara-. Hay mucha gente lastimada, golpeada por la vida, gente con enfermedades, sufriendo duelos, el horror de la guerra, la vergüenza del hambre.... ¿Estamos hablándole a esa gente también?

-Bueno, tienes razón, es un tema delicadísimo. Y yo te pregunto, ¿qué podemos hacer? El ciudadano común, que no tiene más poder que su propio voto – si es que vive en una democracia - ¿qué puede hacer contra la guerra?

-¿Manifestar? ¿Salir a la calle y protestar?

-Sí, ésa parece ser la única manera, pero... –dudó Santiago-, te contestaré con algo que escuché hace poco de Barbara de Angelis, una gran escritora estadounidense, que hablaba del terrorismo y de cómo cada uno de nosotros es su propio terrorista. Nos ‘terrorizamos’ con pensamientos negativos, con maltrato hacia nosotros mismos, con críticas y prejuicios. Si cada uno de nosotros dejara de terrorizarse, quizás el mundo también dejaría de terrorizar...

-Madre Teresa decía que no servía estar en contra de la guerra, sino a favor de la paz.
-Sabias palabras –afirmó Santiago pensativo-, construir la paz dentro de cada uno de nosotros.

-¿Y eso cómo se hace? ¿Existe un modo, una técnica, algo que hayas implementado en tu vida personal que puedas compartir con nosotros?

-Claro que hay técnicas y consejos que dar, y el primero y más importante es dejarse de preocupar por las cosas, es quitarles la transcendencia que les otorgamos. Si me llega una boleta por un gasto inesperado y me pongo mal, y me preocupo y no sé qué hacer, seguramente no encontraré los medios para pagarla. Pero si la coloco en un estante, convencido de que esa cuenta se pagará en su debido tiempo, y me voy a hacer lo que más me gusta, deporte, arte, baile, lo que sea, ya la vida nos mostrará el camino para conseguir ese dinero que nos está faltando.

-Discúlpame, Santi, pero eso me resulta extraño, es como decir que la boleta se pagará sola y que tu no haces nada para que ello suceda... ¿Tú te quedas tirado y la boleta se paga por arte de magia?

-No, yo no me tiro en una reposera en el jardín de mi casa todo el día, y así es como todo sucede. Pero si lo hiciera, seguramente me iría mucho mejor de lo que me va.

-¿Cómo es eso? ¿Nos lo puedes explicar? –preguntó Helen sorprendida.

-Claro, sé que no se entiende lo que quiero decir. A ver… tengo esa parte de humano, o mejor dicho, soy humano como todos ustedes, pero a mi edad, quitarme el cien por ciento de lo que la cultura y la vida me ha dado es muy difícil. Como si tuviéramos cayos, o surcos, que ya son difíciles de llenar -y atención que estoy utilizando la palabra “difíciles” y no imposible, y luego podría hablar de esto también, lo dejo ahora entre paréntesis- y entonces mi cabezota me dice que si no muevo el trasero no vamos a tener comida sobre la mesa, o el césped no se cortará, o las compras no se harán… y no es así. Cuanto más te entregas a la vida, a lo que te apasiona, a lo que te gusta y te interesa, a lo que realmente te da ganas de hacer, siendo realmente fiel a ti mismo, verdadero con lo que quieres y deseas, ahí es cuando el universo mágicamente te resuelve todos los problemas.

-Ah, has usado la misma palabra que yo usé en la pregunta: magia... –acotó ella.

-Usé el término “mágicamente” porque es mejor aceptado por la sociedad, pero estoy totalmente convencido que no hay nada mágico, y que en la vida las cosas funcionan con un propósito determinado, sólo hay que saber qué botones tocar en el momento adecuado.
-Sí, allí estamos de acuerdo. Y entiendo tu punto. Cuanto más nos obsesionamos y nos preocupamos por una cosa, menos nos resulta, porque angustiados como estamos no nos abrimos a las soluciones.

-Exacto

-Pero ¿cómo se hace para cambiar tu ‘cabezota’, como la has llamado tú? –quiso saber Helen-. Estamos llenos de creencias y pensamientos que nos dicen que debemos preocuparnos, porque si no lo hacemos, no estamos siendo responsables. Es difícil.

