Traiciones múltiples ~ Mónica Gómez

En esta ocasión Mónica Gómez nos propone una historia de dolor y traición, con un suspenso que queda ya planteado desde el primer párrafo. Ésta es la primera parte.

El cuerpo parecía sin vida, salvo por esa máquina, en forma de acordeón, que bombeaba oxígeno a sus pulmones.

George no podía contener las lágrimas al ver a su querida amiga Agatha de ese modo. No podía creer que la hubieran acuchillado, en su propia casa. Él – como amigo y abogado, sabía de todos los problemas que venía teniendo pero jamás se hubiera imaginado algo así.

-Hagamos un pacto –le habló a través del vidrio de terapia intensiva del Hospital Lenox Hill de New York –yo me encargo de quien te hizo esto, pero vos... –hizo una pausa para intentar tragar su congoja- vos prometeme que vas a abrir los ojos.

Una vida tranquila había llevado Agatha hasta un cierto punto. Hija única de padres adinerados nació sesenta y tres años atrás con un lugar acomodado dentro de la sociedad neoyorquina. Culta, inteligente y simpática, se casó enamoradísima, con un señor más adinerado que ella, dueño de una importante empresa financiera de Wall Street. Master en Economía, Agatha tuvo de inmediato su puesto en la empresa de su marido y fueron los dos – codo a codo – quienes la llevaron adelante sorteando todas las dificultades que conlleva ese tipo de actividad. Ella adoraba su trabajo con verdadero entusiasmo y la otra pasión, que compartía con Ronald, su marido, era el baile. Era su cable a tierra, su distracción, algo que también los mantenía juntos fuera del trabajo. Dos veces por semana concurrían religiosamente a sus clases de line-dancing y hasta participaban con su grupo en certámenes regionales, siempre que las obligaciones se lo permitieran.

El solo momento en que Agatha se alejó de su escritorio – dentro del mismo despacho de su marido – fue cuando nació Brigitte, su única hija, quien ahora estaba casada con un inglés y vivía en Bristol, ya que Peter era un ingeniero aeronáutico con un importante puesto en la Rolls Royce. Hacía cinco años la habían hecho abuela de Katie y dos años más tarde de Stephen.

Lástima que Ron no los llegó a conocer. Más o menos para el momento en que Brigitte quedó embarazada, Ronald enfermó de cáncer. Fue una larga y ardua batalla que finalmente perdió, dejando a Agatha sumida en una profunda tristeza que con el tiempo supo transformar en energía para seguir adelante. En vez de quedarse encerrada en su lujoso piso de Park Avenue, afiló sus garras de luchadora y se prometió llevar con éxito la empresa por la cual habían trabajado tanto. El Consejo Directivo concordó en nombrarla Presidenta y como Vice, a su secretaria, Norah, su mano derecha por más de quince años, quien conocía a la perfección los rincones y recovecos de la empresa.

Pasados unos meses, hasta volvió a sus clases de line dancing. Eligió otro grupo para no quedar atrapada en recuerdos y siguió desarrollando su pasión.

Dos años atrás había sufrido otro duro golpe: la muerte de su mejor amiga Christine, cuyo hijo Charlie era su ahijado. Agatha y Chris se conocían desde la infancia y la falta de su amiga – así de golpe, de un paro cardíaco – la dejó destrozada de dolor. Por tener la cabeza puesta en esa pena – argumentó siempre ella – fue que se distrajo ese día cruzando la calle y así sufrió ese horrible accidente, en que un auto la llevó por delante. Agatha pasó tres meses en el hospital, tuvo catorce operaciones en sus piernas y realmente cuando ingresó a la Clínica de Rehabilitación, no se sabía si volvería a ponerse en pie. Sin embargo, una vez más, convocó todas sus fuerzas y se prometió a sí misma que lo lograría. Sabía que era un proceso lento, como mínimo un año le habían ya dicho los médicos, pero ella estaba dispuesta a lograrlo. Hubiera querido continuar trabajando desde la clínica, pero sus terapeutas le aconsejaron que pusiera el cien por cien de su energía en ella misma y su recuperación. Por supuesto, estuvo de acuerdo.

