Mar Turquesa-Capítulo 5 ~ Mónica Gómez

Resumen del capítulo anterior: Dentro del caos del naufragio, el capitán escapa a sus responsabilidades, abandonando la nave con un grupo de oficiales y escondiéndose en la negrura. Mientras Roberto está ya dirigiéndose hacia tierra firme, el corazón voluntarioso de Leticia la lleva a ayudar a la gente y estando allí esperando algún bote, divisa las luces de la costa y decide lanzarse al mar para intentar llegar a nado.

Si no has leido el principio, comienza aquí: Mar Turquesa – Capítulo 1

Mar Turquesa

Capítulo 5

Le dio miedo ir cerca del puerto, por las muchas embarcaciones que quizás no la vieran. Mejor nadar hasta la playita. A medida que se alejaba de la nave, la noche la iba envolviendo en ese mar desconocido, por lo que era imperioso evitar el pánico y no pensar. Se concentró en sus brazadas, una, dos, respiro, voy nadando suavemente. Sigo nadando, brazada, respiro, me salpico, me tiro el pelo hacia atrás, brazada, respiro. De golpe sintió una sensación de calma que la inundaba como el líquido negro que la rodeaba. Recordó que hacía apenas unas horas era de un turquesa brillante y transparente y eso la tranquilizó aún más. Brazada, brazada, respiro. En realidad, no tan turquesa como en las fotos que había visto en el perfil de Facebook de Marina. Distrajo su mente pensando en esos paisajes mientras seguía adelante. Brazada, brazada, respiro. Una sensación de fuerza se fue apoderando de ella. “Me estoy salvando yo sola, sin ayuda de nadie”, pensó sintiéndose orgullosa. “ ¡Ja!”, volvió a pensar, “yo, la tonta, la que no sabe nada, la mujer golpeada, se está salvando sola”. La playa estaba cada vez más cerca. Ya no sentía frío ni mucho menos miedo. Más bien estaba invadida por una emoción poderosa. “Estoy nadando hacia mi salvación, hacia mi libertad!”, se dijo.
“Mi libertad”, pensó. ¿Y si...? ¿Y si fuera ésta su oportunidad?

Cuando por fin llegó a la playa, que estaba totalmente desierta, sabía perfectamente lo que quería, y estaba decidida a intentarlo. Mientras se puso de pie, miró hacia el mar, el coloso descansando sobre un costado como un bebé durmiendo arrullado por las calmas aguas. Por entre los escollos vio un bote sin luces con unas figuras blancas y alguien vestido de negro pero no le dio importancia. Tenía mucho frío. Miró hacia el pueblo. La primera casa tenía luz. Corrió hacia ella y golpeó la puerta.

-¡Oh! – exclamó una viejita con bastón al abrir.
-No se asuste, signora, aiuto, per favore, aiuto –pidió empapada.
-Certo, tesoro, vieni, entra, entra…

Leticia tuvo suerte, dio con esta mujer que vivía sola y que apenas se había enterado de lo que pasaba por mirar a través de su ventana. Enseguida le ofreció reparo. La casa era pequeña, se entraba directamente a la cocina. Una alfombra un tanto raída intentaba cubrir el frío del piso cerámico, acompañada por la calidez de la chimenea que, desde su rincón, era el punto focal no sólo de la habitación, sino de toda la casa.

-Sacate la ropa, tesoro, y envolvete en esta frazada, que la ponemos cerca del fuego y se seca enseguida –invitó Angela con actitud maternal y protectora. Justo lo que Leticia necesitaba. Pensar que había ido a estudiar italiano para poder comprender las canciones de su ídola, Ornella Vanoni. ¡Quién hubiera dicho que iba a necesitar ese idioma en esta circunstancia!

Mientras tanto, cuando todavía había mas de 500 personas a bordo, entre ellas niños, ancianos, discapacitados, el Capitán/ niño estaba en el cuarto de un hotel, jugando con sus amiguitos en su computadora e inventándose excusas.

Fue con el fuego, el té caliente y los bizcochos recién horneados que Leticia se abrió hacia la viejita y le contó sus trágicas desventuras con Roberto.

