La cocina ~ Mónica Gómez

-Como todas las mañanas, puso la pava sobre el fuego y sacó una feta de pan lactal de la bolsa. Pensándolo mejor, volvió a sacar otra.

-No, no es para ninguno de ustedes –dijo a Carlotta, la labradora y a los dos gatos que le rondaban-. Hoy, para festejar mi cumpleaños me preparo dos tostadas en vez de una-. Los animales suspiraron y volvieron a sus almohadones a seguir durmiendo.

Sonrió divertido. ¡Noventa años! ¿Quién le hubiera dicho que iba a estar acá? Mientras escuchaba el silbido del agua, miró al ventanal, ese paisaje verde inmaculado inmerso en colinas frescas que parecía la foto de un calendario de tintorería. Agregaban esplendor las casitas blancas con techos de tejas y más allá las montañas, que su hija adoraba, sobre todo cuando en invierno se vestían con sus sombreritos nevados.

Sirvió el té con una gota de leche, lo puso en la bandeja roja y verde con las tostadas y se sentó en su sillón preferido junto a la ventana, para ver el amanecer. Hacía frío, se notaba la helada sobre el pasto del jardín, pero el cielo límpido daba cuenta que en unos minutos el sol haría surgir una mañana cálida. Más tarde saldría a caminar, como hacía todos los días. A lo mejor su hija lo acompañaba, o quizás no, y a veces era mejor tener ese momento de soledad. Aunque debía reconocer que no se interponían en sus caminos cotidianos. Él era absolutamente independiente como para que Mónica pudiera hacer su vida y la casa lo bastante amplia como para no cruzarse. Además, tenía su habitación. Sólo que adoraba estar en la cocina, como ahora, saboreando su té – salud, Nelly, dijo levantando la taza - y esperando que el sol cortara el horizonte ondulante con su naranja furioso. Todavía dormían todos, tenía media hora de tranquilidad.

¿Quién le hubiera dicho que iba a amanecer en sus 90 tan lejos de su Buenos Aires querido?
No que se arrepintiera ya que en 85 años había vivido y exprimido esa ciudad en todo su esplendor y decadencia. Pero después que falleciera su Nelly y Moniquita se viniera a vivir a Italia, con el tano y su nietito, le quedó bien poco en la ciudad de su vida. Familia ya no tenía, sus dos hermanas y sus cuñados habían muerto.

Eran tres hermanos con tres hijos únicos y en otras épocas festejaban el primero de mayo con un gran asado. Él nació un 29 de abril y su mamá el 2 de mayo, por eso el feriado del Día del Trabajo venía perfecto para el festejo. Su cuñado Ricardo era uno de los dueños de un frigorífico, por lo tanto encargado junto con su hijo Beto de preparar la carne. ¡Ah, cuántos recuerdos de esos años se agolparon mientras bebía su té y perdía la mirada en los arbustos que decoraban las colinas! Sus hermanas vestidas de punta en blanco que más que a un asado parecía que iban a un casamiento y Nelly intentando seguirlas para no ser menos. Su querida Nelly, que para ir en contra de la familia, le festejaba el mismo 29. Y qué decir de Cristina, la hija de su hermana mayor, que siempre traía alguna novedad, que viajaba a Europa, o a Estados Unidos, o se había cortado el pelo exageradamente o usaba minifaldas con botas altas, como dictaba la última moda. A nadie le extrañó que se casara con un inglés y partiera. Y Moniquita feliz con toda esa familia y con un pariente adquirido británico, ella que amaba tanto el inglés.

Su mente volvió a los asados, al patio de su casa natal en el barrio de Floresta, su padre, el gallego, dándole de comer a las gallinas y su madre preparando la ensalada y quejándose del tiempo, del reuma o contando las enfermedades de los parientes del interior. Bellos años en que compartían todos juntos, hasta que llegó la muerte, y no se fue más hasta llevarse a casi todos, sin respetar edades ni ganas de vivir. Primero fue su padre, después su hermana mayor seguida casi inmediatamente de su madre y su cuñado viudo que no soportaron tanto dolor. Debía ser honesto, la muerte vino mechada de nacimientos porque Beto se casó y tuvo dos hijitos, Ignacio y Mariana. Pero acá es donde la vida había estado demasiado maldita. En un accidente de auto, perdieron la vida instantáneamente Beto, su esposa y Marianita que sólo tenía 12 años. Ignacio, pobrecito, dos años mayor quedó solo con sus abuelos. Pero Ricardo no estaba bien de salud y la muerte de su hijo fue demasiado para su corazón así que en pocos meses el muchacho quedó solo con su abuela, que se fue de la Tierra tranquila cuando ya estaba hecho un hombre.

En un viaje a Europa Ignacio se enamoró perdidamente de Catherine, una francesa que estudiaba ciencias agrarias en París, pero venía de un pueblito llamado Vieu. Ignacio volvió a Buenos Aires, vendió todo y se instaló en la campiña francesa, donde puso un bed & breakfast junto con su amada, con la cual tuvo dos hijitos. Por esas cosas del destino, la familia restante había vuelto a Europa, si bien ninguno a España, de donde habían partido los abuelos. Así es que para Navidad se juntaban en algún lugar, normalmente ellos y Nacho viajaban a Londres porque Cristina era excelente anfitriona y Mónica amaba esa ciudad y no perdía oportunidad de visitar su lugar favorito en el mundo que era el Puente de Westminster.