-Volvemos a lo difícil pero no imposible. Es que todo se puede. Y esos surcos, y esos cayos, también pueden desaparecer. Y no hablo ni de Botox ni de cirugía estética, sino de sentirse joven y hacer que eso ocurra. Si yo me siento joven, y me creo joven, todos a mi alrededor me sentirán y me verán joven, y mi cuerpo comenzará a verse joven, porque las células de mi cuerpo desacelerarán el proceso de envejecimiento, y comenzarán a rellenar esos surcos. Porque las células hacen lo que nosotros les decimos, y en el 99% de los casos, estamos convencidos que estamos envejeciendo, que vamos camino hacia el final. Pero, no es mi caso, te lo puedo asegurar, tengo tantas cosas por hacer, tanto que decir, tanto que quiero trabajar, ¡que no sé cuántos años viviré para poder hacer todo eso!

-Y esto me trae al tema que te ha vuelto famoso... Cuéntanos cómo comenzó todo....

-Bueno, siempre fui una persona sensible a las necesidades ajenas. Y todo empezó una mañana que cambié de camino para llegar hasta mi oficina. Vi una muchacha con un bebé sentada en una esquina, pidiendo limosna y tuve el impulso de acercarme a dejarle unas monedas. Y así, al día siguiente le dejé una bolsa con leche, galletitas, pañales. Ella me agradeció efusivamente, pero yo no quería sus gracias y tampoco me sentía bien con lo que estaba haciendo.

-¿Cómo que no, por qué?

-Porque no estaba solucionando nada. Entonces un par de días más tarde la invité a desayunar y fue entonces que me contó su triste historia, la de ella y su marido. Y aclaro que no se trata de inmigrantes ilegales, como se ven tan comúnmente. Ésta es una pareja, casada, de 30 años, con un niñito que ahora está por cumplir un año, todos estadounidenses, de padres y abuelos estadounidenses también.

-El inmigrante eres tú, Santiago Marquez... ¿Lo he dicho bien?

-Sí, es así, mis padres, mis hermanos y yo nacimos en Argentina. Y estoy muy orgulloso de mi origen y también de este suelo que nos recibió hace ya casi 50 años. Bueno, te contaba que John y Melanie no tienen familia. No viene al caso, tristes historias de enfermedades y muertes. La cuestión es que se casaron, y se fueron a vivir a un apartamento en las afueras. Ambos trabajaban. John fue el primero en quedarse sin trabajo por un ‘downsizing’ en la empresa. Y Melanie era moza en un bar, pero cuando quedó embarazada, la echaron. No consiguieron trabajo, se comieron los pocos ahorros hasta que no pudieron pagar más el alquiler. Cuando yo los conocí, dormían en un refugio y durante el día Melanie pedía y John trataba de hacer alguna changa.

-Una historia tristísima...entonces, Santi, decidiste ayudarlos dándoles tu apartamento.

-Ahá... Y ahora están mejor y tienen una base desde donde buscar trabajo con más comodidad.

-¿Y luego se irán?

-¡No! Ese apartamento es para ellos. Sabes Helen, desde un cierto punto de vista me parece muy injusto que una familia tenga dos casas y otra no tenga ninguna.

-Pero a ti te ha costado...

-No, en realidad no, es una herencia de mis padres. Claro que le ha costado a ellos pero sé que – donde estén – se encuentran felices de que John, Melanie y Ricky tengan un techo. Te diré más: si las 62 personas más ricas del mundo poseen la misma cantidad de riqueza que la mitad más pobre del planeta, ¿cómo no voy a compartir un apartamento que no uso con alguien que lo necesita?

-Es cierto, Santi, y por eso comencé diciendo que tu acción es encomiable.

-Yo no diría tanto, sólo que, ya que me he vuelto famoso –agregó sonriente-, ojalá fuese un ejemplo que se copiara, que otras personas hicieran lo mismo y ‘adoptaran’ a un homeless. Siempre hay ayuda que podemos ofrecer....

-¡Claro! Y lo decimos a todos los que nos están mirando... Ahora Santi, volviendo a tu apartamento, tu cobrabas un alquiler por ese lugar y necesitabas ese dinero.

-No, en verdad lo ahorraba, ese dinero era mi base para el futuro.

-Ah, importante... Entonces ¿cómo harás para asegurarte tu futuro?

-La fe, Helen, la fe...-respondió Santiago suspirando

-Santiago Marquez, quiero agradecerte por esta entrevista que ha tomado rumbos inesperados. Queríamos conocerte y creo que lo hemos logrados. Ni más ni menos que un ciudadano común, como te gusta definirte. Gracias, Santi por esta lección de fe que nos has dado -concluyó la conductora sonriendo en medio de un aplauso que sonó más fuerte que el de bienvenida.

FIN.

Mónica Gómez y Sergio Cilla


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