Borracho ~ Mónica Gómez

Este es un cuento que toca un tema muy sensible, como lo es el alcoholismo y la autora lo hace entrelazando la vida de dos personas, Cristina y Marcelo

Borracho

La botella vacía y barata rodó por la vereda estallando al caer sobre los adoquines del callejón. El hombre ni se dio cuenta del estruendo que provocó al hacerse añicos. Tan borracho estaba que quedó extendido con sus gastados jeans en el pavimento frío, la cabeza recostada sobre unas bolsas de inmundicia. En efecto, ese callejón era un basural que algunos borrachos utilizaban como lugar donde dormir sus monas.

-¿Qué haces aquí, quién eres? –lo había encarado hostilmente uno de ellos cuando llegó.
-Me llamo Marcelo –tambaleó desafiante-. ¿Y a ti que te pasa, eres el dueño acaso? –agregó mientras balanceaba la botella ya casi vacía.
-Dejalo, hombre, ¿qué te jode? –acotó otro apenas despertando de su sopor.

A pocas cuadras de allí, Cristina comenzaba su sesión de grupo de los miércoles, la de las 19 horas, con los jóvenes de la Comunidad “Segunda Chance”, nombre más que propicio para dar una esperanza de ayuda a estas personas.

-Bueno, gente, ¿cómo estuvo la semana? –arrancó la licenciada-. ¿Alguien necesita empezar comentando algo?
-Sí –respondió Andrés mordiéndose el labio inferior-. Yo estuve muy angustiado. Debo reconocerlo, aunque me duela –bajó la cabeza e hizo una pausa-, hay momentos en que no me importa nada y lo único que quisiera es volver a tomar –se largó a llorar.
Cristina miró alrededor, eso significaba que quien quería participar podía hacerlo.
-A mí me pasó lo mismo los primeros meses –lo consoló Daniela.
-Tienes que aguantar, hermano –afirmó Oscar con un puño levantado en señal de fuerza.
-Es lógico que surjan estos sentimientos –afirmó la psicóloga-. Como ya sabemos, el alcohol es el instrumento que usábamos para tapar todas las situaciones y emociones de nuestra vida que nos molestaban y todo eso queda ahora a la intemperie. Lo importante es poder expresarlo como hizo Andrés –agregó mirándolo-, gracias por compartirlo.

El muchacho se limpió la nariz y la comisura izquierda de sus labios hizo una leve mueca hacia arriba.

Marcelo dormía, tirado en el callejón. Soñaba. O quizás alguna parte suya estaba despierta y simplemente añoraba la vida que había perdido. Nacido en una familia pudiente y unida, ni él ni sus dos hermanos sufrieron ningún tipo de privaciones. Los mejores colegios, espléndidas vacaciones; todo lo que el dinero pudiera comprar, lo tenían. De hecho, su título profesional lo obtuvo en una de las mejores universidades del país. El día de su graduación fue glorioso, con su familia en pleno y Ana, que lo miraba emocionada con admiración. Nunca olvidaría esa sonrisa. Ana, su amor, su vida, su novia de seis años que luego se convirtió en su esposa. Podrían haber tirado la casa por la ventana pero eligieron una ceremonia simple, íntima y una luna de miel en Bora Bora. La felicidad total sobrevino cuando Ana quedó embarazada pero desgraciadamente, aún los hospitales más costosos no pueden comprar la vida y la muchacha falleció de una hemorragia en un parto complicado mientras daba a luz un bebé muerto. Marcelo quedó destrozado y nunca más fue el mismo.

Continúa aquí con el desenlace de este relato: Borracho II

Mónica Gómez

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