Caso de familia – II ~ Mónica Gómez

Ricardo encuentra a Estela, su mujer, muerta en la bañadera y la entierra sin mucho aspaviento. Pero se abre una causa y al exhumar el cadáver, se ve que tiene 3 balazos en la cabeza. ¿Qué fue lo que sucedió en realidad? ¿Ricardo es autor o cómplice?

Si no has leído la primera parte, comienza aquí: Caso de familia, I

Caso de familia, II

El inicio fue la llegada a su empresa de ese bendito Grupo Francés, y entre los franceses que aterrizaron estaba Jean Paul, con quien Ricardo entabló una buena relación. No tanto porque le gustara como persona, sino porque estaba aterrado de quedarse sin trabajo. A su vez a Jean Paul le caía bien, era el único gerente que hablaba francés y tenía esa actitud servil, que tanto le convenía para poder tomar control de la empresa. Echaron a cinco gerentes, pero lo dejaron a él.
Lo que Ricardo no sabía era que Jean Paul estaba metido en algunos negocios turbios y, al hacerse amigo, no tardó en ofrecerle una de estas ‘oportunidades’.

-Se trata de inversiones –le explicó Jean Paul, aquella tarde cuando lo llamó a su gran despacho y cerró la puerta y las cortinitas- ponés mil y al mes siguiente tenés mil quinientos.
-¿Y en qué se invierte?
-Negocios, ellos la usan y la mueven en negocios –contestó tocándole el hombro-. Yo te lo ofrezco porque sos un amigo, y es un negocio redondo. Confiá en mí –insistió repitiendo la palabra ‘negocio’.

Y confió. Ricardo confió y empezó a darle su dinero, que fue multiplicándose increíblemente. Él lo justificó ante Estela y la familia, como crecimiento profesional con el nuevo cargo que los franceses le otorgaban en la empresa, ya que era una persona inteligente y venía de la vieja organización, conocía todo el movimiento.

Su estado económico cambió tan de golpe, que necesitó confiarle esto a Mario, su cuñado y su mejor amigo. No podía mentirle y además, quería darle la posibilidad. Y así fue que Mario comenzó en el negocio, aunque con menos dinero.
Ambos pecaron por ignorancia, ambición y confianza en un extranjero poderoso. Pero por unos años, el negocio funcionó bien.

Todo hubiera seguido, pero un día a Jean Paul lo trasladaron a España, así, de un día para el otro, sin explicaciones. Un catalán con cara de enojado tomó su lugar. Los comentarios de pasillo eran que “el franchute” estaba metido en un cartel de droga en Colombia, y no podían echarlo porque no tenían pruebas fehacientes. La casa central de la Rue de Rivoli lo había confinado a un puesto de menor importancia en una pequeña empresa cervecera cerca de Valencia.

Cuando Ricardo lo supo, entró en pánico. ¡Con que de eso se trataba! ¡Un cartel de droga!¿Y qué pasaría ahora? En esos días recibió un llamado de Jean Paul.

-Allo, mon ami! –dijo alegremente.
-¡Jean! –respiró Ricardo-. Menos mal que me llamaste, ¿qué pasó?
-Oh, nada, nada, problemas con la gente de París. Soy peligroso para ellos, por eso me sacaron del medio. No creas nada de lo que te digan.
-Pero...
-Escuchame bien –lo interrumpió-. Estate atento que mañana te llamará mi contacto en Argentina y seguirán con el negocio.
-Mirá, a propósito de eso, quería decirte que hablé con Mario y decidimos abrirnos.
-¿Qué decís? ¿Estás loco? –cambió el tono de voz.
-Es que tu partida nos asustó un poco y...
-De ninguna manera –contestó enojado-. ¿Acaso te pensás que esto es un juego que uno entra y sale como le place?
-¿Y qué vas a hacer? –objetó Ricardo haciéndose el valiente- ¿Me vas a obligar?
-Oíme bien, imbécil –dijo con tono bajo-. Yo nunca te haría nada. Pero el que maneja los negocios no soy yo. Son ellos. ¿Entendés? Ellos. Y son sumamente peligrosos.

Ricardo llamó a Mario y deliberaron qué hacer. Coincidieron en que era preciso abrirse de esto lo antes posible. ¿Qué podrían hacerle? Eran ellos los que estaban fuera de la ley.

Al día siguiente recibió el llamado de alguien que no dijo su nombre, sólo que era el contacto del franchute. Ricardo le explicó con mucha calma que ya no estaban interesados en el negocio.
-Escuche bien lo que le digo –dijo la voz en un tono firme- si en cuarenta y ocho horas usted no me llama para darme el dinero de la nueva inversión, aténgase a las consecuencias -y cortó.

Fin de la segunda parte. Continúa aquí con la tercera parte de Caso de familia III

Mónica Gómez

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