Sorpresa ~ Mónica Gómez

Mónica Gómez nos presenta un relato basado en una historia real y cotidiana, donde reina la mentira y el engaño. Ni más ni menos que un muestro de las bajas emociones humanas. Sin embargo, un gota de suspenso nos dejará amarrados. ¿Podrá descubrirse la verdad?

Imagen de Amanda Moore

SORPRESA

En los difíciles años setenta de la Argentina, Alberto se trasladó a Madrid con su esposa y sus dos hijitos donde estableció una empresa de servicios turísticos y amasó una considerable fortuna. Sus hijos, Pablo y Luis, siguieron sus pasos en el mismo negocio familiar.

Pablo fue el primero en casarse. Graciela era la hija del socio de Alberto, así que se conocían desde chicos. Siendo que Alberto y su familia estaban solos en Madrid, la relación con su socio era muy estrecha y los chicos se consideraban como primos pero no lo eran - y Graciela estuvo siempre perdidamente enamorada en secreto de Pablo, con lo cual no fue nada difícil para él conquistarla cuando ambos dejaron de jugar al papá y a la mamá. Estuvieron de novios un par de años y Pablo la amaba, sí, pero a su manera: era un seductor y le gustaban todas las mujeres. Así es que siempre se las rebuscó para tener alguna escapada por ahí, cosa que no dejó de suceder cuando se casaron ni cuando nacieron los mellizos Fernando y Francisco, ya que obviamente Graciela estaba más ocupada que nunca. Esto no significaba que Pablo no estuviera presente, al contrario, lo estaba siempre, y en sus aventuras era extremadamente cuidadoso de no dañar a su familia. Para él eran dos cosas distintas: una era su esposa, el amor de su vida, y sus hijos, a quienes amaba por sobre todo. Otra cosa eran las mujeres, que le despertaban esa pasión irrefrenable que él consideraba normal en cualquier hombre.

-Eso sí, prohibido enamorarse, ni siquiera besos en la boca –bromeaba divertido cuando se vanagloriaba de sus conquistas delante de sus amigos.

La empresa estaba creciendo y era momento de expandirse. Como tenían un cliente muy importante en Londres, se hizo casi imprescindible abrir una sucursal allí. El más adecuado para llevarla adelante era Pablo pues Alberto estaba ya más cerca de retirarse y Luis tenía contacto muy directo con los clientes de Madrid. Claro que los mellizos estaban comenzando la escuela y podía resultar traumático extirparlos de su ambiente y trasladarlos a una cultura tan diversa. Por lo tanto, se decidió en consejo familiar que Graciela y los chicos seguirían viviendo en Madrid mientras Pablo trabajaría en Londres durante la semana y podía volver a casa los fines de semana. En definitiva, era sólo un par de horas de avión. Era la mejor solución para todos.

Así fue que Pablo se instaló en Londres, en un pequeño departamento en la zona de Knightsbridge, cerca de la estación de subte que lo llevaba todos los días a la nueva oficina.
Cecilia Gutiérrez era la gerente general de la empresa que se había convertido en ese cliente tan importante por el cual se abrió la sucursal de Londres así que Pablo trató con ella desde el comienzo. Ya se conocían a través de mails, chats y llamadas pero al encontrarse, frente a frente, una chispa brotó entre ellos, una especie de amor a primera vista. Española de nacimiento y crianza, Cecilia se había casado con un inglés que la había llevado a Londres y también tenía dos hijos, pero el matrimonio no había funcionado y el marido la abandonó por una mujer más joven, dejándola con el corazón hecho pedazos. Pablo quiso conquistarla de inmediato y aprovechando que nunca habían hablado de cosas personales, le mintió diciendo que era separado.
Al inicio viajaba todos los fines de semana con la excusa que extrañaba mucho a sus hijos – eso le decía a Cecilia. La relación con Graciela marchaba muy bien porque él mismo le decía que la distancia durante la semana le daba pimienta al matrimonio.

-Papá, ¿cuándo vamos a ir a ver tu casa en Londres? – preguntó un día Francisco mientras comían.
-Creo que nunca en realidad. Bueno, quizás cuando sean más grandes. Igual, no les gustaría, es un departamentito más chiquito que tu cuarto, así que no se pierden nada. ¿No te parece más lindo cuando vamos de vacaciones a Marbella y podemos ir a la playa?
-¡Sí! –gritó Fernando-. Papi, ¿hay mar en Londres?
-No, para nada, encima está siempre nublado y llueve.
-Uf, ¡que feo! –¿vos querés ir, Francisco?- preguntó a su hermano.
-No, la verdad que ahora no...

Así todos rieron y Pablo evitaba llevar la familia a su lugar secreto. Una vez Graciela le dijo que había organizado con sus padres que se quedaran con los chicos, que ella quería viajar a pasar un fin de semana con él, los dos solos, que tanta falta les hacía. Pablo se mostró encantado y cuando la fue a buscar al aeropuerto le dijo que quería sorprenderla y la llevó directamente a Hatfield, un pueblito delicioso en la campiña, al norte de Londres, argumentando que la gran ciudad no era lugar donde vivir un fin de semana apasionado. No pudo evitar que Graciela quisiera dar una recorrida por la zona del South Bank, a orillas del Támesis, cruzar el Puente de Westminster apreciando las Casas del Parlamento o disfrutar de la espectacular vista desde la rueda gigante llamada London Eye, pero al menos podía controlar los horarios, no fuera ser cosa que se cruzara con Cecilia y sus hijos.

Cecilia por su lado comprendía que Pablo no la llevara a Madrid a conocer a sus hijos ya que – pobrecitos – todavía sufrían las consecuencias del divorcio y no estaban preparados para conocer a la novia de papá. Para los hijos de Cecilia, en cambio, Pablo era el novio oficial de mamá y tenían una relación excelente.

Y así pasaron cuatro años en los cuales Pablo convivía alegremente con ambas mujeres. Los únicos cómplices que conocían la verdad eran su padre y su hermano que en algunos viajes por negocios, la habían conocido, lo cual servía para que Cecilia se creyera más parte de la familia.

Graciela no sospechaba nada al inicio ya que su marido era atento y pasional con ella en los fines de semana. Cecilia tampoco imaginaba la verdad. El amor que Pablo le dispensaba, las noches en vela en que él le juraba un amor que jamás había sentido, no le dejaban lugar a dudas.
-Pondría las manos en el fuego por él –solía decir a alguna amiga que se permitía alguna duda sobre este hombre que escapaba a Madrid los fines de semana– sé que me ama profundamente, por eso estoy tranquila, sólo va a ver a sus hijos.

Quizás la situación podría haber seguido por mucho tiempo más, pero al final los hombres no son tan inteligentes como creen, o quizás las mujeres los superan. La primera sospecha que tuvo Graciela surgió cuando por segunda vez, su hermana viajó a Londres y Pablo se apuró a decir que esa semana estaría en Manchester visitando un potencial cliente. También había sucedido cuando una pareja amiga visitaba Londres. ¿Acaso Pablo estaba evitando que vieran algo? La espina de la desconfianza se había instalado en su corazón de esposa y por lo tanto, decidió ir en persona a ver qué estaba sucediendo.

Continúa aquí con la segunda parte: Sorpresa II

Mónica Gómez

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