Toscana ~ Mónica Gómez

Introducción: Hoy Mónica Gómez nos presenta la primera parte de un relato sobre Anna, una mujer cuya historia nos enseña que, antes de juzgar, es mejor mirar más allá de las apariencias porque todo tiene su razón de ser.

Toscana

Cuando Gabriela bajó del micro en la plaza principal, no podía creer el espectáculo que estaba teniendo lugar frente a sus ojos. Anna, más conocida como ‘la loca del pueblo’, se bañaba en la fuente al mejor estilo La Dolce Vita. Un grupo de vecinos, de los que siempre paseaban al atardecer por la plaza, estaba reunido mirándola, entre divertidos y burlones.

-¿Está borracha? –preguntó Gabriela a uno de ellos.
-Eso espero –contestó mientras se sacaba los zapatos e interpretando a Marcello Mastroiani, se sumergió en la fuente para rescatarla.
-¡Gabriela! –la abrazó Anna sin darse cuenta que estaba mojada de pies a cabeza.
-Vení, vamos a mi casa –Anna se dejó llevar.

Hacía poco tiempo que Gabriela se había instalado en este pequeño pueblo de la Toscana italiana. Cansada de su vida romana, recién divorciada y sin hijos, buscaba un poco de paz y aquí la estaba por fin encontrando. Anna era todo un personaje en Cantone. Con sus rulos rubios casi platinados cubiertos por grandes capelinas y sus labios siempre rojos, contrastaba con las pueblerinas que, como ella, rondaban los cincuenta pero vestían atuendos de vieja. Era un poco excéntrica, por describirla con cariño. Nadie sabía demasiado sobre su vida pero la juzgaban de ‘loca’, no el sentido psiquiátrico solamente, sino significando que era una mujer fácil, como decía una profesora mía de literatura, una ‘mujer de pueblo de vida ligera’. Sin embargo, si bien era cierto que cortejaba con todos, en los veinte años que vivía en Cantone, jamás se le había conocido un amante. Y si alguien hubiera pasado al menos una noche en su casa, se hubiera sabido. Fue ella quien recibió a Gabriela con mayor alegría, quizás porque ya no sería la única forastera.

Esa noche, después de secarse y delante de un buen café que Gabriela preparó, se pusieron a charlar como nunca lo habían hecho y Anna por fin se sinceró.

Anna venía de Milán. Hija de un rico industrial, creció entre algodones junto a sus hermanos. En los mejores colegios, se sumió en el estudio justamente porque no lograba hacer amistades. Su familia la tenía demasiado presa en su lujosa vida, como queriendo resguardarla de una contaminación social que la dejaba aislada en una suerte de mundo de fantasía. Siendo la única hija mujer, era la princesa de la casa y, como no podía ser de otro modo, cuando estuvo en edad de merecer, papá y mamá la casaron con un Duque, que tenía un par de años más que ella. El Duque supo ser muy entrador los primeros años, llenándola de cuidados, regalos, amor e hijos mellizos. Por un tiempo fue feliz con su vida de familia. Los bebés – dos varoncitos - eran sanos y crecían a pasos agigantados y su marido seguía colmándola de placeres. Una enorme casa con criados, salidas y viajes, y hasta una relativamente buena vida sexual. A Anna no le faltaba nada.
Todo marchaba bien hasta que el Duque empezó a beber. El problema con la realeza es que después de unos años de vivir la vida lujosa y despreocupada, se cansan y se aburren. Empapado en la bebida, el duque comenzó a olvidarse de su familia. No era extraño que volviera a casa totalmente borracho actuando escenas agresivas contra la pobre Anna que intentaba siempre ocultar la realidad a sus hijos, que eran lo que más amaba en el mundo. El Duque dormía su resaca y al día siguiente, cuando los chicos volvían del colegio, encontraban un papá casi normal del cual no se diría que era borracho.

-Fueron años horrendos para mí –sollozó Anna, recordando.
-Me imagino –quería consolarla Gabriela.
-A toda costa quería defender a mis hijos. Me parecía espantoso que tuvieran que soportar la idea de un papá borracho y violento, por eso les oculté la realidad.
-¿Y nunca lo supieron?
-No, de hecho ése fue mi error, eso fue lo que después me jugó en contra.
-¿Cómo? No entiendo –dijo Gabriela interesada en que Anna siguiera contando.

La parte positiva de pertenecer a la nobleza es que no había problemas económicos y tenían casa de vacaciones. Cuando el problema de la bebida se hacía más evidente durante los fines de semana, Anna se llevaba a los chicos a la casa en el mar. El Duque se quedaba en la ciudad emborrachándose, mientras Anna protegía a sus hijos sacándolos de la escena.

Fue allí, en la casa del mar, que un día se rompió un caño y el criado tuvo que llamar a un plomero. Los chicos habían salido con la baby sitter y ella se quedó leyendo. Giorgio, el plomero, era un poco más joven que ella y quedó estupidizado con esta espectacular belleza. Porque era linda Anna, esbelta, rubia, de piel fina y usaba siempre el cabello largo y suelto.

Continúa aquí con la parte 2: Toscana II

Mónica Gómez

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