El día de la virgen II ~ Mónica Gómez

En esta segunda parte y final, descubriremos cuál es ese dolor tan grande que ha sumido a la protagonista en este hueco oscuro del cual no puede – y no quiere – salir.

Si no leíste la primera parte, empieza aquí: El día de la virgen I

El Día de la Virgen II

Era joven, se había querido consolar tantas veces. Y la fatalidad fue que la muerte repentina de su padre la había dejado con esa sensación de responsabilidad hacia su madre y su hermanito menor.
Él también era joven, aunque tuviera 3 más que ella y no dudaba de que estaban enamorados pero a los ojos de la familia de él, el amor no contaba en lo más mínimo. Contaba la rubia adinerada que le podía dar una buena perspectiva.

-Tus padres no me querrán jamás –le lloró Eugenia una tarde.
-A mí no me importa lo que digan ellos. Yo te amo a vos, mi princesa –la llamaba así y ella se derretía en su voluptuosidad femenina.

Se amaban en secreto y el mundo parecía abrazarlos y protegerlos como una bataraza con sus pollitos. Hasta que un día, pasó lo que uno nunca espera pero sucede y no hay manera más atinada para decirlo que no sea con la bruta realidad: se pinchó el forro. Por más que ella rezó e hizo promesas a todos los santos para que su menstruación apareciera, el golpe llegó inmutable: estaba embarazada. Él se asustó tanto que automáticamente dejó de verla. Ella se sintió sola, desamparada, engañada. Tenía una sola persona a quien recurrir: su prima, unos diez años mayor que ella, que vivía sola en una ciudad cercana. Por suerte, se hizo cargo de todo, y aprovechó el feriado de la Inmaculada Virgen para inventarse un viajecito juntas. La familia jamás sospechó y Eugenia se dejó hacer, permitió que desgarraran sus entrañas en un llanto asfixiado que todavía la ahogaba.

Retomó su vida y las presiones económicas la llevaron donde terminan trabajando todos en este pueblo que gira en torno al monstruo. Él no la llamó nunca más. A los pocos meses se casó con la rubia y al año siguiente nació el varón. Bajaba la vista cada vez que se la cruzaba. Como ahora, como siempre.

-¡Hola, Euge! –la trajo a la fiesta la voz de Martina.
-Hola –contestó casi distraída pero por supuesto su interlocutora ni se dio cuenta porque comenzó con el recuento de todos sus problemas con los niños y el marido. Por suerte, apareció otra persona y Eugenia comenzó a rebotar entre todos los empleados que querían quedar bien con la jefa de capacitación de la empresa.

No notó, en el tumulto, que una campera de jean le rozaba su pulóver rojo navideño.
-Lo sé –le susurró él mirándola a los ojos por primera vez en todo este tiempo-. Hoy se cumplen diez años, lo sé... fui un cobarde, un idiota.
-¡Ahí viene Papá Noel! –lo interrumpió su hijo del medio llevándoselo de la campera.

De repente le pareció que todo la fiesta se detenía, como si apretara una pausa desde un control remoto. El gordo Carlos, que hacía de Papá Noel, se congeló mientras algunos niños quedaron con sus brazos estirados con intención de tocarlo. La única figura que se movía era la de él, alejándose, mientras con una mano la muchacha se cubrió el vientre y con la otra se quitó una gruesa lágrima de su mejilla.

Mónica Gómez

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