La medallita ~ Mónica Gómez


Hermoso cuento con gran moraleja sobre la amistad y honestidad de dos chicas que anteponen su amistad aun por el hecho de haber nacido en diferentes círculos sociales. Un relato donde la pobreza, la riqueza y la realidad se entrelazan para revelar valores mucho más auténticos. Cuento por Mónica Gómez.

-Primera parte-

Silvina estaba espléndida. Hoy era el día que ella esperaba ansiosa en que su mamá la llevara a casa de ‘la nena rica’ como le decía. Vivía en esa casa enorme de la esquina, tenía un año más que ella y en cada cambio de temporada, le regalaba una gran bolsa de ropa y juguetes. El hecho que fueran usados era un detalle que en la mente de diez años de Silvina era en efecto una ventaja. Ella se sentía afortunada de poder usar la misma ropa que usaba la nena rica, sólo que un año más tarde porque tenía que esperar a crecer para que le quedara bien. Es increíble cómo el punto de vista puede hasta cambiar una realidad.

La mamá de Silvina era una mujer joven, con una vida llena de dolor y lucha. Su marido se había perdido en alguna noche de borrachera y jamás volvió, dejándola sola cuando la nena tenía apenas tres añitos. Desde entonces, María trabajaba donde podía, limpiando inodoros si era necesario para poder pagar la piecita donde vivían con la mayor dignidad posible. La visita a la casa de la señora rica era también una fiesta para ella porque ver feliz a su hija era lo que más feliz la hacía.

-Hola, Julieta –saludó tímidamente Silvina.

La casa era enorme y olía a flores aunque Silvina siempre las buscaba con la mirada y nunca las encontraba. La nena rica estaba con una hermosa pollera tableada y una blusa blanca como una espuma. Silvina pensó que en un año, cuando creciera, ese conjunto sería suyo.

-Hola, Silvi! –contestó llevándola de la mano escaleras arriba hacia su habitación.
-Portate bien, hijita –sentenció María desde abajo mientras la dueña de casa la invitaba con un café aprovechando que las nenas jugaban un rato.

La habitación de Julieta era su reino y ella por supuesto – siendo hija única – era la princesa. Silvina amaba ese lugar, desde la colcha rosa que hacía juego con los cortinados hasta el espejo redondo sobre la cómoda con esos cepillos de cerda tan suaves que daba pena usarlos.

-Mirá toda la ropa que tengo para vos este año –dijo con una sonrisa mostrando una pila alta como ellas.
-¡Guau, gracias! –contestó con la boca abierta.
-No me agradezcas, es ropa usada!
-Pero usada por vos, y está como nueva. ¿Cómo hacés para no ensuciarla?

Julieta rió. -No lo sé.
De golpe Silvina notó una medallita al cuello de Julieta.

-Ah, ¿estás mirando esto? –dijo Julieta mostrándosela. Es una medallita de la Virgen de Pompeya.
-Es hermosa...
-Sí, yo siempre le rezo. Pero no puedo dártela porque me la regaló mi abuela. Es para que me proteja. Me la regaló el año pasado, cuando ya estaba muy enferma –agregó con tristeza-. Después falleció así que yo me la dejo puesta siempre y es como que la llevo conmigo.
-Uy, lo siento...
-Pero mirá –se reanimó sacando una pulsera de un cofrecito-. ¿Te gusta esta pulserita?
-¡Me encanta! -Silvina no lo podía creer. Era una cadenita con unos dijecitos que bailaban en la luz.
-Bueno, ésta sí te la regalo.
-Pero es muy valiosa.
-Sí, ¿qué tiene?
-No sé... ¿no tendrías que preguntarle a tu mamá primero?
-Sí, por ahí tenés razón.

Bajaron la escalera corriendo irrumpiendo en la sala donde las mamás conversaban.

-Mami, quiero regalarle esta pulserita a Silvina, ¿puedo?

María se dio cuenta del valor y casi se le cae la taza.

-No, no, de ninguna manera –se apuró a decir, eso es de oro.
-Sí, hija, claro que podés regalársela –contestó la mamá con una sonrisa-. Es más, me siento orgullosa de vos por ser tan generosa.

María intentó insistir.

