Lo que la sangre no logró II ~ Mónica Gómez

Como conclusión de este relato conmovedor, Mónica nos demuestra que la vida – lejos de ser injusta – nos puede reservar sorpresas que ni siquiera hubiéramos imaginado.

Si no has leído la primera parte, empieza aquí: Lo que la sangre no logró I.

2a Parte

La mujer subió ágilmente la escalera, seguida de Claudia, que curioseaba todo. Un dormitorio enorme, otro igual de grande, con las paredes forradas de más libros, álbumes de fotos, películas y videos y un escritorio bajo una ventana por la que Miriam se asomó a saludar a su esposo que estaba trabajando en el jardín.

-Esta otra habitación –dijo Miriam, entrando a un cuarto como de niños que hizo pensar a Claudia en nietos- es de mi hijo Enrique. Tiene treinta y dos años y sufre de retraso mental. Está internado en una Institución, pero viene a casa algunos fines de semana y para las fiestas. Le mantenemos su cuarto tal como le gusta, con sus juguetes y sus cosas –comentó sonriendo-. En realidad, tiene una mentalidad de cinco años.

Qué vida dura habrá tenido esta mujer, pensó Claudia mientras volvían abajo. Pero qué serena se la ve.

-Salgamos al deck. Es un día hermoso. ¿Querés tomar algo?
-No, señora, muchas gracias.
-Bueno, te decía, horario de 9 a 16, almorzás con nosotros, claro. Y la paga es de quinientos dólares por semana.
-¿Cuánto? –casi se desmaya.
-Quinientos, por semana. Sí, ya sé que está un poco subido pero yo soy así. Y te digo más, si estás de acuerdo y comenzás, probamos tres meses y si todo va bien, te aumentamos al pago definitivo de seiscientos por semana.
-Gracias, señora – contestó Claudia entusiasmada-. No lo puedo creer.
-¿Querés hacerme alguna pregunta? ¿Querés saber algo sobre nosotros?
-¿Hace cuánto que están? –curioseó.
-Diez años, pero nos fuimos de Argentina hace veintiocho. Partimos para España, y allí vivimos durante dieciocho años. Pero yo nunca terminé de adaptarme y cuando mi marido se jubiló, nos vinimos para acá. Conocíamos el lugar porque teníamos amigos y con la diferencia entre euros y dólares pudimos comprar esta casa e instalarnos. Ante todo, buscamos la institución para mi hijo, y la encontramos y estamos muy contentos. Aparte de eso, yo soy escritora y acá encontré muchas más posibilidades, así que vivimos de eso y de la pensión de mi marido. Sigo escribiendo y cada tanto me llaman para dar conferencias, cosa que adoro.
-Qué vida intensa, señora...
-Sí, la verdad que sí, tengo sesenta y cinco años vividos plenamente, con mucho sufrimiento que ya quedó en el pasado, por suerte-. La anciana suspiró-. La mayor parte de mi familia falleció y mucha gente se aprovechó de mi situación y me estafó. Pero, como te digo, todo eso fue ya superado –dijo con una leve sonrisa-. Contame, querida, tenés familia en México?
-No –dijo la muchacha agachando la cabeza-.Yo también perdí a mi familia. A mi padre no lo conocí nunca y mi mamá falleció cuando yo tenía doce años.
-Uy, qué triste. ¿Tenés hermanos?
-Sí, dos mujeres, más grandes, pero cada una hizo su vida y no les importó nada de mí. Por eso la entiendo, Miriam, yo también quedé sola de familia de sangre.
-Sí, es frustrante pero te digo que a mí, eso de que me traicionaran, me sirvió en un determinado momento para soltar. Vendí todo en Argentina y compramos casa en España. Fue muy bueno, porque nos instalamos definitivamente. No se puede estar con un pie en un lado y otro en otro.
-Sí, eso pienso yo. Armando, mi marido, a veces quiere volver y yo le digo que no, que mejor construirnos la vida acá. Para nuestros hijos...
-¡Ah! ¿Cuántos hijos tenés?
-No, no –rió Claudia- ¡para el futuro!
-¡Ah, bueno! Tenés mucho tiempo todavía, querida. Volviendo a lo nuestro, a mí siempre me criticaron por tratar con confianza a quienes trabajan para mí. Pero yo soy así, fui siempre así y ya estoy vieja para cambiar.
-No, Miriam, no diga eso –rió Claudia- pero en realidad, mejor así, ¡no cambie!
-Yo creo que nosotras vamos a ser grandes amigas –le dijo guiñando un ojo, con expresión cómplice.
-Eso será un gran honor.
-Y si trabajás con diligencia, nos quedará tiempo para las clases de inglés, como te dije. Mi marido apenas lo habla, pero él ya está jubilado. Vos en cambio, tenés toda la vida por delante.
-Gracias, Miriam... realmente, no sé cómo agradecerle –concluyó emocionada.

Quién lo hubiera dicho. Claudia se transformó en el apoyo principal de Miriam y su marido. Casi como una hija. Tanto, que ni siquiera los dejó cuando un par de años más tarde, tuvo a su hijito Leo. Hacía cinco años que se conocían cuando Armando y ella se fueron a vivir con ellos. Construyeron una casita al costado para tener su propia intimidad, pero vivían como familia, esa familia que Miriam hubiera querido tener pero la sangre no le dio.

-Abuela, venís a jugar conmigo?
-Pero yo ya estoy viejita para jugar a la pelota –dijo Miriam tomando a Leo de la mano-. Mejor vamos a la biblioteca y te leo un cuento, ¿querés?
-¡Sí, sí, me encanta!

Claudia los miró mientras subían la escalera. Al fin sus sueños se estaban cumpliendo. Tener una vida mejor, era lo que había venido a buscar. Pero además, una familia... ¡eso no se lo esperaba!

Fin

Mónica Gómez

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