El Monstruo ~ Mónica Gómez

Aquí Mónica Gómez nos presenta un cuento policial, basado en una historia tristemente real, donde la envidia se da la mano con la locura.

El Monstruo I

Los siete mil habitantes de Atripana no podían creerlo. Nunca había pasado algo así. Laura, la hija de Cecilia y José, había desaparecido.

-Bueno, tiene quince años, capaz que se escapó con algún novio –decían por ahí.
-Pero si nunca se la vio con nadie.
-Ah, pero hoy día, la juventud está fatal –chusmeaba una vecina.

No sólo los padres estaban desesperados por la falta de Laura. También su prima Sonia no cabía en sí de pena y preocupación pensando que su adorada Laura estuviera en peligro.
Laura pasaba mucho tiempo en casa de sus tíos Miguel y Teresa, hermana de Cecilia, o mejor dicho, media hermana porque tenían padres diferentes, cosa que por supuesto sabía todo el pueblo y quedaba de manifiesto con sólo verlas. Cecilia, alta, espigada y pelirroja, contrastaba con el porte tosco, morocho y casi obeso de Teresa. En realidad, nunca se las veía juntas. Desde que Cecilia y su marido se hicieron Testigos de Jehová, los vínculos estaban muy tensos, aunque eso no quitaba la relación estrecha entre las hijas, que físicamente también se diferenciaban. Laura era menuda, rubia, de piel blanquísima mientras que Sonia, con sus veintiún años, era gordita y no muy agraciada.
Eran más que primas, eran amigas íntimas. Desde que Rosita, la hermana mayor de Sonia, se casó y se fue a vivir a Roma, se estrechó más el lazo entre las dos primas. Además, la diferencia de seis años se acortaba ahora que Laura con sus quince compartía salidas, amigos y boliches.

Los padres de Laura estaban encerrados en su casa y en su dolor, por lo tanto los vecinos decidieron agolparse frente a la puerta de Miguel y Teresa Mirelli. Cada tanto salían los tres a decir que no sabían nada, a intentar calmar la curiosidad de los vecinos. Miguel, un simple campesino, flacuchento, que parecía un pigmeo entre los cuerpos robustos de su mujer y su hija, tenía siempre un dejo de tristeza en los ojos y – como su esposa – nunca sabía qué decir. Sonia, enojadísima, pedía a los gritos que la dejaran en paz, pero no se le podía pedir al pequeño pueblo, sacudido por el evento, que se olvidara de Laura.

Pasaron unas semanas, hasta que un día los vecinos vieron salir a Miguel pero no lo vieron llegar. Paralelamente, se supo que encontraron el cuerpo sin vida de la pobre Laura. Miguel confesó. Él la había asesinado en el garage de su casa, con sus propias manos. No sabía explicarse el motivo.
-Un rapto de locura –había comentado.

El pueblo entero se shockeó. El país entero se shockeó con este monstruo. No había otra forma de definir a este hombre que, detrás de esa apariencia frágil, ocultaba un demonio capaz de semejante atrocidad.

Cecilia y José se recogieron en su profundo pesar y sólo dijeron: “nuestra hija Laura es ahora un ángel en el cielo y nos reconforta la fe de saber que ya nos re encontraremos con ella”. Teresa, seguramente avergonzada por el horror cometido por su marido, prefirió callar. Rosita, obviamente venida desde Roma para acompañar a la familia, lloraba en silencio. La que vociferaba su congoja y su pena era Sonia.

-Tenemos el monstruo en casa –repetía una y otra vez apretujando un pañuelo en sus ojos-. Jamás lo hubiera pensado.
-¿Creés que fue él sólo o que tuvo un cómplice? –preguntó alguien.
-No, no, fue él sólo. ¿Quién podría ser cómplice de algo tan horrendo?

Cierto, ¿quién podría ser cómplice? Pero, ¿cómo sabía ella con tanta seguridad que el monstruo había actuado solo?

La respuesta llegó a los pocos días cuando Sonia fue arrestada por cómplice. Los vecinos, ya desgastados de tantas vueltas en un asunto tan doloroso, se dividieron en opiniones. Estaban los que seguían defenestrando a Miguel, argumentando que nunca se sabe a quien se tiene en casa, dentro de la misma familia. Como el caso tomó importancia nacional, el minúsculo pueblo se vió invadido por periodistas, cámaras de televisión y, créase o no, curiosos que venían de otros pueblos a ver la casa de los Mirelli, como quien va al zoológico. Todos comentaban sus propias verdades. Los psicólogos hablaban de violencia familiar y mujeres golpeadas. Por otro lado, la gente simple defendía a Miguel y culpaba a Sonia. ¿Podía ser que tuviera celos de la incipiente belleza de su prima? En esos días apareció otro personaje: Omar, el dueño de un bar que ambas frecuentaban. Omar declaró que él y Sonia eran buenos amigos, hasta que ella quiso algo más y él se negó. “Estaba en el auto de él esa noche”, contó, cuando Sonia se desabrochó la blusa.

-No, Sonia... ¿qué hacés? Nosotros somos amigos...
-Bueno –contestó ella intentando seducirlo-. ¿No te parece que llegó el momento en que seamos algo más?
-No, realmente no –dijo firmemente-. Yo te quiero como amiga y punto.
-¿Qué te pasa, no te gusto?
-Eh... Sonia.. no es así...
-¡Ya sé! –se enfureció de pronto- es mi prima, ¿no? Es Laura la que te gusta, ¿no?
-Pero no, Sonia, ¿qué decís?
-Sí, yo te vi cómo la mirabas –expresó bajándose del auto como una furia y dando un portazo.

Desde ese día, una semana antes de la desaparición de Laura, no se habían vuelto a ver.

Miguel, desde la cárcel, decía estar mejor que en su casa porque comía, dormía y miraba televisión cuando quería, cosas que parecía que su mujer y su hija no le dejaban hacer con libertad. Increíblemente, estaba feliz de estar en prisión. Sonia, desde la misma cárcel, aullaba su inocencia y despotricaba contra su padre, ya que había sido él quien la había culpado.

Es que la versión de Miguel no cuadraba para los investigadores. Era casi de la misma contextura física que Laura y por su modo de ser, no creían que hubiese podido cometer semejante aberración. En uno de los interminables interrogatorios que lo mareaban y lo dejaban exhausto, Miguel había contado otra historia.

Continúa aquí con la segunda parte: El Monstruo II.

Mónica Gómez

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