Mirada fatal ~ Mónica Gómez

¿Las apariencias siempre engañan? ¿Somos víctimas de lo que creemos suponer del otro? Mónica Gómez nos presenta “Mirada Fatal”, una historia de encuentros con matices inesperados.
Advertencia: el contenido del relato podría resultar de carácter ofensivo y explícito para algunas personas. Relato apto para jovencitas, una gran lección sobre no dejarse llevar por las apariencias de un hombre guapo y seductor. Cuento no apto para menores de 12 años sin el apoyo de un adulto.

Primera parte

Mariel había entrado al bar para resguardarse de los nubarrones grises que traían una llovizna fría. Estaba esperando a su amiga Camila y se suponía que irían al cine pero ya se estaba haciendo tarde. Se sentó en una de las mesas junto a la ventana, para poder tener la vista de la esquina donde se habían dado cita. Fue entonces cuando lo vio, sentado en la mesa de enfrente, ese par de ojos azul intenso que contrastaban con la barba castaña y que le quitaron la respiración con una sola mirada. Casi absorta estaba cuando sonó su celular.

-¿Dónde estás, nena? –contestó.
-Ay, disculpame, Marie –se escuchó del otro lado una voz afilada y sufriente –estoy en el baño con una diarrea que no doy más. Pensé que se me iba a pasar pero-
-Qué mal. Pobrecita, no te preocupes. ¿Necesitás algo?
-No, no. Acá está mi vieja conmigo.
-Ok, que te mejores, te llamo más tarde.

Dejó el celular al lado de la taza de café cortado que había pedido y volvió a los ojos azules que pasaban de ella a una pila de apuntes.

-Perdón, ¿nos conocemos de algún lado? –hablaron de repente los ojazos.
-No. ¿Por?
-Porque me estás mirando como si me conocieras –sonrió él con un gesto que parecía abrir un pedazo de cielo.
-No, no, momentito, sos vos que me estás mirando a mí –coqueteó ella.
-Está bien, como quieras. ¿Me puedo pasar a tu mesa?
-Sí –trató de sonar indiferente mientras él se levantaba tomando su abrigo y sus apuntes.

¡Ah, si Camila no hubiera tenido esa diarrea! O si no se hubiera largado la llovizna. Pero así fue como Mariel conoció a Julián, diez años mayor, que a los diecinueve de ella hacen diferencia.
Hacía un año que se había transferido a la ciudad para estudiar dejando a sus padres y hermanos menores en su pueblo natal. Era como cumplir su sueño ya que desde chiquita tenía claro que quería ser abogada. Un amigo del padre le alquilaba un departamentito por un módico precio. Era un solo ambiente, pero amplio, con un balcón terraza que Mariel adoraba, un último piso de un moderno edificio, debajo de la terraza de uso común. El ambiente tenía una enorme puerta ventana que daba al balcón y en un costado de éste, el dueño había construido un pequeño galpón con techo de tejas que él usaba para guardar cachivaches pero que Marie transformó en un acogedor lugar de estudio cuando las noches cálidas lo permitían.

Julián era ingeniero y estudiante de psicología. A lo largo de su carrera se había dado cuenta que la ingeniería era lo que hubiesen querido sus padres pero su verdadera pasión distaba de cálculos y planos. Se recibió de todos modos, pero con el objetivo claro de financiarse su real vocación: el estudio profundo del ser humano. Era todo un seductor. Mariel estaba encantada con sus palabras justas y bien elegidas, sus gestos de hombre maduro y su gentileza galante. Esa misma noche, después de una cena en la que hablaron tanto de cada uno que al rato parecían ya conocerse de toda una vida, Julián la dejó en la puerta de su casa, sin siquiera intentar besarla. Excelente táctica. Mariel quedó prendada de este personaje de ojos azules que era distinto a los chicos que ella conocía.

-¿Cómo distinto? –preguntaba Camila.
-Sí, no sabés... será porque es un tipo grande, o porque estudia psicología. Pero es como fuera de este mundo –explicaba Mariel excitada.
-Guau, me parece que te estás enamorando...
-¡Pero si apenas lo conozco!
-Bueno, nena, ¡escuchate! ¿Cuándo se vuelven a ver?
-Esta noche –contestó con una sonrisita nerviosa.