-Mami... –rogó Silvina.
-No se preocupe, María, está todo bien, Julieta es así, y me gusta que lo sea. Es un valor que tiene que aprender, a compartir. ¡Usted sabe como son las hijas únicas!
-No sé qué decirle... gracias, señora –balbuceó María mientras Julieta le ponía la pulserita y ambas se abrazaban.

El encuentro se repitió a la temporada siguiente y a la siguiente, hasta que en un momento María no pudo pagar más la piecita y tuvieron que mudarse a la casa de los abuelos, en un barrio más apartado.

Segunda parte

Silvina fue creciendo y convirtiéndose en una muchacha enérgica y determinada. Era muy buena alumna en la escuela y le gustaba mucho la ropa. María le había enseñado a coser y se hacía todo lo que podía. Con tan sólo quince años empezó a ayudar a la señora que tenía la boutique en la calle principal del barrio, una tienda enorme con unas cuantas empleadas. Le encantaba ir por las tardes, después de la escuela y sentarse en el mostrador a dibujar vestidos. A los dieciocho – cuando terminó la secundaria – la dueña la empleó como vendedora, mientras ella empezaba su curso de diseñadora de modas por las noches. A los veinte, ya era supervisora. Vivía para su trabajo y el estudio, su gran pasión. Ni los chicos le interesaban, decía que era joven para eso, que ya habría tiempo. Por ahora, quería crecer en su profesión.

Y con esa determinación y esfuerzo, lo fue logrando porque en pocos años pasó por las mejores boutiques de la ciudad hasta transformarse en una diseñadora de un cierto renombre, con su propio negocio. Su mamá no cabía en sí de orgullo el día en que Silvina pudo comprar una casita para ellas, cumpliendo el viejo sueño de darle a su mamá lo que se merecía y devolverle así todo la protección y respaldo que su mamá le había brindado para criarla y convertirla en una persona de bien.

Ese año, su negocio organizaba por primera vez un desfile donde irían las mujeres más acomodadas de la ciudad. Además, iría como invitado especial un contingente que venía nada menos que de una importante casa neoyorquina y sería un gran evento.

El salón que había alquilado estaba justo enfrente de la Iglesia de San Miguel y esa tarde, después de salir de la vorágine de la preparación del desfile, sintió el impulso de entrar, sobre todo a agradecer por todo lo que tenía y a reconocer que – si bien su infancia había estado signada por el sufrimiento y la pobreza – a sus veintisiete años, la vida ya le estaba regalando este mundo maravilloso que tantas satisfacciones le brindaba.

Sumida en sus pensamientos de apreciación, subió la escalinata casi sin ver a una mujer andrajosa que estaba acurrucada en el último escalón.

-Una limosnita, por el amor de Dios.

Silvina se volvió a mirarla en el mismo momento que la mujer levantó la cabeza y la miró con sus ojos cansados de hambre. Mientras Silvina buscaba un billete para darle, notó algo que brillaba en el cuello sucio de la mujer, algo que aparecía y desaparecía bajo las capas de ropas desgarradas.
Se agachó ante la desconfianza de la harapienta y vio la medallita de la Virgen de Pompeya.

-¿Julieta? –exclamó Silvina sin comprender.

La mujer la miró sin expresión.

-¿No te acordás de mi? Soy Silvina, la nena pobre de tu cuadra, a quien le dabas tus vestiditos. Mirá –agregó mostrándole su pulserita de dijes-. ¿Te acordás cuando me regalaste esto?

Julieta sonrió, como despertando de un sopor. De hecho, Silvina notó la botella de alcohol escondida entre su falda. Una gruesa lágrima rodó por la mejilla sucia mientras un mar de imágenes del pasado la inundaron.

-Silvina... –alcanzó a decir con un hilito de voz.

Tercera parte

Silvina no podía creer que ‘la niña rica’ estuviera pidiendo limosna.

-Vení, por favor, vamos a tomar algo –la invitó ayudándola a ponerse en pie-. ¿Qué te pasó?

Entraron al bar más cercano. Un mozo las miró diferente pero Silvina no hizo caso. Pidió un café con leche con medialunas y mientras Julieta las devoraba con la desesperación de alguien que no ha visto una migaja en días, su corazón se estremecía de ver cómo la vida había castigado a la ‘nena rica’ que tanta felicidad le ofrecía en su infancia.