Dejar la empresa por un año era una situación delicada, lo sabía, porque cualquier buitre – de los que nunca faltan, podría tomar un control que fuera luego difícil de sacar. La primera persona de su confianza total era, por supuesto, Norah, pero pensó que sería bueno tener a alguien de afuera controlando un poco lo que sucedía.
Una de las personas más cercanas que tenía era Charlie, que la visitaba con frecuencia. Su ahijado estaba apenas divorciado, sufriendo la muerte de su mamá y con poco trabajo en su estudio de contaduría. Pasaba un mal momento, pero era un joven emprendedor, inteligente y despierto. Ponía las manos en el fuego por él. Así es que le otorgó un poder para que pudiera actuar en nombre de ella. Norah - que la visitaba con frecuencia - sabía los tejes y manejes de la empresa así que entre los dos, formarían un buen equipo.

-Vos quedate tranquila, Agatha – repetía en cada visita- que yo me encargo de todo.
-Gracias, amiga, no sé cómo agradecértelo.
-¿Estás loca? ¿Qué gracias me das? ¡Con todo lo que vos hiciste por mí! Yo a vos te debo todo lo que tengo.

Y de allí pasaba a contarle sus usuales y eternos problemas domésticos con su marido, que nunca se ocupaba de los dos hijitos, la misma cantinela que Agatha conocía de memoria pero que ahora tenía un sabor más entretenido, dentro de la aburrida vida en la Clínica.

Un día se estaba yendo Norah cuando entró Charlie

-¡Hola, mi madrina preferida! ¿Cómo van esas piernitas? –saludó tocándola suavemente.
-Mucho mejor, justamente le estaba contando a Norah que ya logro ponerme en pie.
-Así es –comentó Norah mirando a Charlie – creo que dentro de poco la tendremos de vuelta. -Hizo una pausa-. Que genial tu idea de poner a Charlie como apoderado –agregó mirándolo otra vez- es un apoyo tremendo para mí.

Charlie le devolvió la mirada y Agatha hubiera jurado que brotó una chispita en la imaginaria línea que los unía. Al segundo se sacudió el mal pensamiento que se le cruzó por la cabeza. Cierto es que Charlie era un seductor incurable pero Norah amaba mucho a su familia como para causarle algún daño.

-Esto es así, –la voz de Charlie la sacó de sus elucubraciones- todo por ayudar a mi madrina. Vos sabés cuánto te quiero, sabés que sos mi mamá desde que la mía se fue –agregó el muchacho con lágrimas en los ojos.

-¡Buenas tardes! –interrumpió uno de los terapeutas golpeando las manos-. Adiós a las visitas, que hay que seguir trabajando para que Agatha vuelva al ruedo. Ustedes váyanse a cuidar sus intereses que yo me ocupo de que pueda retomar su puesto lo antes posible y hasta de que vuelva a bailar.
-Oh, no, no aspiro a bailar mi querido line- dancing –dijo Agata con una expresión de melancolía. Me conformo con caminar.
Todos sonrieron y Norah y Charlie se despidieron hasta una próxima vez.

Agatha siguió pasando sus días entre terapias y sesiones de Skype con su hija y nietos. Brigitte venía cuando podía pero era un lío dejar a los chicos y Agatha realmente no la necesitaba. Por suerte, tenía toda la atención posible y de la mejor.

La que también venía a visitarla era Carmen, la ama de llaves colombiana que tenía en su casa desde hacía veintisiete años. Norah se había ofrecido para controlarla un poco – nunca se sabe, le había dicho – pero Agatha la conocía bien y confiaba en ella plenamente ya que luego de tantos años, era como un miembro más de la familia.

Un buen día Agatha dio su primer paso, y después otro y así empezó a frecuentar los pasillos de la Clínica con su andador, dejando atrás la silla de ruedas. Allí fue donde un día se cruzó con George, que había tenido un accidente jugando al tenis y se había fracturado la pierna izquierda en varias partes.

-Al menos vos tenés una pierna buena –reía Agatha.

Ambos se hicieron muy buenos amigos, quizás por la necesidad de apaciguar la soledad de la clínica, quizás porque realmente hay momentos en que la vida nos devuelve lo que nos quitó en forma de una persona especial que parece caída del cielo.

De su misma edad, abogado de un bufete renombrado, divorciado y con dos hijos viviendo en Chicago, George era un hombre simple, dulce, bonachón, que podría haberla enamorado en su juventud. Pero no ahora, ya que Agatha no tenía la menor intención de dejar de lado su viudez, Ron seguía siendo el hombre de su vida, y estaba bien así.