Julián pasó a buscarla y la llevó a cenar a un restaurantito íntimo y cálido.

-Vos no sos como las demás.
-¿En qué sentido decís?
-No sé explicarlo, pero mirá que he conocido mujeres en mis 29 años y nunca alguien como vos. Sos especial, tenés un ángel, una sensibilidad fuera de lo común –expresó clavándole sus azules ojazos –además sos hermosa e inteligente, claro, pero eso no es una novedad para vos –sonrió con su sonrisa magnética, al tiempo que la guardaba para tornarse serio –esto es novedoso para mí, porque despertás en mi cosas nuevas, emociones que nunca sentí.

Mariel estaba tan conmovida que todo su cuerpo parecía vibrar. A la emoción sentimental se agregaban las sensaciones físicas que se acrecentaron cuando él se acercó dulcemente y le rozó los labios con un beso susurrando:

-Sos tan tierna y tan frágil.

Como en una película, pasaron del restaurante al ascensor de la casa de Mariel, donde él siguió acariciándola con una ternura inaudita. Julián quedó impactado cuando ella abrió la puerta.

-¡Qué precioso lugar!
-¿Viste? –dijo ella contenta –te conté que el dueño es un amigo de mi papá. Mirá, vení que te muestro lo que más me gusta –agregó mientras levantaba la persiana de la puerta ventana que siempre cerraba por seguridad. Las luces de la ciudad relampagueaban en la noche otoñal-. Lástima que hace frío –se lamentó frotándose los brazos. Julián la abrazó escrutando el panorama.
-Muy linda vista...
-Y mirá esto, es mi lugar de estudio –le mostró Mariel abriendo la puerta del cuartito –fijate el techito de tejas qué pintoresco.

Julián se asomó con gesto de aprobación y luego miró hacia arriba.
-¿Hay otro departamento en el piso de arriba?
-No, es la terraza del edificio, que vendría a estar sobre el techo de mi departamento. Bah, ¡qué te explico a vos que sos ingeniero! –rió.

Julián la tomó suavemente del brazo y se metieron adentro. Ella apagó la lámpara, dejando entrar las luces de la ciudad a través de la ventana. Él comenzó a acariciarla, el pelo, las orejas, las mejillas con una tersura que la hacía vibrar como nunca antes. “Sos tan linda”, repetía él como en un murmullo mientras se ponía un preservativo.

De repente, con una especie de fuerza que la sobresaltó, la empujó hacia la cama y Mariel cayó de espaldas, rebotando sobre el colchón, entre sorprendida y divertida, magnetizada por sus infinitos ojos azules.
-Se te fue la mano con el empujón –alcanzó a decir con una sonrisa que él desdibujó de un mordisco.
-No se me fue la mano nada, putita –contestó entredientes con un tono de voz desconocido mientras se abalanzaba sobre ella con una violencia inesperada que dejó a Mariel ahogada en la incomprensión.

-Me estás lastimando, Julián –dijo con el filo de voz que el aire le dejaba.

Segunda parte

-Me estás lastimando –repitió ahogada- ¿qué hacés, Julián?

-Te cojo, trola –la calló de un cachetazo.

Sojuzgada por el peso de su cuerpo, Mariel no pudo más que llorar. Intentó sacárselo de encima pero la fuerza del energúmeno era inaudita. Julián tenía su cabeza hundida en el hueco del cuello de Mariel mientras la penetraba con una presión constante y contundente. Ante el llanto de la muchacha, él levantó la cara, le tapó la boca con la mano y la miró. Esos ojos color mar que habían conquistado a Mariel, la miraban ahora con un chispazo de odio y locura que la aterrorizaron. En ese instante en que ella sintió el pánico, los ojos se abrieron aún más mientras él se retorcía dentro de ella, vaciando su lujuria satisfecha.
-Sos una puta divina, ¿por qué lloras? –dijo mientras se ponía en pie, tiraba el preservativo al piso sin mirarlo y se levantaba el cierre de los pantalones. Mariel ni se animaba a contestar del miedo paralizante que sentía-. Dale, tontita –se acercó –no me digas que no te gustó-. Le clavó la mirada azul y largó una carcajada-. ¡Te dejé muda!

