Salvación ~ Mónica Gómez

Mónica hoy nos presenta una terrible historia de desencuentros y sufrimiento, cuya protagonista es una niña con la culpa de haber sido demasiado inocente (el cuento está basado en la tremenda historia de ‘Las Magdalenas’ en Escocia)

Salvación

-Vení, mamá, que ya entramos.

Sin importar la religión que uno profese entrar a la Basílica de San Pedro en el Vaticano, es una experiencia cargada de emoción y asombro. Eso fue lo que sintió Matilde. Se rió de sus propias lágrimas ya que últimamente lloraba por cualquier cosa. Desde que había reencontrado a sus hijos mellizos, estaba tan feliz y agradecida que llorisquear era tan común como lavarse los dientes. Llevaban treinta y tres años de atraso para amarse y ellos la habían invitado a este paseo por Roma, dejando esposas e hijitos en sus hogares de las afueras de la capital.

- Queremos disfrutarte nosotros dos solos, sin que te distraigan los nietos -le habían dicho cuando le mandaron el pasaje.

El viaje desde Liverpool había sido bueno y apenas aterrizó el avión los chicos la llevaron al hotel y pasó una excelente noche. Hoy la despertaron y desayunaron con ella en un hermoso y soleado bar italiano de la calle Ottaviano a pocas cuadras del Vaticano.
No estaba cansada por el viaje. No estaba cansada en realidad, era mas bien agitación lo que sentía. Como imaginaba, la Basílica le despertó esa parte suya que estaba dormida, oculta. Jamás había vuelto a pisar una iglesia desde sus años en el convento.

Estaba enamoradísima de su vecino, desde chiquita en realidad, cuando él venía a jugar a su casa. Eran como primos, las familias pasaban las fiestas juntas, las mamás cocinaban bizcochos y los chicos jugaban. ¿Cómo podía imaginarlo? Ella que con sus catorce años era más pura e inocente que la Virgen, con esa educación religiosa de los años sesenta en un pueblo perdido en la campiña escocesa. Ni siquiera entendió que había quedado embarazada porque no sabía nada de sexo. El vecinito, su adorado primo, la había empujado contra el suelo y la había penetrado mientras le decía que era un simple juego, que no se asuste ni grite. A ella no le gustó pero él era cinco años mayor y siempre sabía lo que hacía, por eso no protestó. Cuando en casa se dieron cuenta fue una vergüenza, mamá que lloraba todo el día, papá que caminaba furioso con su pipa en la mano. “Prostituta, desvergonzada, no sos más nuestra hija”.
Con esas palabras resonándole en la cabeza, entró al convento de la mano del Padre Peter, el director del colegio donde iban sus hermanos, quien la depositó en manos de la Hermana Brigita.

-Vení mama, mirá que maravilla esas incrustaciones de oro.
-Sí, realmente –contestó Matilde desde su nube.

¡Oro! ¡Dinero! ¿Para qué usaban el dinero esas monjas? La hermana Brigita la llevó por un largo corredor lateral. -Aquí están otras chicas como vos -le dijo. En efecto, eran tres las embarazadas y estaban en un sector del convento que no tenía comunicación con el resto. “Es para que estén más tranquilas y tengan a sus bebés en paz”.
¡Qué sorpresa se llevó cuando vio que eran dos! Los vio, los alcanzó a ver antes que la enfermera se los llevara. Después le dijeron que habían muerto y que ése era el castigo divino por haber pecado, que llevaría ese sufrimiento a cuestas toda la vida y que para eso estaba ahí, para lavarse de esos pecados a través del sacrificio y así lograr la ‘salvación.’

Ahí comenzó el verdadero tormento. Conoció el resto de las instalaciones: trabajos forzosos en un taller de costura donde las hacían sudar con un solo descanso de cuatro horas cada dieciséis. No sabían ni cuando era de día o de noche. Todas las chicas que estaban ahí eran ‘pecadoras’ y vivían en la miseria más increíble mientras las monjas tenían sus propios aposentos. Matilde los había espiado una vez que le tocó pulir la madera del escritorio de la Hermana Brigita. Había dos cosas que le habían llamado poderosamente la atención: una era la cantidad enorme de billetes acumulados que tenían en las latas de galletitas. Otra, era un cuadro que ostentaba una lista con nombres judíos, al lado de un cuadro de Benito Mussolini.
Muchos años después supo acerca de la lista de Schindler y se preguntó qué harían las monjas con ese ‘trofeo’. Y ¿qué hacían al lado de Mussolini? ¿Es que acaso habían estado de acuerdo con el Holocausto? No sería de extrañar, ya que eran tan crueles como un dictador, sólo que aún peor, considerando que eran mujeres de Dios. El otro día leyó que se subastaba una de las listas. ¿Para qué querría alguien comprar algo que recuerde a uno de los eventos más atroces de la historia de la humanidad? De todos modos, estas monjas sí sabían de atrocidades y crueldades. Una vez una compañera había intentado escapar y la encontraron al día siguiente pelada y con la frente ensangrentada.

Continúa aquí con el final de este relato: Salvación II

Mónica Gómez

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