Diferencias III ~ Mónica Gómez

‘El casado, casa quiere’, decían las abuelas. Y en esta situación, la convivencia no fue fácil, aunque eso no fue nada respecto al giro inesperado que tomó la vida de estos jóvenes.
Si no leíste la primera y segunda parte, comienza aquí: Diferencias I

Diferencias III

Estaban juntando plata para alquilarse aunque fuera una piecita y entonces el regalo de Cristian fue un colchón de dos plazas que tiraron en el suelo, en el lugar de la camita que venían usando. Con el flamante colchón, Jazmín se sintió mil veces mejor que en aquella suite del Hotel Ville de Paris donde pasaba vacaciones con su familia.

Se casaron en la capillita del barrio, él con su único traje, ella con un vestido color durazno de Pierre Cardin que había usado en el casamiento de su mejor amiga, que se había ido a vivir a Canadá y la apoyaba a la distancia. Inocentemente, Jazmín seguía usando su ropa – era la única que tenía – sin darse cuenta el contraste que provocaba. Por eso a pesar del puñado de invitados, la iglesia se llenó de curiosos.

Como luna de miel, Jazmín acompañó a su marido a trabajar en la carnicería. Decidieron que él trabajara esos días de licencia, así podían alquilarse su nidito. ¿Era un juego para ella? No, era un amor inigualable, un volcán que sentía dentro suyo, que la empujaba a poner a su marido ante todo.
Nada importaba. No extrañaba su casa ni su vida anterior. Sí extrañaba un poco a su papá porque siempre habían tenido un vínculo muy especial. Pero su gran defecto era que nunca contradecía a su esposa. No se animaba. Tantas veces Jazmín le criticaba esa debilidad de carácter y don Aníbal no sabía contestar. Un día se apareció en la carnicería.

-Sólo necesitaba verte –dijo firmemente a su hija- y saber que estás bien.
-Sí, papá, estamos muy bien.
-Supe que se casaron –expresó con un dejo de tristeza.
-Así es, –se acercó a Cristian y le tomó fuertemente el brazo- te presento a mi esposo –agregó en tono desafiante.
-¿Necesitan...?
-No, papá, no necesitamos nada –lo interrumpió.
-Ok, ok, me alegro que estén felices.

Y con eso se marchó.

La convivencia en lo de los Suárez, no era de lo mejor. Si la raza humana consistiera sólo de hombres, quizás eso ayudaría, pero las mujeres no somos fáciles. Laura estudiaba y trabajaba. Así y todo, ayudaba a su mamá en las tareas de la casa. Jazmín no tocaba ni un plato. Era normal que Blanca estuviese barriendo el patio, controlando los churrascos en la plancha mientras Laura preparaba la ensalada y ponía la mesa. ¿Y Jazmín? Hacía cuarenta minutos que estaba encerrada en el baño masajeándose con una o varias de sus tantas cremas. Ella podía vivir sin el lujo que conocía, pero le faltaba comprender que ésa no era su casa. Algo tan simple como compartir el baño o levantar la mesa, no entraban dentro de su forma de ser. Obviamente venía con una crianza de niña mimada. Jamás tuvo que hacer nada porque había personas que lo hacían por ella. En ese aspecto era muy infantil porque seguía pensando que todos debían estarle encima. De hecho, Blanca le lavaba hasta las bombachas y Laura planchaba. Realmente lo hacían con amor y comprensión porque eran felices con la felicidad de Cristian. Pero un día Jazmín osó quejarse.

-¡¿Quién planchó esto?! –gritó furibunda agitando una camisa.
-¿Qué decís? –preguntó Blanca, espantada por la furia.
-Ante todo bajá el tonito, nena –replicó Laura.

Eso desencadenó una pelea tan violenta que terminó con que Jazmín quiso irse de allí. Estaba sacada, jamás la habían visto así. Mientras seguía gritándose con Blanca, Cristian lloraba con su hermana en el patio.

-Está bien, Cris, tenés que seguir a tu esposa. Es así.
-Me duele mucho todo esto.
-Sí, a mí también...

Por un tiempo, la pareja durmió en casas de amigos de Cristian, hasta que pudieron alquilar un departamentito de un ambiente donde instalaron su única posesión: el colchón. Ambos cortaron con sus familias. En el campo sufrían, en lo de los Suárez también, pero cada uno en su rincón.

A los pocos meses se casó Laura. Horacio era su amor de la adolescencia, ese amor puro e ingenuo que surgió en las calles del barrio y creció hasta transformarse en un compromiso de por vida. Ni más ni menos que una historia de amor cotidiana, como tantas, aunque no por eso menos mágica.
Claro que el evento estuvo teñido por la ausencia de Cristian. Él lo supo. En el barrio se sabía todo y la carnicería donde trabajaban era punto crucial de chusmerío. Jazmín le dijo si quería ir ya que era su hermana y estaba en todo su derecho pero él contestó que se sentía todavía muy herido y prefería no verlos.

Cada uno siguió con su vida. Blanca sufría en silencio porque no quería poner mal a su marido y su hija y prefería resignarse y callar. Cuando llegó esa navidad hacía ocho meses que no veía a su hijo y pasó el día con mucha tristeza.

Era un rato antes de la cena cuando escucharon el timbre. Como siempre, estaban reunidos en el patio con Laura y Horacio.
-¿Esperan a alguien? –preguntó Laura.
-Para nada –contestó Blanca-. Debe ser algún vecino para saludar –agregó mientras iba a la puerta-.

¡Era Cristian! Se abrazaron, lloraron, hablaron, quisieron aclarar y componer pero no se imaginaban lo que se venía. Cristian les contó que tenía un tumor en el intestino y debía operarse. Fue un baldazo de agua fría. Él se mostraba confiado y positivo. Los médicos decían que lo habían agarrado a tiempo.

-Hijo, estamos con vos. Dios nos va a ayudar –lo abrazó su padre llorando.
-Yo lo que les quiero pedir es que por favor, dejen de lado los rencores y acepten a Jazmín. Está al lado mío el cien por cien y la necesito a ella tanto como a ustedes.
-Pero por supuesto, Cris, por supuesto –respondió Blanca angustiada.

Continúa aquí con la cuarta y última parte: Diferencias IV

Mónica Gómez

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