Un helado II ~ Mónica Gómez

¿Qué le habrá pasado a Nelly con su helado? Mónica nos invita a descubrirlo en este final lleno de fantasía. ¿O será real?

Si no leíste la primera parte, ve primero a: Un helado I

UN HELADO - II

Nelly sintió vergüenza, era una calle muy ajetreada y ella iba a los saltitos con el brazo estirado a merced de un helado, como el amo que sigue el ritmo de su perro, en vez de ser el contrario. ¿Qué iba a decir la gente? Pero nadie se mosqueó.
-¿Dónde me llevás?
-Acá nomás, Nelly, al parque.

Los transeúntes seguían sin sorprenderse. Cada uno estaba demasiado ocupado en sí mismo como para notar a este helado que llevaba a una anciana a cuestas.

-Uf –dijo cansada cuando llegaron-. ¿Podemos sentarnos?
-Sí, aunque será por pocos minutos –contestó el helado.

En cuanto se sentó en un banco, apareció una paloma que con su pico comenzó a sorber el helado que seguía pegado en la mano estirada de Nelly. Y dos, y cuatro, hasta que un grupo de palomas agitaban sus alas blancas grisáceas intentando obtener una pizca de crema helada.
-Despacio, despacio, que hay para todas –gritaba el helado.

De repente, sucedió lo esperado. Con todas las palomas volando pegadas al helado, que seguía pegado a la mano de Nelly, sus nalgas se separaron de la piedra del asiento y comenzó a elevarse. ¡Qué bien olía el aire en las alturas! ¿O era el aroma de las flores de los árboles? Cuando superó las copas enramadas, el cuerpo de Nelly pasó a una posición horizontal, su brazo estirado con decenas de palomas que se agitaban sobre el helado y su pollera florida flameando sobre sus piernas.

-¿Volaste alguna vez? –le preguntó el helado por encima del chirrido de palomas.
-No.
-Bienvenida a tu bautismo de vuelo.

Una vez que sobrevolaron el parque, la calesita con su música latosa y gastada y el arenero color maíz con los niños jugando con sus palitas, pasaron por encima de los edificios que rodeaban la plaza.

-¡Ah, ansiada libertad! –los saludó un cardenal enjaulado en un balcón, agitando su copete rojizo.
-Te prometo que un día vengo con la brigada de salvación y te sacamos de ahí –lo conformó el helado. El cardenal cantó agradecido.

Mientras tanto las palomas se habían terminado el helado de banana.
-El dulce de leche te lo dejamos –le dijo una –nos cae mal a la panza.
Con menos palomas, Nelly comenzó a bajar y las últimas tres la depositaron con mucha suavidad sobre el banco de piedra una vez más. El helado de banana con sus ojos amarillo patito había desaparecido.

-¿Dónde fue, Nelly? –preguntó el heladero.
-Al parque, querido –contestó mientras terminaba de comerse el cucurucho con restos de dulce de leche granizado. Se levantó, se lavó las manos y tomo un chorrito de agua-. Chau, chicos, no sé si vengo mañana.
-¡Cómo no, doña Nelly, venga que nosotros siempre la esperamos! –dijo el heladero que no quería perder su clienta fija.
-Bueno, bueno, hasta mañana –contestó mientras salía hacia la calle. Y con un murmullo agregó: “sí, tengo que darle de comer a las palomas”.

Mónica Gómez

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