Qué extraña la vida, una en Inglaterra, el otro en Francia y Moniquita con Tomi en Italia. Tomás había nacido cuando Nelly se enfermó. Cuando apenas el bebé contaba 20 días y todavía estaba fresco el shock de saber que su único nieto tenía Síndrome de Down, le esperaba lo peor. Cómo olvidar ese diagnóstico, ese médico insensible que al entregarle los estudios de rutina lo cacheteó diciendo: “Acá hablamos de unos meses de vida nomás”. Después resultaron ser más, el peor momento de su vida, verla apagarse de esa manera, a ella que había sido la pila encendida del matrimonio, el amor de su vida desde los quince años, igual cantidad de noviazgo y casi 50 de casados, que no llegaron a cumplir. Un amor fuera de lo común, que él sabía que lo estaba esperando pacientemente más allá de las nubes, el sol, la lluvia y todo lo que traía consigo la vida terrenal. Por eso no le temía a la muerte, sólo pedía no ser una carga para su hija.

Cuando Moniquita y Tomi se fueron se enojó mucho, sobre todo con ese tano que se los llevó tan lejos pero después razonó que no podía ser egoísta, Italia ofrecía a Tomi una posibilidad de una vida mejor. Claro que los extrañaba, pero quería verlos felices y cuando los visitó, se enamoró del lugar. Acostumbrado a las playas de Mar del Plata, el turquesa cálido del Mediterráneo lo dejó sin palabras.

En su segundo viaje de visita, Mónica le pidió que se instalara en Italia. Hablaron mucho esa vez, y todos decidieron que lo mejor era que él se fuera a vivir allí.

Ya se habían mudado a la casa que compraron cuando Constancio llegó para quedarse. La había visto cuando estaba en venta, pero al entrar y ver la cocina nueva, se enamoró de los modernísimos muebles bordó que contrastan con la heladera que ya dejó de ser blanca, tan poblada de cientos de imanes que Mónica ha traído de sus viajes. A simple vista, un mapa de Pennsylvania se codea con Evita y la bandera inglesa, y el duomo de Milán se saluda con el Puente de Brooklyn. Por encima de las alacenas los mates se dan la espalda, el de River y el de Boca, mientras la caja de té inglés los mira con un cierto desprecio señorial.

River y Boca. Pensó que iba a extrañar el fútbol pero ya no iba tanto a la cancha de River como antes y el tano le compró el abono para ver cualquier partido, ese tano con quien se había encariñado tantísimo, a pesar que era de Boca. La rivalidad futbolística se veía reflejada en la casa, no sólo en los mates y tazas de uno y otro, sino la bandera xeneize en el escritorio de la computadora del tano y la camiseta de River en la habitación de Tomi. Porque en eso no iba a transigir, Tomás era de River desde que estaba en la panza y así debía ser. Pero el boquense lo aceptaba. Aunque los argentinos se toman el fútbol muy en serio, entre suegro y yerno había sido un modo divertido de unirse más.

El espacio de la cocina le gustó tanto que Constancio lo hizo suyo, tanto, que a su habitación iba sólo a dormir o cuando no quería molestar al matrimonio. Estaba feliz en Italia, los veranos iban al mar y cada tanto daban un paseo por Roma, a visitar la Fontana de Trevi que era uno de los lugares favoritos de Nelly cuando conoció Europa. Cada vez que iban, le parecía que el espíritu de ella sobrevolaba la fuente y lo saludaba. Volvió a levantar la taza a modo de brindis con el ángel de Nelly que sabía que estaba siempre con él. Nunca había sido demasiado creyente, pero ahora estaba seguro que su amor lo protegía a cada momento. Sí, ahora creía en los ángeles.

El sonido de la pianola de Tomi lo trajo a la mañana en la cocina. Siguieron los ruidos de puertas, agua del baño, bostezos, “dai, Tomi, che devi andare a scuola”. En fin, lo cotidiano y rutinario que tan mala prensa tiene y sin embargo – estaba convencido - hace tan bien al corazón porque significa que todos están bien y saludables como para emprender una nueva jornada. Sintió murmullos y ruido de papel. Sonrió y cerró los ojos haciéndose el dormido.

-Tanti auguri a teeeeeeeeee –cantaba su Moniquita mientras Tomi le traía el paquete de regalo con una sonrisa que lo decía todo. Cierto que no hablaba pero a veces no hacía falta.
-Auelo, auelo –dijo mientras lo acariciaba con su forma de ternura tan especial y lo llenaba de besos. “Auelo” había sido su primer palabra y nunca la había olvidado. Sólo había agregado “papá” y “agua”.
-¡Y dale Boca, dale dale Boca! –entró el tano muerto de risa, mientras Constancio lo miraba de reojo.
-¡Linda forma de saludarme, eh! –rió.

Después de abrir el regalo y verlos desayunar, partieron hacia sus ocupaciones, salvo Mónica que ese día trabajaba de tarde. Padre e hija salieron a caminar un rato bajo el calorcito de la mañana que los abrazaba.

-Papi, ¡qué bueno que estés acá!
-Ahá, es lindo el lugar...
-No, no me refiero a Italia, me refiero a que sigas en la Tierra –dijo mirándolo. Su padre se paró, la miró y la tomó de las manos.
-Moniquita, acordate de esto que te digo en este momento, en el día en que cumplo noventa años. Que me vaya de la Tierra es inevitable, pero el día en que eso suceda será para estar más cerca de vos.
-¿Cómo?
-Sí, quizás ahora no lo entiendas, solo recordá mis palabras: cuando no esté físicamente, voy a estar con vos a cada instante.

Se abrazaron y no dijeron más. Simplemente siguieron caminando, internándose en la campiña italiana, seguidos por los ladridos de Carlotta que parecía también desearle un feliz cumpleaños.

Constancio y Tomi
Ventanal
Fontana Trevi Nelly y Mónica

Constancio y Tomi de River
Jardín y montañas
Constancio y Mónica de paseo

Constancio y Tomi
Deck y montañas
Constancio y Mónica en la playa


 

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