Aspirinas -Parte 2 ~ Mónica Gómez

Carlo es un importante gerente de banco, casado con 4 hijos. Carla vive con su hijito Emanuele y su madre. Es socia de un negocio de muebles con su amigo Gerardo, la única persona que conoce la relación clandestina entre Carlo y Carla, que se encuentran en este momento pasando unos días juntos lejos de todo.

Si no leíste la primera parte, comienza aquí: Aspirinas – Parte 1

Aspirinas Parte 2

Aquí estaban, mojando los pies en esta isla del Mediterráneo a la cual habían llegado luego de dos horas de navegación en el velero que Carlo había contratado.

-Amor, por ahora no puedo ofrecerte un crucero ni un viaje al Caribe, como sé que es tu sueño –le susurró como sabía hacerlo, antes de treparse al velero en el puerto de Civitavecchia–, pero al menos te llevo a un hermoso lugar a pasar unos días juntos y tranquilos.
-Me emocionás. Esto ya es tanto para mí. Gracias.
-No me digas gracias, princesa. –Así la llamaba y ella se derretía-. Yo te amo y quisiera poder darte lo que te merecés.
-Esta sorpresa ya es tanto.

Tirada en la reposera bajo la enorme sombrilla de mil colores Carla no podía creer que lo tenía al alcance de la mano, allí para ella. Volvió a sonreír por su malla diminuta. A veces le parecía entrever en este hombre, padre de familia y gigante de las finanzas, a un niñito tierno y juguetón que no condecía con esa imagen de seriedad.

-¿Qué le dijiste a tu mamá? –preguntó él apenas incorporándose.
-Que Gerardo me mandaba a una exposición en Milán.
-¿Y a Gerardo?
-La verdad, que me llamaste y me dijiste: ‘mañana partimos por cinco días con destinación desconocida porque es una sorpresa’ –comentó riendo mientras le ponía bronceador en la panza-. Tenías que haber visto la cara que puso, no lo podía creer. Bueno, la verdad, yo tampoco.
-¿Y qué dijo?
-Se puso feliz por mí. Me dijo que te disfrute –sonrió ella con frescura-. ¿Y vos qué dijiste a tu familia?
-Que tenía una reunión, lo cual es cierto, pasado mañana me tengo que encontrar acá con un tipo pero me llevará sólo un par de horas –agregó. Carla sabía que no debía preguntar porque, como de costumbre, él era muy reservado respecto a sus asuntos de trabajo-. Eso sí -continuó él–, dije que iba a la Central en Siena. Además, decidí dejar el celular en casa. Así no pueden encontrarme. Mi mujer está acostumbrada a que la llame yo cuando viajo. Esto significa que nadie en el mundo sabe donde estamos –sonrió acariciándole el cabello-. ¡Soy todo tuyo!
-Mmm… ¡qué tentación de secuestrarte para siempre! –bromeó Carla a la vez que le sonaba el celular.
-Debe ser tu mamá.
-Hola, má –contestó ella asintiendo mientras él la tomaba de la cintura y la contemplaba extasiado como solía hacer-. Todo bien, mami, sí… no, no hace frío, para nada –dijo aguantando la risa-. ¿Ema bien?... Ok, má, te dejo, te llamo más tarde… no, má, tranquila, que no trabajo demasiado –dijo divertida.
-Así que no hace frío, ¿no? –rió Carlo poniéndose de pie y levantándola a ella con sus manos fuertes.
-No. ¿Acaso mentí?

Como dos chicos corrieron a las zancadas a bañarse en el delicioso mar turquesa. Se zambulleron, jugaron, se empujaron en el agua y se desparramaron sobre la arena. Cuando se cansaron de la playa, almorzaron langosta en uno de los restaurantes del lujoso hotel. Excitados por la novedad de estar juntos hicieron el amor un buen rato antes de caer desmayados de tanto mar, comida y buen vino.

Al cabo de unas horas, Carla se despertó sintiendo un fortísimo dolor de cabeza. Sería la mezcla de sol y alcohol, pensó mientras se levantaba sin hacer ruido ya que Carlo dormía profundamente. Entreabrió la cortina y la luz la lastimó tanto que volvió a cerrarla. Llamó a la recepción pidiendo una aspirina pero, para su gran asombro, no tenían. Se arrastró hasta el baño. Una refrescada de agua no sirvió para apaciguar las tenazas que le apretaban las sienes pero sí recordó que Carlo que solía sufrir de jaquecas, andaba siempre con aspirinas encima. Buscó en el baño, en un bolsito azul donde tenía las cosas de afeitar, pero no encontró nada entonces decidió ir a fijarse en la valija. De hecho, no había desempacado todo y le había dicho que la dejaba cerrada así resguardaba algunos documentos de trabajo. Las llavecitas eran ésas que tenía siempre encima y con las cuales jugaba todo el tiempo, clin, clin. Carla las tomó de la mesa de luz mientras Carlo se dio vuelta en medio de un gran ronquido. Sacó la valija del costado del armario y la apoyó sobre el piso. Era pesada, sería porque era dura. Ella odiaba esas valijas, las suyas eran siempre de tapas blandas, porque pesaban menos y porque se las podía llenar hasta el tope, sentándose encima para lograr cerrarlas. No era buena para viajar liviano, debía reconocerlo.

Al abrir la valija de Carlo, un gran desorden le saltó a la vista. Como todo hombre, pensó. Las remeras y las camisas parecían un acordeón. Pantalones largos y unos buzos hechos un bollo. ¿Pero la esposa no le había acomodado la ropa? La verdad, no parecía haber rastros de mano de mujer en medio de ese desastre. ¿Y qué se pensaba poner pasado mañana para la reunión? ¿Malla y remera? Después le diría a la mucama que planchara algunas cosas. A todo esto, no veía nada que se parezca a una caja de aspirinas. Buscó en los bolsillos de los costados y al hacerlo, notó una esquina levantada, como si hubiera un doble fondo. Sin pensarlo, instintivamente, tiró hacia arriba y la tapa negra se alzó. Entre la poca luz que entraba en la habitación, el dolor de cabeza y la extrañeza, Carla al inicio no comprendió. En lo que se reveló como un doble fondo había una gran cantidad de bolsas de tela negra, ubicadas en forma impecablemente ordenada, como si fueran ladrillos encastrados en una pared, de un modo que contrastaba terriblemente con el desorden que reinaba entre la ropa. Aguzó la vista y le pareció distinguir lo que contenían. Quedó sin aliento.

Continúa aquí con el siguiente capítulo de esta interesante novela: Aspirinas -Parte 3

Mónica Gómez

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