Cuando Julieta pudo hablar le contó que en su adolescencia, su papá había hecho una mala inversión perdiendo absolutamente todo y como consecuencia de su desesperación se había suicidado. Su mamá y ella quedaron literalmente en la calle. Los acreedores embargaron todo y los parientes les habían cerrado las puertas. Nadie quería ocuparse de ellas porque no tenían dinero.

-¿Cómo? Yo me acuerdo de tus tíos y tus primos cuando los veía venir de visita a tu casa. ¿No las ayudaron?
-No, para nada. Evidentemente, estaban con nosotros cuando teníamos plata, cuando todo eso se terminó, no quisieron saber más nada. Y así fue con la demás gente, amigos, conocidos, a nadie le importó un bledo.
-¡Qué gente de mierda!
-Sí, lamentablemente es así.

Julieta siguió contando que vivieron en un conventillo donde ella y su mamá tenían comida y un colchón para dormir a cambio de limpiar la roña de un grupo de borrachos y drogadictos. Ahí fue donde la mamá se enfermó, de horror, de tristeza, de incredulidad y falleció al poco tiempo.

-¿Y vos? –Silvina no podía creer la historia.
-Y yo... viví a los ponchazos-, dijo bajando la cabeza-. Me avergüenza decirte que estuve metida en un giro de prostitución y droga y no sé como zafé un día de una sobredosis. Me asusté tanto que no volví a probar y me fui. Desde entonces, prefiero vivir en la calle, pedir limosna, dormir en las plazas o en las entradas del subte antes que volver a eso.

Silvina estaba como paralizada. ¡La princesa reducida a esto! ¡Qué injusta es la vida a veces!

-Juli, no sabés como lamento todo lo que te pasó –expresó con gran ternura acariciándole la mejilla sucia.

Pareció que Julieta iba a llorar pero no, no le quedaban más lágrimas y su orgullo estaba hecho trizas.

-Veo que mantuviste siempre tu Virgen de Pompeya... –agregó Silvina con infinita ternura.
-Sí, nunca quise venderla, no sé cómo sobrevivió pero es que yo siempre confié en aquello que me había dicho mi abuela, que me protegía.
-Y bueno, mirá lo que pasó, fue gracias a la medallita que te reconocí –sonrió con dulzura.
-Sí... –contestó emocionada-. No puedo creer haberte encontrado. Vos estás bárbara...
-Sí, por suerte sí. La vida me sonrió después de esa infancia tan dolorosa. Esa infancia en la que vos me dabas las mayores alegrías.
-¿Yo? ¡Pero si sólo te daba mis vestidos viejos!
-Sí, pero era el modo en que me tratabas, como una igual a vos, sin despreciarme ni mirarme torcido como otras personas. Y no me olvido nunca cuando me regalaste la pulserita –dijo estirando el brazo.

Julieta sonrió y la tocó como queriendo volver a esos años, a esa casa, a esa vida.

-Y hablando de vestidos –interrumpió sus pensamientos Silvina- creo que vos y yo tenemos mucho trabajo por hacer.
-¿Qué? –miró sin entender.
-¿Todavía te gusta la ropa?
-Sí, creo que sí –rió Julieta-. Ya me olvidé –agregó mirándose sus harapos.
-Yo soy diseñadora y tengo un negocio que está creciendo y necesitaría una socia.
-¿Qué estás diciendo? Los ojos de Julieta se abrieron como una flor de primavera.
-Te estoy diciendo que ahora te voy a llevar a mi casa para que veas a mi vieja y vas a descansar y alimentarte por unos días y después nos vamos a poner a trabajar. Bueno –hizo una pausa- si estás de acuerdo, claro.
-No sé qué decirte –balbuceó con lágrimas en los ojos.
-Sólo decí que sí.
Juli se acarició la medalla mientras su cara explotaba en una alegría que dejaba entrever los rasgos aún presentes de aquella nena rica.

Sil & Jul se convirtió en una de las más afamadas marcas de ropa. En el logo se destacaba la Virgen de Pompeya.

Mónica Gómez

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