El cajón de la basura III ~ Mónica Gómez

Y por fin llega el desenlace, triste y brutal, que nos deja reflexionando sobre la bajeza a la cual puede llegar un ser humano.

El cajón de la basura III

Si no has leído la primera y segunda parte, ve aquí primero: El cajón de la basura I, El cajón de la basura II

Tercera Parte

Fue fácil ubicar al tal Germán a través del celular de Gisela que la policía encontró dentro de la bolsa de basura en la cocina. De hecho, en el baño encontraron huellas de Germán, como de Pedro, que había estado allí esa mañana. Pero ninguna huella estaba mezclada con la sangre.

-No lo puedo creer –se mortificó Germán-. Yo no la vi hoy, lo juro.
-¿Dónde estaba hoy entre las ocho y treinta y las doce?
-En mi casa –contestó tristemente- no tengo ninguna coartada. Estoy desocupado y no me vio nadie- dijo agarrándose la cabeza-. Ya sé lo que eso significa, pero deben creerme, yo jamás le haría daño.
-¿Por qué no?
-Bueno, porque no tendría motivos.
-Mire, nosotros tenemos aquí su historial. Hace cinco años usted estuvo detenido por agresión a un menor. ¿Acaso tenía motivos?
-¡Claro que sí! –dijo transformándose-. ¡Ese pendejo de mierda estaba rayando mi auto con una llave y lo cagué a trompadas!
-Ah, qué bien, lo cagó a trompadas.
-Bueno, sí... está bien, se me fue un poco la mano pero...
-¡Pero nada! Usted tiene antecedentes por agresión. ¿Qué me dice del episodio con su vecina?
-¡Esa puta! –volvió a enfurecerse- no hacía más que traer tipos a la casa y las paredes son finas y hacía ruidos y no me dejaba dormir.
-Y un día le bajó la puerta de un golpe y la agarró de los pelos.
-Sí, pero nada más. Ni la toque.

El oficial lo miró a los ojos.

-¿Y con Gisela, tuvo alguna pelea?
-¡No!
-¿La semana pasada cuando volvían en el auto?
-Ah bueno, pero no fue una pelea. Simplemente me sacó de quicio. Se hacía la mujer independiente, del estilo ‘yo sola puedo todo’. Por lo tanto, frené y la hice bajar del auto y que se volviera sola. Si es tan independiente...
-Era... desgraciadamente era. Y usted es el principal sospechoso y queda detenido.
-No pueden, ¡no! ¡No tiene pruebas!
-Ya las tendremos, no se preocupe.

La policía científica secuestró el auto de Germán. No tenía huellas de sangre, aunque no se descartaba que hubiera usado otro vehículo para trasladar el cuerpo. En la casa de Gisela, encontraron huellas en el piso que habían sido limpiadas de forma parcial, con lo cual supieron que la mataron en el baño y luego se la llevaron. Las bolsas donde la encontraron eran de las mismas que usaba Gisela para la basura. Esto también coincidía.

Lucía y Pedro estaban desconsolados. Culpaban a Germán, sin conocerlo. Pedro le contó lo que sabía, el episodio del auto y Lucía se sorprendió porque Gisela no se lo había dicho. De todos modos, fuera Germán o quien sea, sólo esperaban que el culpable pagara semejante crimen. Gisela no se lo merecía.

La policía investigó las casas de los tres. El departamento de Pedro estaba limpio y ordenado aunque se notaba la ausencia reciente. Pocos muebles y placares semi vacíos. Les llamó la atención tanto orden y que todavía tenía fotos con Gisela sobre los muebles.

El pequeño departamento de Germán era todo lo contrario. Un agujero negro, que no había limpiado nunca, lleno de botellas de alcohol, vacías y llenas. Lo sorprendente fue encontrar un cajón con ropa interior femenina.

-¿Me explica esto? –preguntó el oficial mostrándole una foto de su cajón lleno de bombachas y corpiños.
-Sí, me calienta el olor, ¿qué tiene? –respondió Germán desafiante-. ¿Está prohibido? –Miró al oficial con cara de sobrarlo-. Eso no me convierte en asesino, ¿no?

La casa de Lucía también estaba desordenada. Vivía sola, explicó, y su hermana era todo lo que tenía, salvo unos tíos y primos, ya que sus padres murieron cuando eran adolescentes. Lucía, siendo unos años mayor, se había sentido siempre responsable de Gisela. “Cuando se separó le dije que se viniera a vivir conmigo, pero no quiso...” –comentó angustiada.

Las investigaciones continuaron. No se encontró ninguna prueba contundente que demostrara quién era el asesino. Hasta que estuvo listo el informe del médico forense. Bajo las uñas de la pobre Gisela encontraron restos de piel, seguramente en su intento por defenderse del agresor. La policía ya tenía el DNA de los tres, Germán, Pedro y Lucía.

-El médico forense encontró restos de su piel debajo de las uñas de Gisela. ¿Por qué hizo semejante cosa?

El hombre no contestó. Simplemente se levantó y se dejó esposar. Al salir de la habitación, vio a Germán y Lucía sentados en el pasillo. Lucía lo miró muda, con lágrimas de rabia.

-Es que yo le dije, ¡le avisé! –gritó Pedro- se lo dije a la puta de tu hermana, concha caliente, que si no era mía, no iba a ser de nadie-. Hizo una pausa y lanzó un llanto ahogado-. Pero no me escuchó, no me escuchó.

FIN

Mónica Gómez

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