Molinos II ~ Mónica Gómez

Un simple viajecito de fin de semana, ¿puede cambiar la vida de una persona repentinamente? Lo veremos en esta segunda parte.

Si no leíste la primera parte, comienza aquí: Molinos I

Molinos II

Al día siguiente, Mykonos fue la apoteosis. Caminaron por la costa buscando los famosos molinos hasta que ésta desapareció y debieron internarse en medio de un mundo de gente en una calle angosta y muy blanca que las fue llevando entre negocios y bares hasta una pequeñísima iglesia ortodoxa. Era como una galería de arte al aire libre. Los turistas mezclados con los locales formaban una ensalada de colores y acentos que rebotaban contra las paredes de estas intrincadas callejuelas que de tan estrechas parecían los corredores de una gran casa. De repente, la calle se ensanchó y reapareció la costa.

-¡Miren! –gritó Graziella señalando a la izquierda.

Como en un libro troquelado donde al abrir, saltan las figuras, se levantaban allí los cinco molinos. Se acercaron, pasearon entre ellos, jugaron sacándose fotos. Pero Giovanna tenía una expresión extraña.

-¿Estás bien?
-Sí, sí muy bien – las tranquilizó-. Es que esto es una maravilla. Miren allá.

Desde la loma donde despuntaban los molinos, se veía lo que dan en llamar “La pequeña Venecia”, un pequeño sector de la costa con casas que dan directamente sobre el mar, como en la Venecia italiana, una vista muy famosa en postales y almanaques que aquí se desplegaba delante de sus ojos.

-¿Quién vivirá allí? –atinó a decir Giovanna con tono pensativo.
-¿Vamos a tomar algo? –invitó Carlotta.
-Primero quiero visitar la iglesia ésa, ¿me acompañan? –dijo Giovanna.
-Claro, vamos.

La quietud de la iglesia llevó a Giovanna a aquellos días en que rezaba junto con su abuela.
-Yo siempre le pido a Diosito que tengas una vida plena de satisfacción y paz en tu corazón –le explicaba su abuela- eso es lo más importante. Lo de afuera no hace la felicidad, es lo de adentro.

La voz de su amiga la trajo al presente y mientras buscaban un lugar donde tomar algo, pensó si realmente estaba en paz con su corazón.

Si no las hubieran echado de ese bar al aire libre al lado del mar, quizás su vida hubiera seguido el rumbo que venía marcado. Pero al rato de estar sentadas vinieron a decirles que esa mesa estaba reservada. Enojadas y con los pies cansados comenzaron la búsqueda otra vez. Estaba todo llenísimo y el sol de la tarde pegaba con fuerza. Si bien hubieran preferido un lugar en la costa, se internaron en las callecitas buscando ya cualquier tipo de lugar donde sentarse.
Ahí fue cuando Giovanna vio el pequeño cartel pintado a mano. Bastó con leer “BAR” para que las tres muchachas entraran y subieran la escalera angosta y oscura donde las esperaba la gran sorpresa en el piso superior: un salón acogedor con un balcón que daba al mar. Como por impulso corrieron a mirar el paisaje y era tanta la belleza que pasaron unos minutos antes que se dieran cuenta que estaban dentro de la pequeña Venecia. A la izquierda se erigían los cinco molinos y resultó que este barcito daba directamente sobre el mar. ¡Estaban en medio de la postal! Se sentaron en un sillón pegado al ventanal y pidieron unos sanguches con gaseosa a una simpática chica que las atendió con mucha calidez. Giovanna estaba como en un trance cuando se les acercó un muchacho morocho buenmocísimo que hablaba un perfecto italiano.
-Bello aquí, ¿verdad? –las desarmó con su sonrisa, sin esperar respuesta- veo que son italianas, ¿de dónde?
Con esa fórmula tan usada en todas las situaciones turísticas, comenzó una conversación mechada por la agradable moza que traía los sanguches.
-Ésta es mi esposa Atena.

El buen mozo resultó ser el hijo de los dueños del lugar y había estado varias veces en Italia, donde se enamoró de su lengua ‘traviesa y cantora’ como la definía. Les contó cómo sus abuelos compraron esa propiedad de tres pisos cuando no valía nada justamente por estar tan cerca del mar. Pero después estalló el boom turístico y hoy en día – reconocía – era un rincón del mundo privilegiado que costaba mucho mantener y por eso sus padres habían abierto el bar que él ahora llevaba adelante y estaba agregando cuartos para turistas en el piso superior. Giovanna lo escuchaba, sí, pero apenas podía con su corazón, un palpitar exagerado que parecía sacudirle todo el cuerpo, mientras sus ojos no dejaban de mirar el paisaje. De un lado, el sol estaba poniéndose sobre el mar, apagando su fuego en la espesura transparente que cambiaba de color hasta llegar del otro lado donde la luna asomaba por sobre los molinos. El atardecer no podía haber sido más perfecto. Giovanna estaba admirada de cómo todo la había llevado a ese lugar. ¿Cómo sería vivir ahí? – se preguntó tratando de imaginar atardeceres cotidianos mirando el mar ahora naranja de reflejos solares.

-Vamos, chicas –dijo Graziella mirando el reloj.- Quiero hacer algunas compritas.
-Sí, vamos –acotó Carlotta.
-Bueno, vayan ustedes, yo no tengo intenciones de comprar nada así que prefiero quedarme aquí un rato más.
-Ok, después te pasamos a buscar.
-No, no, mejor nos encontramos directamente en la nave –se apuró a decir Giovanna.
-¿Estás segura?
-Sí, sí, necesito seguir disfrutando de este paisaje.
-Como quieras... nos vemos más tarde.

Salió al balcón y se sentó. Los últimos flashes de recuerdo del sol fueron dejando lugar a las luces de los boliches que se agolpaban sobre la costa, debajo de los molinos.
Pavlov se le acercó.
-Ah, los atardeceres aquí son como un regalo de Dios, así los veo yo.
-Me imagino.
-Así que vivís en Roma...
-¿Cómo? –dijo sobresaltada al escuchar el nombre de su ciudad, como si un vendaval la hubiera embestido.
-Digo qué suerte vivir en Roma.
-No, no, Roma puede ser una verdadera trampa con su caos y su desorden.¡Qué suerte vivir acá!
-Sí, es verdad, para mí es lo común, lo de todos los días, el lugar donde nací y crecí. Pero es cierto que tiene una magia muy especial. Es como si tuviera un magnetismo que atrae... perdón –se excusó mirando a su esposa- tengo que ir a atender.

¡Eso! Eso era, Giovanna sentía como un imán que venía directo desde el agua y la tierra bajo sus pies y le impedía despegarse. Era como si la isla misma la estuviera invitando a quedarse. ¿Quedarse? Al día siguiente la esperaba el trabajo, su carrera, el casamiento con Marco, esa vida perfecta que de repente le provocó náuseas. ¿Qué le estaba pasando? Llevó la vista al agua, los molinos, la incipiente luna, buscando inútilmente respuestas mientras su cabeza y su corazón funcionaban a mil.

Continúa aquí con la última parte en: Molinos III

Mónica Gómez

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