Mariel estaba aterrorizada, no sabía cómo comportarse. Lo único que quería era que se fuera. No sabía qué hacer ni qué decirle. Atinó a dejar de llorar y sentarse en el borde de la cama, sobre su sangre.

-Ya me parecía que eras virgen, preciosa –comentó él mirando la mancha de sangre.
Ella no contestó. Obvio que no era virgen. Esa sangre era por lo bestia que había sido, pero no se lo iba a decir-. Bueno, chiquita –dijo por fin cuando terminó de vestirse –ahora me tengo que ir, pero te llamo en estos días –dijo acercándose para besarla.
-Chau –murmuró Mariel todavía petrificada y respondiendo al beso con tal que se fuera.

Cuando sintió el chasquido del ascensor bajando, tomó el preservativo llena de asco y corrió al baño desesperada. Se metió bajo la lluvia de la ducha tratando de limpiar su cuerpo del horror que había sufrido. El agua clara de la ducha se entremezclaba con sus lágrimas densas y tristes. No sabía si lloraba por los dolores físicos o por la desilusión de este hombre - ¿Hombre lo podía llamar? Hombre lo había creído pero no lo era. ¡Era un animal!

-Menos mal que estudia psicología –ironizó Camila cuando fue a verla al día siguiente y Mariel le contó todo-. ¿Estás bien físicamente?
-Sí, sí, me hizo sangrar en el momento pero ya pasó. Lo que no pasó es que me siento mal conmigo, me siento una tonta –confesó Mariel.
-¿Vos? Pero vos no hiciste nada...
-Sí, me lo creí todo, me mostró una fachada que no era.
-Pero ¿qué culpa tenés vos? Vos estabas medio enamorada...
-Sí, es verdad –llorisqueó Mariel –no lo puedo creer todavía.
-Ay, amiguita, vení acá –la abrazó con ternura –hay cada loco suelto! Ahora tranquila, que ya pasó.

Pero Mariel ni imaginaba que en realidad, lejos de haber pasado, más bien recién empezaba.
Al día siguiente recibió un mensaje de texto: “Hola linda, ¿cenamos esta noche?”, al cual obviamente no contestó. Al día siguiente, los mensajes se multiplicaron.
-Me manda mensajes, Cami, no sé qué hacer.
-Nada, no le contestes nada, ya se va a cansar. A buen entendedor, pocas palabras.

Pero Julián distaba mucho de ser un buen entendedor. Siguieron un par de días en que los mensajes no cesaban, aunque Mariel nunca contestó. Después pasó un día entero sin mensajes. Ese viernes ambas chicas salían de la Facultad bajo un cálido sol otoñal. Mariel estaba más relajada. Era época de parciales, estaban estudiando en grupo y no había mucho tiempo para deprimirse.

-Sabés que no tuve más mensajes, Cami...
-¿Viste? Te dije que se iba a cansar –aseveró su amiga en el mismo momento que Mariel quedó pálida como la nube que por un instante tapó el cielo soleado.
-Ahí está.
-¿Quién, dónde? –Camila no entendía.
Julián se acercó a las chicas. Vestía un jean y una camisa turquesa que resaltaba sus famosos ojos.
-Como no contestas mis mensajes tuve que venir a buscarte –dijo sonriendo y con cierta firmeza.
-Creí que entenderías –se animó Mariel con coraje-, no quiero volver a verte.
-¡No digas tonterías, nena! –rió él y tomándole la perilla –después de lo bien que lo pasamos el otro día.
-¿No entendés? No quiero verte –repitió Mariel.
-Vos debés ser Camila, ¿no? –dijo ignorando a Mariel y volteándose hacia la amiga.
-Sí, yo soy su amiga –dijo Camila sacando pecho con orgullo –y no sé si escuchaste lo que te dijo. No quiere verte más así que ¡desaparece!

Fue quizás la última palabra o la inflexión de la voz que finalmente lo hizo cambiar de gesto. Abandonó la sonrisita socarrona y en su lugar vociferó en voz baja, como entre dientes:
-¿Desaparecer? ¿Ahora que encontré esta nenita hermosa que me pertenece?
-¿Qué te pertenezco, pero qué decías, Julián, estás loco?
-Escuchame bien, chiquita –le tomó la cara con encubierta violencia mientras le hablaba al oído –vos ya sos mía y de ningún otro, nunca más, ¿oíste? –y en voz alta mirando a Camila –y ahora te dejo ir con tu amiga, pero nos vemos –amenazó alejándose.

