Carmela ~ Mónica Gómez

Hoy Mónica Gómez nos trae la tierna historia de una mujer que lucha para superar una triste infancia que la ha dejado marcada para siempre. En pocas palabras la autora nos plantea una situación de recovecos inesperados.

Carmela

Todavía entredormida sintió el calor de su cuerpo pegado al suyo. Cerró los ojos y revivió la noche anterior, mientras él miraba jugar a San Lorenzo, su adorado equipo de fútbol, y ella jugaba con Gracielita. Tenían una buena vida, era el marido ideal, trabajador, generoso y abierto. Las próximas vacaciones las pasarían en Mar del Plata, como el año anterior y ella correría tras la nena mientras él dormía sus interminables siestas sobre la arena bajo la sombrilla.

Mar del Plata, su ciudad, sus orígenes, la pobreza de sus padres que no pudieron con tantos hijos, por lo cual ella fue depositada en manos de su abuela, mujer tosca e irritable que nada tenía de nona de pelo blanco tejiendo en una mecedora. Al contrario, la usaba de mucama, argumentando que para mantenerla, debía ganarse lo que comía y la cama que usaba. Carmela tenía apenas 11 años en aquel entonces y una niñez arruinada. A los 15 se trasladó a la Capital, con una señora que le prometió trabajo pero sólo quiso abusarse de ella. La hacía dormir en un cuartucho sin ventanas, sobre un colchón descuartizado. Desde allí fue sólo dando tropiezos.

Por suerte todo eso era parte del pasado pisado. Ahora vivía en un regio departamento a la calle, de 3 dormitorios y una cocina enorme donde podía preparar sus exquisitos platos –cualidad de la cual estaba muy orgullosa. Y hoy, por lo pronto, estaba preparando el preferido de él, el pollo a la crema, y el postre de frutillas que tanto le gustaba a Gracielita. Sería una noche para festejar.

El ruido de la puerta de entrada la sobresaltó y se puso de pie.

-¡Carmela, ya llegamos! –se escuchó la voz de la Señora Mercedes- ¿Le prepara el baño a Gracielita?
-Pero mamá, yo tengo hambre, me baño más tarde –protestó la nena.
-No, no –respondió firme su madre-, primero el baño, después cenamos. ¿Qué preparó, Carmela?
-Pollo a la crema, señora.
-Uh, ¡qué bueno! –se escuchó una voz masculina-. Mirá, Mercedes, que hoy hay partido, eh! –aclaró su marido internándose por el pasillo hacia el dormitorio.
-Sí, querido, como tantas veces, comeremos mirando a San Lorenzo –respondió con aire de resignación mientras colgaba el abrigo de su hijita-. ¿Tiene la cena ya casi lista, Carmela?
-Sí, señora, por supuesto.
-¡Carme! ¿Venís a bañarme? –gritó la pequeña.
-Sí, querida, apago el horno y ya voy.
-Gracias, Carmela –dijo Mercedes mientras se sacaba los zapatos-. ¡No sé qué haría sin usted!

FIN

Mónica Gómez

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