Eso sí, la amistad y el compañerismo crecían a medida que se contaban los detalles más íntimos de sus vidas, sus parejas, sinsabores y alegrías y cuantas cuitas se acumulan en sesenta y tantos años en este mundo.

La que no estaba muy feliz con esta nueva amistad era Norah, como dejó en claro en una de sus visitas.

-Cuidado, Agatha, vos estás muy sensible y cualquier idiota puede aprovecharse de vos.
-¿Qué decís, Norah? Nada que ver, George no tiene de qué aprovecharse.
-Insisto, yo sólo digo que te cuides.
-Lo que veo es que no corre buen sangre entre ustedes, pero me divierte, es como si estuvieran peleándose por mi amistad – rió Agatha.

A Norah no le hacía ninguna gracia.

George fue dado de alta una semana antes, así que fue él mismo quien se ofreció para ir a buscarla el glorioso día en que – luego de quince largos meses – Agatha volvió a ver la calle y respirar el aire sucio y el ruido pesado de su amada ciudad. La acompañó en taxi hasta su casa donde el portero, el viejo y querido John, la esperaba con un ramo de flores de bienvenida, mientras ella entraba con pasos cortos ayudada por su bastón. Se la veía radiante – pensaba George – con sus pantalones de seda cubriendo las cicatrices que él tanto hubiera querido acariciar. Pero se consoló sabiendo que la relación no daba para eso. Era una gran amiga y no quería estropear lo que tenían.

Carmen la recibió con un gran abrazo.

-¡Qué distinto está todo! –comentó Agatha con una mueca de desilusión.
-No, señora, le parece a usted nomás – se apuró a decir Carmen en su chapuceado inglés.
-Tenés una casa hermosa –expresó George boquiabierto.

Agatha se desparramó sobre uno de los mullidos sillones del living, frente al enorme ventanal que daba al Central Park.

-Oh, mi ciudad, cuanto te extrañé...
-Es hermosa la vista desde aquí. -George seguía boquiabierto.
-Sí, en verdad la disfruto mucho.
-Tengo un regalo para vos.
-Por qué. A ver... Guau! Qué hermoso suéter –exclamó Agatha sacando del paquete un cardigan blanco peludito. Me lo voy a estrenar cuando vaya por primera vez a la empresa.
-Me alegro que te guste –dijo satisfecho. Ahora disculpá pero tengo que irme. Tengo una audiencia en cuarenta y cinco minutos.
-Sí, claro, gracias, George, muchísimas gracias.
-No, no, no... ¿qué te dije de esa palabra? –Agatha sonrió-. Ya te dije que nada de gracias entre nosotros.
-Te quiero, George, sos un excelente amigo.
-Ah, eso sí me gusta –sonrió dándole un abrazo-. Nos hablamos más tarde.
-Carmen, acompaña a George hasta la puerta. Yo me voy a mi cuarto a descansar.
-¿Necesita algo, señora?
-No, no, gracias, necesito recostarme un rato nada más.

Agatha enfiló por el largo pasillo y se sintió como en la película Titanic cuando la cámara muestra los despojos del buque que traen a la memoria los días de gloria. A medida que avanzaba con su paso lento por esas paredes que ahora notaba viejas y derruidas, afloraban en su mente aquellos momentos felices en que Ron la llevaba en brazos y ella tocaba la suavidad de la tapicería, hoy tosca y sin brillo. Evidentemente Carmen no había cuidado mucho. ¿Pero qué había hecho Norah entonces? ¿No era que venía a controlarla? Llegó a su dormitorio, su refugio, su lugar en la casa. También notó que algo allí había cambiado pero no sabía definir qué. Miró a su alrededor. No podía decir que estuviera sucio. Estaba todo ordenado, en su lugar, la gran cama con el acolchado beige, los cortinados, su escritorio. Sin embargo había algo. Sí, estaba como usado, gastado, como si alguien hubiese jugado sobre esas alfombras. De hecho, había algunas manchitas sobre las flores verdes.

Eso fue sólo el comienzo de una serie de hechos increíbles que Agatha iría descubriendo. Todo había sucedido en su larga ausencia, mientras ella luchaba por su recuperación.

Continúa leyendo la segunda parte aquí: Traiciones múltiples II

Mónica Gómez

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