-Lo del naufragio es una pavada comparado con lo que vivís normalmente con ese energúmeno de tu marido.
-Sí, por eso pensé en no presentarme en el puerto y desaparecer. Yo tengo una amiga, una ex compañera de estudios que volví a encontrar hace un tiempo por facebook, por la computadora, ¿vio?
-Sí, querida, soy vieja y no tengo computadora, pero sé lo que es facebook –rió.
-Bueno, ella vive acá en Italia, pero no tengo idea si es cerca de aquí.
-Esto es Agrópoli. ¿Dónde vive ella?
-En un pueblo que se llama Lioni.
-Ah, ¡sí! –saltó la viejita-. Conozco Lioni, no es lejos, serán unos setenta kilómetros.
-¿En serio? –se animó Leticia-. ¿Tiene una guía telefónica?
-Sí, claro, hija, tomá.

Leticia habló con su amiga Marina que sin preguntar nada, le dijo que ya salía a buscarla. Leticia le pidió que guardara el secreto, que ya le explicaría y ella aceptó de buen gusto.

-Aunque en una hora tu amiga estará aquí, quiero decirte que serías bienvenida a quedarte cuanto quisieras.
-Gracias, gracias, no sé como agradecerle.
-Dejá de agradecerme, querida. Yo creo que nada en la vida es casual y si te está sucediendo esto, por algo será. Y yo pienso que es porque Dios te quiere ver libre y feliz.
-Ojalá –dijo Leticia entre sollozos.

La despedida fue cálida, en ese par de horas la viejita se había convertido en una especie de abuela contenedora, sabia, incondicional. Leticia prometió seguir en contacto.

Marina no había venido sola, sino con su marido Miguel. En el viaje hacia Lioni, Leticia les contó todo acerca de Roberto. Marina no lo podía creer.

-Yo te imaginaba completamente feliz, por lo que hablamos por Face, por las fotos, los paseos. Parecían la pareja perfecta.
-Lo sé –suspiró Leticia- tantos piensan lo mismo-. A propósito, desde la casa de ustedes, ¿puedo llamar a mi mamá para tranquilizarla?
-¡Pero claro!
-Recién caigo en la cuenta de que no tengo nada, nada de nada, ni documentos, ni dinero, ni el celular que salió volando cuando la nave se empezó a inclinar –se largó a llorar.

Y lloró, lloró y siguió llorando mientras llegaban al pueblito de montaña y Miguel se fue a dormir para dejar a las amigas solas. Marina la consoló, le preparó un baño caliente y le dio su mejor pijama mientras le preparaba algo de comer. Cuando estuvo más calmada, Marina llamó a su madre, que estaba desesperada mirando las noticias e intentando en vano comunicarse a los celulares. Fue un momento muy difícil, estuvieron más de una hora al teléfono, pero Marina finalmente le abrió su corazón. Su madre quedó shockeada, de pensar en el naufragio y de enterarse que el yerno que ella creía tener no existía y que su hija había sufrido tanto en sus manos.

-Chiquita mía –concluyó entre sollozos-. En cuanto pueda voy para allá. ¿Qué pensás hacer?
-No tengo idea todavía, pero por ahora estoy aquí, me siento segura.
-Cuidate por favor, contá conmigo, por supuesto. Si llamá Roberto, ya sé qué decirle. Vos no te preocupes que yo me hago la sufrida desesperada.
-Sí, mami, ojo porque no es ningún tonto.
-Quedate tranquila mi amor, mañana te llamo.

Cortó y le contó a su amiga. Así que el celular de Roberto tampoco contestaba. ¿Dónde estaría? No que lo extrañara, claro, sino más bien el saber que estaba en algún lugar desconocido, la ponía nerviosa.

-Acá podés estar segura por todo el tiempo que necesites -la tranquilizó Marina-. Y el energúmeno no te encontraría nunca. Mañana será otro día.
-Gracias, amiga, estoy destrozada.
-Es lógico, por eso, descansá, dormí y mañana hablamos.

Mónica Gómez

Continua con Mar Turquesa – capitulo 6

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