La amiga olvidada ~ Mónica Gómez

Hoy Mónica nos presenta este cuento corto que retrata un momento en la vida de una persona, adornado con una descripción particular de dos objetos con los que el protagonista se encuentra entrelazado.

La amiga olvidada

Enfrascado en su lectura, como solía encontrarlo la mañana, el aullido lo sobresaltó. Sí. Aullaban. Así percibía el sonido bruto de esas malditas escopetas. Quizás el chillido fuera la anticipación de la suerte que corrían esas pobres criaturas. No que fueran simpáticos los jabalíes, pero tampoco merecían morir en su propio habitat sólo por la codicia de su carne.

Hacía 5 años que Joaquín vivía en este rincón de naturaleza pura a cuatro kilómetros del casco del pueblo y estaba adaptándose a las costumbres lugareñas, como la de la caza. Era un privilegio poder disfrutar de las diferentes caras de las montañas que rodeaban su pequeño hogar y del paso de las estaciones que teñían de variados tonos las laderas, los olivos y hasta el cemento del camino. Sin embargo, había que soportar el período de los escopetazos. Ese día en particular, le molestó más que nunca. Hasta que la vió, e inmediatamente se preguntó cómo no lo había pensado antes. Su querida guitarra, dormida por falta de voluntad y por evadir recuerdos, ese instrumento que le había procurado tantas satisfacciones y horas de dicha, ahora parecía despertar. En su cabeza comenzó a jugar con asociar ambos objetos y sus pensamientos fueron discurriendo entre uno y otro.

Tanto la escopeta como la guitarra toman vida bajo manos humanas, pensó. Con poca diferencia de longitud, la línea delgada del arma contrasta con las curvas gráciles del instrumento. Una escupe muerte, la otra exhala vida. Aún en contra de las armas, debía reconocer que la escopeta también sirve para defenderse de algún peligro, así como él usó tantas veces su guitarra para resguardarse en momentos duros y oscuros.

Se levantó de su sillón, pasó las palmas de sus manos por el jean como limpiándolas y la tomó con cuidado. La acarició, la acercó a su rostro y cerró los ojos, entreabriendo la boca en un atisbo de sonrisa. Luego se sentó y comenzó a rasgar sus cuerdas, dejándose llevar. Afuera las escopetas seguían aturdiendo el paisaje campestre pero Joaquín ya no las oía. Sintió la vibración interna de saber que él era dueño de elegir lo que quisiera percibir, y comprendió que era libre. Porque mientras en el aire se fundían los estruendos de las armas con la dulce melodía que fluía de sus propias manos, él sólo prestó sus oídos a la estampida de notas que lo envolvieron en un ensueño.

Mónica Gómez

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