Ambas chicas quedaron estupefactas, aunque intentaron no darle más importancia al asunto. Sólo después sabrían que ése fue el comienzo de una persecución infernal. En la semana mandaba mensajes que Mariel puntualmente no respondía pero lo más extraño era que los días viernes se hacía ver. En distintos horarios y lugares, siempre sabía dónde estaba ella. Una vez a la salida de un cine, otra vez en la puerta de la casa de una compañera de estudio. Una mañana ¡saliendo del dentista! Se hacía ver, quizás como diciendo: “te sigo los pasos” y ella lo ignoraba, pero él continuaba.

-Ya se va a cansar, digo yo –insistía Camila.
-Espero... me está volviendo loca.

Ese viernes, Mariel amaneció con unas líneas de fiebre. Tenía clases en la facultad pero no fue y decidió quedarse en cama. A la hora de salida, la llamó Camila.

-El pelotudo está acá. Lo veo sentado en el bar de enfrente. Seguro me está viendo.
-Hoy lo cagamos, porque yo no estoy –dijo Mariel sonriendo.
-¿Cómo estás?
-Mejor, ya no tengo más fiebre.
-Bueno, cuidate, nena y cualquier cosa llamá.
-Sí, gracias, no te preocupes.

Todavía le dolía un poco la cabeza así que se levantó a bajar la persiana del balcón para que las luces de la calle no la lastimaran. Al rato se quedó entre dormida, hasta que un golpe bruto en la persiana la despertó de un salto.
-¡Abrime, puta! –escuchó la voz tan temida – O la próxima vez vengo con una pistola y te hago un buraco, en la ventana y en tu cuerpito de trola!
Los golpes duraron unos cinco minutos de terror en los que Mariel ni se animó a contestar. Después lo escuchó irse. Evidentemente había saltado por la terraza y por el techo de tejas del cuartito.
Esto ya había llegado a mucho. Ahí fue cuando Mariel se asustó y llamó a la policía.

Era el viernes siguiente, más o menos la misma hora de la vez anterior. Una calma chata inundaba la noche de la ciudad que brillaba a lo lejos, lejos del drama que podría llegar a suceder.
Las pisadas sobre el tejado le alertaron. Se agazapó dentro de la piecita.
Julián se sorprendió de ver la persiana entreabierta.

-¡Abrime! –dijo con un estruendo.
-Andate, por favor –se escuchó desde adentro.
-¡Tengo una pistola! –dijo blandiéndola y preparándose a cargarla -¿escuchás? –gritó mientras la cargaba. O me abrís o-

El ruido fue como el de una explosión y en un segundo, Julián estaba en el suelo, la pistola voló por las cerámicas de la terraza y un policía que había salido de la piecita lo estaba esposando mientras otro, un inspector, salía desde adentro para ayudarlo. Mariel estaba cerca de la puerta, temblando como una hoja, con una mujer policía que la sostenía.

-¿Estás bien, Mariel?
-Sí, sí –dijo acongojada.
-Tranquila, ya pasó todo. Vení, vamos al baño mientras lo sacan así no te ve.
-¡Puta, te vas a arrepentir! –vociferaba.
-Callate, pelotudo –gritó el inspector –sos vos el que te vas a arrepentir. ¿Sabés cuántos años te esperan? Violación de domicilio, portación de arma de fuego, amenaza de muerte... no ves más el sol vos –se lo llevaba arrastrando.

-¿Llamamos a tu amiga o querés que te llevemos a su casa?
-No, mejor la llamo –dijo Mariel con compostura -ella viene y me acompaña, es mejor así, que pase la noche acá así no me quedan impresiones extrañas.
-Sí, claro, es mucho mejor. No te preocupes que ese idiota no puede hacerte más daño. A vos ni a nadie –la reconfortó – y yo me quedo hasta que llegue tu amiga.
-Gracias.

Mariel estaba tranquila. Sabía que ya lo iba a superar, pero se juró nunca más dejarse llevar por una mirada.

Mónica Gómez

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