Brisas de traición IV ~ Mónica Gómez

Por fin llegamos al desenlace de esta atrapante historia, en el cual la autora nos revela un final inesperado.

Si no leíste las primeras partes, comienza aquí: Brisas de traición I

BRISAS DE TRAICIÓN - 4a parte

-Vayamos al grano de una buena vez –se impacientó Locey dirigiéndose al marido de la mujer que se había acostado con el mozo asesinado-. ¿Usted lo mató?
-¿Qué? ¿Yo? ¿Y por qué?
-¡Por celos, hombre! Es evidente que la rabia le sale por los poros. Muéstreme sus manos –le dijo mientras uno de los técnicos se las revisaba en busca de restos de látex. Cuando finalizó, dirigió una mirada negativa al inspector.
-Vamos, dígame, ¿qué hizo con los guantes?
-¿Qué guantes? No sé de que me habla.
-Ok –respondió sin que se le notara que en realidad le creía-. Usted va a quedar detenido con nosotros mientras se lleve a cabo esta investigación.
-Pero yo no hice nada.
-Pues entonces, no tema, que pronto lo sabremos –mintió Locey.

No tenía ninguna prueba contra el hombre y su única esperanza era recibir noticias de la autopsia, sobre la cual estaban trabajando. Le habían prometido, en unas horas, un informe más detallado.

La mujer salió de la sala con la cabeza gachas y sin mirar al marido.

Mientras tanto, Locey quiso conocer a Jon, el amigo y a Sam, el primo. Los informaron acerca de las últimas circunstancias y les preguntaron si se habían comunicado con el resto de la familia.

-Sí, desgraciadamente me tocó a mí hacerlo –dijo Jon, señalando a Sam-, él está muy destruido. Su esposa está desesperada –sollozó el muchacho-, ¡deja dos hijitos!
-Estamos a punto de encontrar al culpable –dijo Locey, mirando atentamente a Sam que no hablaba.

En ese momento los interrumpió un golpe en la puerta.
-Perdón, inspector, está la conexión que esperaba.
-Gracias –contestó, saliendo un instante. Se instaló delante de la notebook en cuya pantalla estaba el médico forense que lo puso al tanto del último gran hallazgo de la autopsia. Al cabo de unos minutos, volvió a entrar.

-Repítame, Sam, ¿cuál es su parentesco con Romney? ¿Usted es primo de la esposa?
-No –contestó confundido-, mi padre es hermano de su padre.
-Ahá –suspiró el inspector-. Primos hermanos.
-Así es.
-¿Y cómo es su familia? ¿Honrada, trabajadora?
-Ah sí, somos un ejemplo en nuestro barrio. Siempre lo fuimos –contestó con orgullo.
-¿Usted está casado, verdad? –Sam respondió afirmativamente con la cabeza-. ¿Me permite ver su alianza, por favor?
-Es un anillo grueso de oro macizo –mostró-. Es muy importante para mí, como una muestra de fidelidad a mi mujer.
-Ah... fidelidad... ¡usted lo ha dicho! –comentó Locey con satisfacción-. La fidelidad para usted es algo de mucho valor, ¿verdad?
-Sí, lo es –contestó extrañado.
-Creo haber encontrado al culpable –le replicó Locey mirándolo fijo.
-¿Qué significa todo esto? –se molestó Jon que no entendía adonde apuntaba el inspector.
-Significa, querido Jon, que estamos de frente al asesino de su amigo –exclamó frente al estupor de todos los presentes. Sam lo miró con odio, transformándose-. ¿No es así, Sam?
-No sé de qué me habla –masculló entre dientes.
-Mire, sólo me hace falta un pequeño análisis para comprobarlo. En el cuello de la víctima se encontró una marca que podría ser de un grueso anillo, como el que usted lleva puesto. Podríamos analizarlas, tomarle las medidas de sus manos, buscar restos de látex... o podría decirnos cómo y por qué sucedió.
-¡No, no! ¡No puedo creerlo! Sam, diles que no es cierto –imploró Jon.

Sam estalló en una furia incontenible.

-¿Usted sabe lo que significa el deshonor? –peguntó al inspector mientras el capitán escuchaba absorto-. Cuántas veces le dije que estaba deshonrando a la familia, pero ¡nada! Él se cagaba en el honor. No le importaba nada. Cada crucero, dos o tres mujeres. Una vergüenza para una familia como la nuestra. Ya no daba más –prosiguió-. Tenía que recibir su merecido...
-Explíquenos, Sam –insistió Locey mientras Jon lo miraba con la boca abierta sin poder creerlo-. ¿Cómo sucedió?
-Hoy cuando me levanté –comenzó el hombre con un fuerte suspiro-, fui al baño, abrí la ducha y, como el baño está cerca de la puerta y mi compañero todavía estaba en la cama, salí sin que se diera cuenta, hice lo que tenía que hacer, sabiendo que Jon no estaba y volví a la ducha.
-¡Asesino! –gritó Jon.
-Entendeme, que no me quedaba otra. Tenía que defender nuestro honor, el orgullo de la familia –dijo agitando las manos, mientras Jon no podía contener lágrimas de furia.

Un silencio cortante inundó la habitación. Sólo se escuchaban los llantos de Jon.

-Me pregunto –interrumpió el inspector acercando su rostro al de Sam mientras lo esposaban-, usted habla de honor y orgullo. ¿Cree que su familia se sentirá orgullosa y honrada cuando usted cumpla su cadena perpetua?

El asesino no supo qué responder.

FIN

Mónica Gómez

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