El alumno preferido II ~ Mónica Gómez

Aquí presentamos el final del cuento ‘El alumno preferido’. ¿Es posible el amor más allá de las convenciones sociales que dictaminan lo que es aceptable y lo que no lo es? Mónica Gómez nos trae la respuesta a través de esta historia, que tiene mucha actualidad en el mundo moderno.

Si no has leído la primera parte, comienza aquí: El alumno preferido I

El alumno preferido II

Caminaron un par de cuadras antes de elegir uno de los tantos restaurantes que poblaban la zona.
Era uno chiquito, con poca gente y menos ruido, especial para poder charlar tranquilos, como hicieron. Hablaron primero de sus ocupaciones. Raúl era psicólogo y trabajaba en su consultorio privado y Teresa había dejado hace mucho la docencia para dedicarse a escribir. De allí pasaron a hablar sobre sus desamores y desencuentros. Raúl estuvo de novio durante ocho años y poco antes de casarse ella se fue a hacer un Master de tres meses a París. Nunca volvió. Después de una semana de silencio, recibió un mail donde ella le pedía perdón y le decía que se había enamorado perdidamente de un franchute que le ‘dió vuelta la cabeza’. El golpe fue muy duro pero ya habían pasado muchos años y su corazón estaba sanado. Teresa le contó de su matrimonio de dieciocho años, terminado por una infidelidad de su marido con una chica de la edad de sus hijas. De hecho, ahora que sus hijas tenían 25 y 27 años, la amante que se había luego transformado en esposa, tenía 26 y un hijito de 5. Al inicio había sido durísimo para Teresa porque jamás se esperaba algo así de su marido. Pero gracias al amor de sus hijas y mucho crecimiento interno, lo había superado.

–En definitiva, los dolores ayudan a crecer, a ver la vida de otra manera –dijo ella cuando habían terminado de contarse sus desventuras.
–Sí, absolutamente y se ve que vos y yo crecimos.
–Bueno, con respecto a vos, yo crecí de por sí, con los años. Soy una mujer grande.
–Y hermosa.

Teresa fingió no escucharlo y cambió rápidamente de tema. Le confesó que ella lo veía afeminado de chico y que hubiera jurado que iba a ser homosexual de adulto.

–Ah! No sabes cuantas veces me pasó eso, de más joven –dijo Raúl con una risotada–. Pero no, mirá, te voy a hacer una confesión yo también, con mis seis añitos estaba perdidamente
enamorado de vos.

Aunque ambos rieron, hubo en el aire una sensación dulce y fragante, como un hilo que comenzaba a tejerse entre ellos.
Empezaron a frecuentarse y fue creciendo entre ellos una relación de mucho amor, aunque todavía como amigos porque Teresa ponía sus distancias. Raúl la colmaba de mimos, cuidados y piropos pero ella estaba llena de dudas, pensaba que estaba mal, que esto era como lo que en definitiva tanto había criticado en su marido, enamorarse de una persona más joven. Con el agregado que un hombre de cincuenta con una pendeja, vaya y pase pero al revés, no estaba tan permitido. Temía lo que le dijeran sus hijas, su familia, sus amigas. Raúl insistía pero con una paciencia ejemplar y siempre le recordaba aquellos sentimientos de niño. Sólo que ahora eran un hombre y una mujer.

A pesar de los quince años de diferencia se sentían muy a gusto compartiendo paseos, salidas, amigos de él y finalmente, amigos de ella. Y un buen día, Teresa cedió. Estaban sentados en el parque que quedaba a pocas cuadras del consultorio de él, donde solían ir a leer bajo los jacarandás que Teresa tanto amaba. Y entre página y página, por fin sus bocas se encontraron y desde ese momento no se separaron más. Poco a poco, Teresa lo fue introduciendo en su familia pero ya con el convencimiento de estar totalmente enamorada de él, tanto que no le hubiesen ya importado las críticas. De todos modos, la pareja se veía tan consolidada y feliz, que no pudo más que traer alegría a todos, especialmente a las hijas de Teresa que veían a Raúl con muy buenos ojos y bromeaban con tener ‘padrastro y madrastra’ tan jóvenes.

Tere y Raúl se fueron a vivir juntos y fue tanto el amor que seguía creciendo entre ellos que en un par de años, adoptaron un bebé, Ramiro.

......... ......... .........

La iglesia estaba clara como un día de verano y olía a lavanda y fresias, las flores preferidas de la novia. En el altar, el novio estaba agitado, pero feliz. Miró hacia el primer banco y se encontró con los ojos emocionados de su madre. Teresa estaba visiblemente envejecida pero fantástica. A su lado Raúl con una corona rala de pelo canoso, le tomó la mano con dulzura.
–Se nos casa el nene, seño Tere, quién hubiera dicho!
Ella lo mira y le devuelve la ternura con una caricia.
–¡Mi Raulito, quién lo hubiera dicho!

Mónica Gómez

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