El Galpón del Terror II ~ Mónica Gómez

En esta segunda parte, se devela el horror que los niños encuentran en su aventura. Mónica nos conduce a través de sus personajes, a una situación que nadie querría vivir.

Si no leíste la primera parte, comienza aquí: El Galpón del Terror I

El Galpón del Terror II

-¿Escuchan ese ruido? –preguntó Miguel dejando los remos.
-A ver... –dijo Lucio frunciendo el ceño y los labios como si ese gesto lo ayudara a escuchar mejor.
-¡Sí! Parece un lamento, un chillido. Y viene de la casa del viejo –descubrió Gustavo-. Acercate.

Miguel obedeció. Estaban por los fondos del terreno del viejo, como llamaban a este personaje solitario, hosco y rudo, conocido por todos pero visto por pocos. Contadas veces se lo veía rondando los negocios con su camioneta gris destartalada, decían que vivía encerrado y varias leyendas populares se tejían en torno a él, que era un loco, que estaba enfermo, que había estado preso. Su enorme terreno tenía varias casuchas desparramadas en su extensión y lindaba con terrenos baldíos. Era extraño ver la tierra desde atrás. En efecto, al acercarse, sintieron que los ruidos provenían de una de las casuchas que estaba bien cerca del riacho.

-¡Miren! Ahí está el viejo, ¡que no nos vea!
-Está subiendo a la camioneta –aguzó la mirada Lucio.

El traqueteo del motor apagó por un momento los ruidos inciertos pero en cuanto la camioneta se alejó, la curiosidad de los tres chiquillos fue más fuerte y sin pensarlo, atracaron en la orilla y treparon hacia el terreno del viejo. A medida que se acercaban a la casucha, sus oídos se llenaron de aullidos y ladridos.

-¡Son perros! –dijo Gustavo, con un poco de alivio. La verdad que la situación lo asustaba un poco.
El portón de chapa estaba cerrado pero al acercarse a la ventana el corazón les quedó helado. En esa construcción que no tendría más de cuatro metros por tres, había una infinidad de cachorritos encerrados en pequeñas jaulas malolientes y sucias. Gustavo no pudo seguir mirando pero Miguel, el más valiente de todos, quiso entrar por la ventana, ayudado por sus amigos. Lo que vio fue indescriptible. La habitación flotaba en un hedor de caca y desperdicios podridos. Los cachorritos se encontraban en jaulas tan minúsculas que les resultaba imposible moverse. Estaban prácticamente uno sobre otro. Chillaban con desesperación y se los veía flacos y lastimados, quizás del estrés se lastimaban entre ellos. La única luz apenas tenue era la que entraba por la pequeña ventana, y se veía que estos animalitos no estaban nunca en contacto con el sol y la luz natural. Al ver entrar un extraño, el estruendo de gemidos y aullidos era ensordecedor, quizás pidiendo que los salvaran. Los otros dos nenes espiaban por la ventana sintiendo el dolor y sufrimiento que albergaba ese galpón.
Del otro lado de la pequeña y hedionda habitación, en un rincón, sobre el piso mojado y con restos de desperdicios, se levantaba una especie de montaña que Miguel no alcanzaba a ver. Al acercarse, reconoció una pila de carcasas de perros. Se espantó horrorizado y corrió saltando por la ventana.

-¡Qué horror, qué horror! –gritaba espantado –vámonos ya- dijo agitado.
-¿Qué hay? ¿Qué viste? –querían saber los otros.

Pero sólo después que corrieron y saltaron al bote y Miguel remó alejándose lo más posible, pudo parar en medio del río y contarles lo que había visto.

-¿Cuántos había? –preguntó Gustavo.
-No sé... a ver –dijo Miguel recordando-, las jaulas eran cinco y habría al menos seis perritos dentro. ¡Pobrecitos, qué tortura!
-¿Qué hacemos ahora? –Gustavo tenía el corazón partido. Sus amigos lo miraron extrañados.
-¿Cómo que hacemos? Nada.
-¡No! ¡Algo tenemos que hacer! No podemos dejar que esos animalitos sigan sufriendo así.
-Que viejo hijo de mil putas –vociferó Lucio.
-Tenemos que contárselo a nuestros padres –sentenció Gustavo, y en eso estuvieron todos de acuerdo.

Los papás pensaban como los hijos, que sí, que no, azuzados por las esposas.
-Mejor no meterse con ese viejo loco –pensaban los padres de Miguel –en definitiva no es problema nuestro.
-¿Y si toman alguna represalia contra los chicos por meterse en propiedad privada? –se asustó la mamá de Miguel.
-Pero no podemos dejarlos ahí –decía el papá de Gustavo –esos animalitos están viviendo un tormento.

Al final fue Gustavo y su papá quienes decidieron ir a hacer la denuncia. La policía contactó a la Guardia Animal, órgano que debía actuar en este caso, que irrumpió en la casa del viejo para su enorme sorpresa. Se llevaron todos los perritos, en su mayoría mezcla de Terrier con perros callejeros. Por lo que vieron en el galpón, concluyeron que el viejo mataba a las perras después de haber tenido crías, mantenía los cachorros hasta que se volvían a reproducir, en ese estado tormentoso con falta de comida, agua e higiene y luego mataba a los adultos. Quién sabe cuántos habrían muerto a lo largo de los años. Por suerte vivían en un país donde la violencia a los animales está penada por la ley así que el viejo terminó en prisión.

Los investigadores querían saber por qué el viejo cometía habitualmente esa atrocidad en lo que dieron en llamar el ‘galpón del terror’ pero era imposible hacerlo hablar. Las pericias psiquiátricas lo describían como un ser humano solitario e insociable, aunque no encontraban una clara patología. Él simplemente aseveraba continuamente que no había nada malo en lo que hacía a los animales y que era injusto que lo mantuvieran encerrado.

Fue su hermano menor José, a quien la policía contactó, la persona que develó la triste historia. Aunque José vivía en una localidad cercana con su familia, hacía más de veinte años que no se veía con su hermano. Habían peleado por cuestiones triviales que dejaban en claro que el viejo quería estar solo, mascando su propia rabia.

Continúa aquí con la 3a y última parte de este misterioso relato. El Galpón del Terror III

Mónica Gómez

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