Infidelidad ~ Mónica Gómez

Este es un relato reflexivo, basado en situaciones reales de mujeres que han vivido experiencias dolorosas dentro de sus parejas. Después de leerlo, no podrás evitar formarte una opinión, que te invitamos a dejar en los comentarios, si así lo quieres.

Infidelidad

-Me llamo Lucila y estoy acá porque mi novio me metió los cuernos –comenzó sollozando-. Es que él es grande, yo tengo 18 y él 25. Lo vi yo misma besando a esa tipa que estudia con él y cuando lo enfrenté me dijo que no era nada, sólo algo pasajero de un par de noches, que me ama a mí, que no quiere perderme. Y yo tampoco quiero perderlo, ¡es el hombre de mi vida!

Tan chiquita y ya sufriendo por un hombre, pensé. Pero no lo dije porque había algunas reglas que respetar dentro del grupo de autoayuda. El libro de Robin Norwood, Las Mujeres que Aman Demasiado, no sólo era un reconocido bestseller sino que se había convertido en la inspiración para crear estos grupos que llevaban el mismo nombre. “Amar demasiado” significa amar mal, de un modo que no es sano, como si fuera una adicción. Por ejemplo, amar a un hombre abusivo, desde los que golpean físicamente hasta los que lastiman sutilmente con palabras, gestos o actitudes, sin dejar huellas en el cuerpo pero sí en el corazón y la cabeza. De estos últimos había conocido unos cuantos a mis 29 años y no era fácil liberarse de la especie.

-Gracias, Lucila, por estar acá –respondió Susana, la coordinadora, mientras todas le sonreímos y la niña devolvía el gesto-. ¿Alguien quiere compartir acerca de este tema de la infidelidad? –sugirió disparando emociones.

Habló Marisa, 45 años, 3 hijos, casada con un hombre de negocios muy importante que le daba una vida de lujos a cambio de pasar varios días fuera de casa, viajando por su trabajo.

-Yo lo pesqué más de una vez a mi marido en infidelidades –dijo con lo que parecía un tono de vergüenza –pero bueno, él viaja, está solo, trabaja muchísimo y a veces, es justo que se entretenga.
-Vos también estás sola –acotó Graciana, la más vieja del grupo, que con sus 68 años y sus rulos colorado fuego, parecía siempre estar de vuelta de todo. Había estado casada casi cuarenta años con un alcohólico pero había logrado liberarse.
-No exactamente sola –replicó Marisa-, yo estoy con los chicos, y mis padres y suegros, mis hermanas, toda la familia.
-No, no me refiero a eso –aclaró la otra-, digo sola de hombre.
-Sí, pero en la mujer es distinto, ¿no? –se defendió buscando con desesperación la mirada cómplice que sólo encontró en la chiquita recién llegada-, la mujer no necesita descargar su sexualidad.

Ah... ¡no! El comentario me sacó de mi vaina. Eso era exactamente lo que decía mi madre hacía quince años cuando yo era una adolescente y ella me instruía en el arte de llegar virgen a la noche de bodas. Según ella, los hombres necesitaban esa descarga y por eso salían con prostitutas mientras estaban de novio, porque si no lo hacían con la novia, ¿con quién lo iban a hacer? Para ellos era una ‘necesidad fisiológica’ porque nosotras, afortunadamente, tenemos la menstruación. O sea, esa asquerosa, incómoda y dolorosa salida de sangre que padecemos todos los meses de nuestros mejores años de vida, era equivalente en el hombre a una noche de pasión. Sumamente injusto, pero esa opinión defendía mi madre. Claro que, así y todo, ella se refería a las escapadas de los novios, mientras la chica se mantenía pura e inmaculada. En definitiva, así había sido la vida de mi mamá durante sus quince años de noviazgo, pero después de casada, jamás le hubiera perdonado una infidelidad a mi padre.

De todos modos, estar escuchando la misma teoría en boca de una mujer madura, pero joven, me estaba poniendo nerviosa. Susana lo notó y me enfrentó.
-¿Tenés algo para compartir?
-Sí –dije rauda-, yo no tengo una experiencia personal con respecto a la infidelidad pero sí una opinión muy sólida. No sé si puedo... –dije con un gesto de pregunta mirando a mis compañeras que asintieron-. Bien, yo pienso que si alguien que está en pareja busca una persona de afuera es porque no está bien en esa relación; por lo tanto, primero tendría que ver qué pasa con su pareja, antes de buscar a otro-. Estela levantó la mano.
-Esta sí que fue una experiencia mía –contó-. Yo entiendo lo que decís, pero es bastante teórico. La vida real es diferente, somos humanos y hacemos lo que podemos. Cuando me separé, a los 35, ya sabía desde hacía rato que mi matrimonio estaba destruido pero no me animaba a dar el paso. Tenía miedo a la soledad, a que ningún hombre me quisiera, a ser vieja para volver a conquistar. Y todos esos miedos se esfumaron cuando conocí a Joaquín, un chico que era ocho años menor que yo y me devolvió toda la confianza en mí. Sí, ya sé –continuó-, me van a decir que eso viene de adentro, de un trabajo interior y yo hacía terapia, y me servía mucho pero digamos que la relación con Joaquín fue como tomar un atajo. Por eso digo que la infidelidad a veces es sana y puede llevar a buenos resultados.
-En realidad, fue el divorcio lo que te llevó a un buen resultado –volvió a acotar la vieja Graciana con su sabiduría natural. Y sin más continuó-. ¡Chicas, la infidelidad es una cagada! No hay amor cuando hay infidelidad. Si ustedes sienten deseos de estar con otro, díganle adiós al hombre que tienen al lado, porque no les sirve. Si es él quien es infiel, ¡denle una patada en el culo! –exclamó mientras estallaba una carcajada general, salvo en la chiquita y en Marisa, que sonrieron escondiendo la mirada.

Ese día me quedé pensando. ¿Sería entonces que la infidelidad se veía distinta a diferentes edades? Me pareció que Lucila, con sus inseguridades adolescentes a cuestas, aceptaba la infidelidad tanto como Marisa en su madurez que lo hacía por sus hijos y por comodidad económica. Yo en cambio, que siento que ya viví lo necesario como para saber qué quiero pero a su vez tengo la juventud y la vida por delante, no lo aceptaría de ningún modo. Como broche final, a la vejez, ¿quién quiere medias tintas? O todo o nada, Graciana estaba en lo cierto.

Cabe preguntarse si los hombres pensarán igual ¿Por qué no hay ‘hombres que aman demasiado’?
Ninguna mujer puede responder a eso. Ellos pertenecen a otro mundo. Si acaso alguien encuentra un hombre lo suficientemente reflexivo como para contestar, por favor, ¡avisen!

Mónica Gómez

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