El exilio ~ Mónica Gómez

Hoy Mónica Gómez nos propone un relato agudo y comprometido. Si bien es una ficción, su contenido se basa en una triste página real de la historia argentina.

El exilio

No hay mal que dure cien años y por fin llegó la democracia. No sólo trajo de vuelta la libertad sino también a todos los ciudadanos que tuvieron que partir. ¡Qué angustiosos fueron esos años anteriores! Mi hijo era joven. Con tanto sacrificio mi marido Luis y yo le dimos la mejor educación que pudimos. Yo cosía y cosía y cosía para poder juntar un poco de dinero para el futuro de Eduardito. Luis hacía bastante, manteniéndonos con su miserable sueldo de empleado.

Ya en la secundaria, Eduardito se puso a trabajar. Iba al supermercado a acomodar los cartones y la basura. Yo sufría pero a él no le importaba nada. “No sufras, má, porque yo estoy haciendo esto para poder ir a la Facultad”, me consolaba. Ése era su sueño, de chiquitito quería ser médico y salvar vidas, decía. Y lo logró.

Ya en la Facultad, era empleado en una farmacia y en segundo año conoció a Mariela. Se enamoraron de cabo a rabo. Luis y yo la adoramos de inmediato, era hermoso verlos juntos. Un sólo defecto tenía esta chica: el hermano, que militaba en política y les llenaba la cabeza. A mí siempre me dio miedo la política. Más allá de que la considero corrupta y sucia y no creo en las palabras de nadie, siempre la vi peligrosa. Sería porque mi instinto de madre me estaba dando una alarma.

Mariela lo llevó a Eduardo y así fue que se afilió al partido socialista. De todos modos, ellos dos no participaban en nada. Apenas les quedaba tiempo libre con el trabajo y el estudio. “Mamá, son sólo ideas, o mejor dicho ideales”, me calmaba, “no te asustes que ni Mariela ni yo nos meteríamos en algo raro”.

Un día maravilloso vinieron con una gran noticia. ¡Mariela estaba embarazada! Eso de gran noticia lo digo ahora porque en ese momento fue un shock. En mi época, primero la gente se casaba y después compartía el ‘lecho conyugal’, que por eso se llamaba así, y recién entonces se tenían los hijos. Que mi nieto hubiera sido concebido al revés me dejó un poco perpleja de entrada. Pero la felicidad y emoción que mostraron era tan contagiosa que en definitiva no pudimos menos que alegrarnos y felicitarlos. Organizaron el casamiento en pocas semanas y una ceremonia en la iglesia sólo para darnos el gusto al papá de Mariela y a mí de ser los orgullosos padrinos. Mariela perdió a su mamá cuando era chiquita y el papá supo criarla, a ella y el hermano, superando su propio dolor y con todo el amor del mundo. El casamiento fue fantástico y la llegada del nieto no es algo que pueda describir con palabras. Mariela se apoyó mucho en mi y yo estuve a su lado en todo momento, casi como si fuera su mamá. Sebastián nos llenó la vida de alegría o, debería decir, agregó más a la que nuestra familia ya tenía. La encargada de cuidarlo era yo cuando los chicos se metían de cabeza en el estudio y sin lugar a dudas, fue una época felicísima. Mariela quedó un poco rezagada en la facultad pero nunca abandonó. Eduardito siguió adelante y cuando se recibió, Mariela quedó embarazada otra vez. Y llegó la nena, Virginia, justo un día antes que Sebi cumpliera sus tres añitos.

Éramos felices, el dinero apenas alcanzaba pero Eduardo tenía fe en que conseguiría pronto un buen trabajo. Ahí fue cuando un día apareció el hermano de Mariela con un proyecto que estaban haciendo los jóvenes del partido: ayudar en las villas de emergencia. Por supuesto que la idea no tenía nada de negativo. ¿Cómo va a estar mal ayudar a la gente necesitada? Yo misma en una época cosía gratis para

un hogar de ancianos. Había tanta gente sola que el sólo hecho de verme aparecer era una fiesta para ellos. Me quedaba un rato mientras les cosía lo más sencillo y me traía a casa el resto y se los entregaba, de paso lavado y planchado, a la semana siguiente. Como ya conté, no nos sobraba dinero, pero sí me sobraba amor para dar. Y la retribución en el corazón es lo más bello que existe.

Por eso, comprendí lo que quería hacer mi hijo. ¿Acaso podía estar en contra de algo tan loable? Al contrario, me sentí orgullosa de que él ofreciera su profesión a la gente que no tenía acceso a nada. Y allí fue, fueron, Mariela también, todos los sábados a recorrer los lugares más inhóspitos y perdidos de la ciudad, allí donde parece mentira que haya seres humanos tratando de llevar adelante sus vidas, allí donde la mugre, la pobreza y el sufrimiento se dan la mano con la prostitución, la delincuencia y la droga, claras consecuencias de las primeras. Como resultado, las enfermedades están a la orden del día, y allí estaban mi hijo y mi nuera, aliviando como podían tanto dolor. Era una tarea muy noble, que nadie podía criticar. Nadie, salvo el reinante gobierno, opositor del partido socialista, a quien la necesidad de tanta ayuda ponía en evidencia como ineficaz y olvidado de los más necesitados.

Todavía recuerdo con lujo de detalles esa tarde de domingo en que se desencadenó todo, ¿cómo olvidarla?

Continúa aquí con la conclusión de este relato: El exilio II

Mónica Gómez

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