Vidrios sucios, alma limpia – segunda parte~ Mónica Gómez

Aquí concluye el relato sobre la vida de Malena, una mujer criada para ofrecerse a los demás. La autora nos brinda su reflexión al respecto.
Si no leíste la primera parte comienza aquí: Vidrios sucios, alma limpia – Primera parte

Vidrios sucios, alma limpia - Segunda parte

-Male, vamos un rato al shopping, ¿venís? –la invitaban sus amigas.
-No, no puedo, hoy tengo que lustrar el piso del comedor y limpiar los vidrios.

Y así mientras sus amigas vivían su adolescencia, Malena se diplomaba en ama de casa. Ella amaba el dibujo y de hecho muchas noches se quedaba hasta tarde con sus carpetas y sus lápices creando rostros, paisajes o cualquier cosa que se le venía en mente. ¡Cómo hubiera deseado ir a la Escuela de Bellas Artes! Pero no, claro, eso no era para ella. ¿Dónde podía parar después de terminar la escuela? En un matrimonio, ¡claro! Era tal cual para lo que estaba preparada. Ernesto no era mal muchacho y realmente la quería y ella también. No se trataba de eso, sino de algo más intrínseco que ella no lograba definir. Su mamá sí que estaba feliz.
-¿Viste? Todo lo que te enseñé rindió sus frutos –le decía complacida mientras Malena planchaba con perfección de tintorería las camisas de su marido.
-Sí, mami, claro –contestaba sin animarse a encontrar qué era lo que no le sonaba bien de esa frase.

Así siguió toda su vida. Tuvo hijos – dos varones - y los alimentó y cuidó como había hecho con sus hermanos. Esperaba la nena para tener quien la ayudara pero no llegó nunca. Los años pasaron y su alma se fue apagando. No entendía por qué no era feliz, pero el día que cumplió cuarenta años se miró al espejo y se preguntó: ¿Quién soy? Lo malo fue que lo hizo delante de mamá que divertida contestó:
-Una hermosa mujer de cuarenta años.
-No, mamá, pregunto en serio, ¿quién soy?
-¿A que te referís? –preguntó sorprendida.
-¡A eso, mamá, simplemente! Que no sé quien soy.
-Vamos, nena, dejate de pavadas, ¡que es eso de hacerte planteos a esta altura de la vida!
-Eso, justamente, que jamás me planteé nada –empezó a escupir Malena- que siempre di por sentado las cosas como eran, cómo tenía que ser una mujer, cómo tenía que ser yo, todo lo que vos me enseñaste.
-Que tanto te sirvió, ¿o no? –salió su madre a la defensiva.
-No, mamá, no se trata de si me sirvió o no. Se trata de mí, lo que yo quería ser, quiero ser, lo que yo soy.
-Hija, te están pegando mal los cuarenta. Pero es normal. Recuerdo que cuando los cumplí yo-
-No, no. Estoy hablando de otra cosa –la interrumpió- no entendés.
-No, evidentemente no te entiendo. Y tampoco quiero entenderte – contestó abruptamente yéndose de la habitación.

Esa pequeña conversación fue el principio del cambio. Malena volvió a su pasión, el dibujo. Primero se anotó en un curso pero más adelante, cumplió su sueño de estudiar en Bellas Artes. Tardó cuarenta años en despertarse y ver quién era en realidad. Pero valió la pena.

Muchas personas no abren nunca los ojos y simplemente llevan una vida mediocre. Aunque mediocres somos todos en el sentido que nacemos, crecemos y morimos y no podemos escapar a ese destino pero algunos intentamos terminar nuestra existencia con amor y dignidad.

Así pasamos la vida, cayendo y levantándonos, volviendo a lugares inquietantes de nuestro pasado que han dejado huellas en nuestros corazones y mirando hacia delante a un futuro colgado de nuestros sueños.

En definitiva estoy de acuerdo con mi abuela. Antes que limpiar los vidrios, mejor cuidar mi Ser, tener el alma limpia y transparente para poder conocerme y saber quién soy.

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Mónica Gómez

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