Micaela ~ Mónica Gómez

Hoy Mónica Gómez nos presenta un relato sobre un tema delicado. Después de años de sufrimiento, una persona encuentra su verdadero Ser y puede finalmente ser feliz con sí misma.

Micaela

-Hola, Micaela, ¡qué linda estás hoy!
-Gracias, José –contestó coqueta, taconeando sus doce centímetros de plataforma.
-A ver cuando venís a comer a casa, eh! –invitó su vecino-. Y traé también a Miguel.
-Ah, bueno, veremos si quiere ir –sonrió con picardía.
-Ok, como quieras –devolvió la sonrisa José.

Miguel siempre se había sentido insignificante. Su papá falleció cuando tenía 5 años y quedó solo con su madre y sus hermanas mayores, de 9 y 14 años.

-Ahora sos mi hombrecito –le repetía la madre-, tenés que ser fuerte y protegerme.
-Sí, mami –respondía con una responsabilidad que no quería tomar de tanto miedo que le daba porque el pobrecito a duras penas podía protegerse a sí mismo.

La escuela era un martirio. Primero, porque no tenía muchas luces y le costaba mucho estudiar. Ah, cómo hubiera querido ser brillante e inteligente como sus hermanas que terminaban siempre abanderadas y en cuadro de honor. Él no. Y tampoco le iba muy bien socialmente. Odiaba el fútbol o cualquier juego que involucrara una pelota y movimientos bruscos. Intentó participar, pero los papelones que pasaba lo hicieron víctima de bromas desagradables que lo hacían sentir aún más inferior. Por suerte, fue creciendo con la conciencia de que le gustaban los chicos, como algo natural, ya que no podía ni imaginarse con una mujer. Por lo tanto, no le molestaba cuando los machitos de su clase lo llamaban ‘puto’. Para él, las mujeres no tenían atractivo sexual, eran madres o hermanas por lo tanto el juego de la seducción estaba en los varones. Su primer affaire fue a los 14 años con un compañero, uno de los que le gritaban ‘puto’ en años anteriores.
Y así fue creciendo, viviendo su homosexualidad como algo muy normal, de acuerdo a sus necesidades y sus gustos, pero también, claro, con el peso que conlleva a nivel social. Su madre no lo tomó muy bien.
-Ella misma me crió de este modo y ahora me rechaza –le comentó un día a un amigo.
-¡Ah, las madres, Miguel! Mirá, lo importante es lo que vos sientas.
Y él se sentía siempre poca cosa.

Cuando a duras penas terminó el secundario, su hermana mayor le consiguió un trabajo administrativo en la empresa donde ella hacía asesoramiento legal. Miguel llevaba a cabo su tarea con eficiencia pero tuvo el mal tino de enamorarse locamente de su jefe, un hombre casado con dos hijos. Al principio el idilio reunió todas las fantasías de una epopeya romántica: mensajes a escondidas, regalos dejados debajo del escritorio, encuentros furtivos y por supuesto, sexo apasionado en los pocos momentos de intimidad de que disponían. Pero de la misma manera en que arrasó su vida como un vendaval de verano, viviendo una pasión desenfrenada, así también terminó.
-No puedo seguir con esto, me destruye –le dijo un día.
-Pero yo te amo –sollozó Miguel, por favor, no me dejes.
-Vos sos muy joven, querido, vas a encontrar miles de hombres en tu vida.

Pero como suele suceder, Miguel no quería miles, lo quería a él. Y su abandono lo dejó destrozado, sumergido en una barcaza de autocompasión que navegaba en ese mar de inferioridad.
Los años fueron pasando y si bien conocía muchachos, nunca se volvió a enamorar y siempre se sintió un ‘morochito insignifcante’.

Todo comenzó una tarde de sol, mientras tomaba unos mates en casa de un amigo, un actor transformista.
-¿Te maquillaste alguna vez, Miguel? –le preguntó mientras ordenaba sus sombras y coloretes como un estudiante de arte sus acuarelas.
-¿Qué? No, nunca se me ocurrió.
-¿Me dejás? Tengo curiosidad de saber cómo te quedará.
-Bueno, dale –rió.

La transformación fue tajante y en vez de agregar capas, parecía que el muchacho estuviera esculpiendo un rostro, haciendo resurgir una vida desde una máscara de tristeza. Cuando Miguel se miró al espejo no lo podía creer: el morochito insignificante se había convertido en una mujer sumamente atractiva y sensual.
-¡Estás hermosa, tengo que prestarte ropa! –se entusiasmó su amigo.

Y así nació Micaela. Esa noche salieron a caminar y los hombres – todos – se daban vuelta para mirarla. Incluso las mujeres la notaban con envidia, esa forma tan sutil que tienen las mujeres de observarse entre sí. Por primera vez, Miguel sintió que valía, que por fin había dejado a la luz su verdadero ser que, tras años de cubrirlo con su inseguridad, ahora afloraba libre y gracioso.

Su vida cambió en un instante. De día era Miguel, el empleado. De noche, dejaba salir de sus entrañas a esa mujer encantadora.

Micaela llegó casi al final del pasillo y se volvió. José estaba todavía en la puerta, fumando y entreteniéndose con el culo movedizo de su vecino.
-¿Sabés qué, José? Miguel también viene. Vamos juntos, somos dos en uno.
-Ok –sonrió el hombre. ¡Divertite esta noche!
-Sí, claro, ¡siempre! –respondió pícara acomodándose el mechón lacio que le caía sobre la frente y dispuesta a enfrentar la calle.

Mónica Gómez

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