Pedido otorgado II ~ Mónica Gómez

En esta segunda parte y final, Mónica Gómez nos propone tener esperanza y creer que – aveces – las soluciones llegan desde el lugar menos esperado.

Si no has leído la primera parte, comienza aquí: Pedido otorgado I

Pedido otorgado II

Con el papel en la mano, Marcelo intentó despejarse de la preocupación que lo asaltó por un momento, quizás simplemente se trataba de un juego.

Esto quizás sea una respuesta a tus oraciones. Has recibido una caja con cinco objetos, un cuaderno, un cofre, un corazón, un caramelo y una campana. Empiezan con la letra ‘c’ porque tienen que ver simbólicamente, con la CCC, Conciencia Colectiva Contemporánea.

Uh, pensó el muchacho, esto debe ser de alguna secta. Pero, como si le leyeran el pensamiento, las siguientes palabras decían:

No te alarmes. No se trata de ninguna secta y nadie te pedirá nada a cambio. Simplemente es importante que recuerdes algunos conceptos a través de la utilización de estos objetos en tus momentos de oscuridad y cuando te sientes frustrado por tu falta de dinero.

El corazón te recordará el amor que llena tu vida, tu familia, las personas que comparten tu cotidianeidad y que nunca deben darse por sentado.

Marcelo sonrió recordando a su esposa y su bebé, es cierto, era muy afortunado de tener una familia a quien adoraba.

El caramelo tiene que ver con la dulzura, la infancia, tu vida vista con los ojos de un niño, con humor y despreocupación. No sirve de nada refunfuñar y preocuparse, eso no resuelve los problemas. En momentos de tensión, nada mejor que algo dulce y un poco de humor.

El cuaderno es para que escribas lo que sientes, sin pensar, dejandote llevar. Puedes instaurar un diálogo con Dios, si no te parece una locura. Nadie lo leerá, es sólo para ti pero debes saber que escribir es un excelente modo de expresarse con uno mismo, de mirarse por dentro y sacar afuera eso que ves.

El cofre simboliza la abundancia, que la tienes, porque la abundancia no es la riqueza material, sino el amor, la familia, una buena relación contigo mismo, con Dios, si crees en Él. La paz, la alegría, un hogar. Ésa es la verdadera riqueza.

La campana la debes hacer sonar para que te recuerde todo esto. Llevala siempre contigo, y cuando estés deprimido, su tañido te llevará hacia los otros objetos, hacia el recuerdo de tu familia, tu dulzura y humor, tu abundancia, tu ser interior.

Ojalá todo esto te sirva.

Ése era el fin. No había firma ni nada que se le pareciera. Cuando Marcelo terminó de leer, se encontró con sus ojos llenos de lágrimas. Tomó los objetos, uno por uno, con sumo cuidado y los acarició como tesoros. Es que eso es lo que eran, un tesoro que había encontrado en su camino cuando más lo necesitaba. Se le vino a la mente el pedido hecho al cielo unos minutos antes de cruzar la plaza. ¡Dios lo había escuchado! Se echó a reír mientras tomaba el cuaderno y empezaba a escribir en la primera página: “Soy feliz. No encontré trabajo pero soy feliz, porque Dios me respondió y eso significa que si confío en Él, estaré cuidado y protegido”. Ni él mismo entendía de dónde le habían salido esas palabras.

Contento como un niño con sus regalos de cumpleaños, volvió a guardar todos los objetos en la caja, junto con la nota y salió casi corriendo hacia su casa, a compartir con su esposa la alegría que lo inundaba. Mientras viajaba en el subte, le parecía ser otra persona. Hacía muchos meses que no se sentía así.

Al llegar a su casa, no aguantó esperar el ascensor y subió los tres pisos por escalera, salteando los escalones. Apenas puso la llave en la puerta, su esposa la abrió del otro lado.

-¡Hola, mi amor! –dijo ella con una gran sonrisa. Marcelo quedó sorprendido porque ella también vivía la preocupación, hacía meses que tenía un gesto triste-, tengo una gran noticia que darte.
-Yo también, pero primero vos –sonrió.
-Te llamaron de esa empresa textil, la que vos querías. ¡Empezás a trabajar la semana que viene!
-¡No lo puedo creer! –Marcelo rompió a llorar abrazándola.
-Eh... bueno, no llores –rió ella.
-Es que...
-¿Qué es esa caja?
-Justamente, ahora te cuento –respondió el muchacho, pasando del llanto a la risa y levantando a su esposa en el aire a modo de festejo, mientras el bebé se despertaba de su siesta.

Los objetos terminaron en el primer estante de la biblioteca, bien a la vista. Los cuadernos se multiplicaron. Y nunca se separó de la campanita.

Mónica Gómez

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