Coraje II ~ Mónica Gómez

Aquí la segunda parte y desenlace de ‘Coraje’, una narración que nos muestra claramente las debilidades humanas, el miedo a atreverse. ¿Terminarán juntos Mariana y Gustavo?

Si no leíste la primera parte, comienza aquí: Coraje I

Coraje II

Mariana no estaba del todo convencida de esta relación. Era tanto el amor que recibía de él que sentía que no le correspondía de la misma forma. Quizás era más lo que se sentía halagada que verdaderamente enamorada y comenzó un tiempo de idas y venidas.
Una vez le dijo que no quería verlo más, que estaba confundida, que no quería lastimarlo. A la semana fue a esperarlo delante de la puerta del edificio. Cuando él la divisó a la distancia, se frenó, se llevó una mano a la cara y empezó a llorar como un nene. Ella lo alcanzó y él soltó el portafolios dejándolo caer para poder abrazarla como si no se hubieran visto en años.

Mariana tenía programado un viaje a Europa con unas amigas. Uno de los puntos que tocarían era Escocia.
–Creo que el viaje y la distancia me van a servir para aclararme mis dudas –le dijo tirada en la alfombra del único ambiente, que se había convertido en nido de amor, controversias, discusiones y dulzura.
–Sí, me imagino. Yo tengo la esperanza de que el frío de Escocia te haga extrañar mis brazos.
–Seguramente –sonrió ella. Sabés bien cómo amo tus brazos fuertes y contundentes.

Sin embargo, no fue así. Al contrario, el viaje puso distancia entre ellos y al volver, Mariana decidió que no podía ni quería seguir jugando a un amor que no era.

Gustavo quedó con el corazón partido, pero entendió y la dejó libre. La presión que recibía de su ex esposa era inmensa, y ahora, ¿de dónde sacaría fuerzas para combatirla? Aunque se odió a sí mismo por la cobardía y se consoló pensando que lo hacía por el gran amor hacia sus hijos – volvió a su casa, su esposa y su vida de siempre. No supo nunca más nada de Mariana. Se refugió en su trabajo, en el cual a través de los años, fue creciendo hasta llegar a una posición en los más altos niveles.

Su hijo más chico estaba terminando el secundario cuando fueron juntos a comprarse zapatillas. Mientras su hijo elegía, él salió a la vereda a fumar. Y la vio, ahí parada, hablando por el celular. Disfrutó de espiarla de lejos, estaba más radiante que nunca. Los años le habían dibujado en el rostro unas arrugas que le daban aplomo y serenidad. En un momento, ella levantó la vista y lo descubrió. Con un gesto de alegría, cortó y se saludaron.

–Estás hermosa como siempre –expresó sin ocultar el sentimiento que jamás había muerto.
–Gracias, pero no me siento así. La realidad es que sufrí mucho y estoy pasando un mal momento. Mi mamá tiene cáncer y yo estoy terminando un divorcio difícil. Quizás en otro momento, te cuente mejor.
–Claro, sí, intercambiémonos teléfonos.

No habían pasado tres días que estaban frente a frente en un café cercano a aquel donde él le había revelado su amor, y que – para Mariana - parecía haber sucedido en otra reencarnación.

–¿Qué fue de tu vida? –curioseó ella.
–Volví con Ema, y sigo con ella –admitió con un dejo de vergüenza. Y mis hijos están enormes.

El amor de su parte seguía intacto. Jamás había tenido otras mujeres. Al contrario, había aprendido a sepultar sus emociones para asegurarse que no le causarían más problemas pero este reencuentro volvía a romper cuanta barrera estuviera en el camino.

Mariana estaba casi arrepentida de no haberse quedado con él. Diferente hubiera sido su vida. Ahora, segura y dispuesta, se entregó con el corazón abierto y sin ninguna duda. Se amaron clandestinamente por dos intensos meses con la alegría y espontaneidad de dos jóvenes.

–Me pone mal que me toques el pelo –le dijo él una vez cuando estaban en el hotel donde iban siempre –porque después no sé cómo acomodármelo para volver a casa.

En definitiva, parecía la típica aventura de un hombre casado, pero ambos sabían que no lo era y precisamente el hecho de que Mariana estuviera tan abierta esta vez, hacía las cosas más difíciles para él. Tanto, que no pudo sostenerlo y – casi sin darse cuenta – empezó a poner excusas, falta de tiempo, trabajo, hijos y la dejó de ver. Ni lo hablaron porque él no hubiera podido mirarla a los ojos y no caer en ese profundo amor que lo inundaba. Simplemente dejó de llamarla. Un par de veces que ella lo buscó y él salió con sus excusas, ella entendió y lo dejó en paz.

Sin embargo, él no podía ya engañarse y al cabo de unos años, se separó definitivamente. Se compró un campito que convirtió en su refugio y allí vivió solo, viajando a la ciudad todos los días por su trabajo. En sus fines de semana de asado, animales y tierra, frecuentemente recordaba a aquella mujer que signó su vida pero nunca se atrevió a llamarla por temor a ese sentimiento tan poderoso que no podía controlar.

Mariana formó una familia y finalmente alcanzó la serenidad aunque nunca lo olvidó.
Pero él nunca lo supo. No tuvo el coraje.

Mónica Gómez

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