Un pájaro ~ Mónica Gómez

Introducción: Hoy Mónica nos deleita y nos asombra con este muy breve relato, en el cual usa la simbología y la ficción para dejarnos una hermosa enseñanza

Un pájaro

Buen día, mi querido Rey. Acá estoy deleitándote con mi canto, complaciendo tus deseos, a tu servicio, aunque mi encierro es totalmente injusto. Sé por qué estoy aquí. Sólo por tu avaricia y egoísmo.

Desde aquel día que me asomé a tu ventana, no dejaste de buscarme. Te enamoraste de mi canto, de mi voz melodiosa, de mi plumaje dorado y me volví tu obsesión. Yo no lo supe, si no, tené la plena seguridad que no hubiera vuelto. Pero tu jardín es imponente, posee más árboles que cualquier otro, el verde es de una intensidad distinta y está lleno de nidos de mis amigos. Tu ventana, en particular, está debajo del nido de mi amada. Claro que vos no podías saberlo y quizás creíste que te cantaba a vos. Te confundiste, era a ella a quien iban dirigidas mis melodías, mi canto de amor. Por eso volvía y volvía, sin darme cuenta del efecto que estaba causando en vos, totalmente ajeno a sentimientos humanos. ¡Soy un pájaro en definitiva!

Después llegó el día en que vi esa hojita de lechuga en el dintel de tu ventana y como soy goloso, me acerqué. Estaba tan compenetrado en mis mordiscos y el sabor jugoso que entraba por mi pico que ni cuenta me di de la red que de golpe me cubrió. Muy astutamente, tus sirvientes me encerraron en este enorme jaulón. Entonces vi tu cara, tu alegría, tu satisfacción y te escuché decir: “Canta, pequeño, canta para mí”. Mi primera reacción fue de perplejidad y si uno está perplejo no canta. Desafío a cualquiera de esos grandes cantantes. Si en medio de su función bajara un plato volador, instintivamente dejarían de cantar. (Ni hablar si los encierran en la cárcel). Te enojaste, sin comprender. Y yo tampoco comprendí que hacía en esa enorme caja de rejas. Hasta que de repente me di cuenta que estaba al lado de la ventana y que mi amada alcanzaría a escuchar mi canto, de todos modos. Y así es que volví a cantar. Y vos, feliz.

Pero te aviso, no durará mucho. Un día de éstos, mi amada se asomará por la ventana y me verá. Dos cosas pueden suceder: mandará alguien a rescatarme o se irá a buscar otro amor y yo moriré de pena. En cualquiera de los dos casos, me perderás, para siempre, y quizás comprendas que el amor no se demuestra por la fuerza y el encierro, sino con la libertad. Quien sabe, si me hubieras dejado libre, quizás de tanto posarme en tu ventana, hubiera continuado a deleitarte con mi canto y de tanto apreciar tus elogios, hasta hubiera elegido quedarme.

Mónica Gómez

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