Mirada ~ Mónica Gómez

"En esta única entrega Mónica nos trae un relato intenso y asombroso, inspirado en un experimento real, que nos lleva a un mundo que puede ser visto como real o imaginado. Eso depende del lector."

Mirada

Los bancos que flanqueaban las paredes de la sala estaban repletos de público expectante y sorprendido. En el centro, como en un cuadrilátero de box, habían dispuesto una mesa rectangular de pino claro. De un lado estaba sentada ella, envuelta en un vestido rojo tan largo que sus pies quedaban escondidos bajo un ruedo que se adivinaba irregular. Frente a ella, a través de la mesa, una silla cambiaba cuerpos. Quien deseaba participar simplemente esperaba a que se vaciara, y se sentaba.

Entonces comenzaba todo. Se miraban directo a los ojos. O mejor dicho, ella miraba dentro de los ojos de los demás. El otro, a veces tímido, a veces turbado o incluso sintiendo un pudor temeroso desviaba la vista y finalmente se alzaba con una sonrisa que hablaba de agradecimiento, ya que estaban prohibidas las palabras. Ella cerraba los ojos, como descansando y preparándose para el próximo ser humano. Aunque no podría haberse preparado jamás para lo que vendría.

La mujer estaba imperturbable, dentro de su funda roja, con los ojos cerrados, esperando un nuevo ser humano, una nueva mirada. Cuando él se acercó, alto y espigado, con ojos claros como un cielo aguado, conmocionado, tal vez inquietamente nervioso, ella abrió los párpados y lo vio. No era un participante más de su loco experimento comunicacional. Era él. No sabía quien, pero lo reconocía. La prueba fue que sus cachetes estallaron en un vívido color que se combinaba con el vestido.

Sus ojos se abrieron más grandes, como para poder beber esa emoción que él le estaba transmitiendo. El mueble de madera que los separaba pareció desaparecer. En su lugar un cordón transparente e invisible los unía inexorablemente, aumentando los sentimientos que de ellos afloraban. Él abría y entrecerraba los ojos, casi exhalando palabras, que la mujer recibió con una separación de sus gruesos labios.

El hombre se secaba las lágrimas, gesto terrenal con el cual se aferraba a algo físico, porque sentía que su mente volaba lejos de su alcance. Ella estaba allí lejos, atravesando un bosque en un carruaje, con él que le tomaba las manos y se las besaba. Ahora la seguía sosteniendo mientras patinaban juntos sobre un lago congelado. Pero... un momento, ella era un niño y él era su padre. Como si fuera el resultado de un efecto especial, de pronto el lago se esfumó y se dibujó una casa de campo que ella supo que era en la campiña inglesa. Ella era él y él era ella, pero no importaba porque el sentimiento lo abarcaba todo.

Ahora él estaba allí delante, con sus ojos rojos de tantos recuerdos, percibiendo tanto como ella. El hombre sonrió emocionado, sacó una punta de su lengua y saboreó la sal de la lágrima que había llegado a la comisura de sus labios. La mujer de rojo alzó las manos de su regazo y las estiró sobre la mesa con las invitantes palmas hacia arriba. Él sonrió aún más mientras se las tomaba y veía que el rostro bañado de la mujer deshacía su impasibilidad en un gesto de alegría y reconocimiento.
Como en un movimiento único, ambos se alzaron sin soltarse y se pararon frente a frente esquivando la mesa. La mano derecha de ella acarició la mejilla húmeda de él, que hizo otro tanto.

El público, sintiendo la tremenda calidez del encuentro, estalló en un aplauso cuando ambos se abrazaron en un remolino de pasiones resurgidas de otros tiempos.

Mónica Gómez

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