Mar Turquesa-Capítulo 2 ~ Mónica Gómez

Resumen del capítulo anterior: Como para hacerse perdonar por su enésimo maltrato, Roberto regala a su esposa un viaje a Europa que incluye un crucero por el Mediterráneo. Leticia, resignada a su suerte, se apresta al menos a gozar de esta ciudad flotante.

Si no has leido el capítulo anterior, comienza aquí: Mar Turquesa – Capítulo 1

Mar Turquesa

Capítulo 2

Leticia estaba fascinada con todo lo que ofrecía la nave. Al cabo de la reunión informativa, luego de un ‘arrivederci, adiós, goodbye, aur revoir,’ etc de parte de Amalia, volvieron al camarote para ver zarpar la nave desde el balcón. El puerto de Civitavecchia comenzó a alejarse, o al menos eso parecía ya que no se sentía ningún movimiento.
La luz del sol producía estrellitas que estallaban en los saltos de agua sobre el Mediterráneo mientras el atardecer tiñó la cabina de un dorado naranja.

-¡Qué hermoso! –comentó Leticia anonadada.
-¿Qué decís? –preguntó su marido desde adentro. Estaba tirado en la cama, viendo algún canal de deportes.
-Nada –gritó su esposa sabiendo que él consideraba muy tontas esas cosas.

Después de bañarse y vestirse – con ropas livianas porque hacía calor dentro de la nave, aunque era el mes de enero, pleno invierno – y listos para vivir la primera noche a bordo, se dirigieron al teatro, ya que les había tocado el segundo turno de cena a las 21 horas.

-¿Para qué querés llevar cartera? –preguntó Roberto-. ¿No escuchaste que la tipa dijo que no se necesitaba dinero aquí adentro? ¡Si tenemos la tarjeta!
-Tenés razón, qué tonta soy –dijo mientras guardaba todo en la caja fuerte.

Desde el ascensor transparente que los llevó del octavo al tercero se veía el atrio central y el bar Caribbean. El teatro estaba casi completo. En vez de butacas individuales tenía enormes sillones donde uno se sentaba pegado al otro, con mesitas redondas para apoyar el trago que gentilmente servían. Leticia quedó maravillada con el espectáculo de acrobacia, danza y música.

-No me imaginé que hubiera un show tan talentoso –susurró a Roberto.
-¿Qué? ¿Esto talentoso? ¡Qué ignorante sos, querida mía! –rió él-. Decí que yo te quiero igual.

Leticia estaba decidida a disfrutar y hacer caso omiso de esos comentarios, tan normales en su marido. Al cabo del show, fueron a cenar. Para ello, tuvieron que atravesar toda la nave. El gentío hacía recordar a la calle peatonal de una gran ciudad en la hora pico. Claro, los más de 3.000 pasajeros se encontraban en ese menester, ya sea para un lado o para el otro.

Un grupo de mozos les dio la bienvenida en el restaurant “Buenos Aires”. Fue muy gracioso que justo les hubiera tocado el restaurant que llevaba el nombre de su ciudad, en este momento tan lejana. Los ubicaron en una mesa que sería la suya por toda la estadía, junto a un matrimonio con un nenito de unos dos años, que saludaron en inglés.

-Hello, I’m James –saludó el señor-. We come from London.
-Oh, hello, nice to meet you –respondió Leticia sonriendo.

Roberto contestó secamente, no le gustaban los niños y esperaba que éste no fuera uno de ésos caprichosos. Al menos era británico, confiaba que la flema inglesa viniera realmente desde la cuna. Leticia notó que la mayoría de los mozos eran asiáticos.

-Es que la empresa les hace contratos de ocho meses –le explicó Roberto, que siempre sabía todo-. ¿Quién soporta un trabajo de ocho meses sin días de descanso?
-Ah, claro, porque el crucero está siempre en movimiento.
-Claro, ¡sabés lo que cuesta mantener un monstruo de éstos!
-¿Y cuándo hacen el mantenimiento? –preguntó pensativa- si están siempre andando.
-¡En los puertos! – contestó él de mal modo.

En ese momento interrumpió el mozo.
-Buenas noches –dijo en impecable inglés- yo soy su mozo, Ronald.
-Hola, Ronald, muchas gracias –contestó Leticia-. ¿No hablás castellano?
-Solo un poquito y un poco más de italiano –sonrió.
-¿De dónde sos?
-Soy filipino. Casi todos somos filipinos aquí. De las mil personas que forman parte de la tripulación, la mitad son filipinos. Hay varios tailandeses también.
-¿Tenés familia?
-Si, si, dos niños chiquitos
-¡Qué sacrificio!
-Nos contentamos con ver a nuestros hijos por Skype –sonrió.
-Ronald, podés traernos el antipasto –interrumpió Roberto que ya se estaba poniendo nervioso con tanta charla de su esposa.
-Sí, claro.

Leticia y la señora inglesa se sonrieron. Roberto seguía con su cara larga. Ninguno podía remotamente imaginar lo que estaba por suceder.
-¿Es la primera vez que hacen un crucero? –preguntó Leticia en su educado inglés.
-No –contestó el señor –cuando nos casamos hicimos uno, pero con otra empresa, por el Mar del Norte. Fue muy bueno, ¿verdad?
-Fantástico –asintió su esposa-. ¿Ustedes están en luna de miel?

Roberto miró a Leticia y se rió, no alcanzó a contestar porque volvió Ronald con los platos. En el momento que los estaba sirviendo, se sintió un gran golpe, como si la nave hubiese chocado contra algo, de hecho ésta dio un sacudón, acompañado de un apagón que duró pocos segundos. Los platos se movieron en la mesa pero nadie le dio demasiada importancia, aunque los mozos se miraron entre sí con expresión dubitativa.

Mónica Gómez

Continúa aquí con Mar Turquesa – Capítulo 3

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