¡Al fin! Segunda parte ~ Mónica Gómez

¿Hacemos lo que se espera de nosotros o lo que nos dicta el corazón? ¿Tenemos opciones? A través del desarrollo de esta segunda parte del relato, Mónica Gómez intentará darnos una respuesta, y tal vez una idea de cuál será el final de la próxima semana.

Si no has leído la primera parte de este fabuloso relato, click aquí para leer ¡Al fin! Primera Parte

¡Al fin! Segunda Parte

Los amantes continuaron su vida clandestina. A decir verdad, en un principio ambos pensaron que se les pasaría pronto. O quizás lo desearon. Sabe Dios cuantas noches Leo pidió en sus rezos que por favor le quitaran ese maldito cosquilleo, esas inquietas y profundas sensaciones y que lo hicieran enamorarse de ese modo de su futura esposa. Pero no se puede controlar el amor, no se le puede indicar al corazón qué sentir y a quien amar. De todos modos, Leo quería intentarlo, quería sacarse ese endemoniado amor de adentro. Un buen día, cuando acababan de hacer el amor detrás de una barraca abandonada – cosa que con su novia todavía no hacía, ya que tenía que llegar virgen al matrimonio – Leo tomó el toro por las astas.

-¡Basta! –exclamó entre lágrimas-. No podemos seguir así. Ya sabés que estoy comprometido y que no podría lastimar a mis padres. Sabés cuánto los amo y esto les causaría tanto dolor que-
-Shhh –lo calló poniéndole con ternura el dedo sobre los labios. Escuchá bien lo que te voy a decir: Yo te entiendo, no sabés cuánto. Si yo hubiera tenido unos padres como los tuyos... –hizo una pausa –pero a mi padre ni lo conocí y mi madre, ya sabemos, se olvidó de mí, dejándome con parientes lejanos en este pueblito de mierda. No quise ofender a tu lugar, pero bueno, vos me entendés.
-Sí, sí –aceptó Leo, es un pueblo de mierda. Pero sin tu historia, yo no te hubiera conocido...
-Es cierto y por eso mismo, escucha bien lo que te voy a decir –repitió –yo te amo de verdad, desde lo más profundo de mi ser. Yo conocí el dolor y el sufrimiento y de ninguna manera voy a perderte. No me importa que te cases, porque sé que en definitiva nunca serás de ella –continuó mientras Leo le tomaba las manos con dulzura –vos pertenecés a mi corazón –agregó llevando una mano al pecho-. A mí no me importa nada. Sólo dejame que te ame.

Y Leo se dejo seguir amando porque dentro suyo no podía apagar ese fuego. También se casó, pero nunca dejó de verse con su amor, su honey, como le decía, ya que odiaba la palabra amante. Cuando se conocieron, la primera mirada había sido durante la clase de inglés. La profesora era una vieja inglesa, muy simpática y a la mano, que trataba a todos como si fuera una especie de abuela. Por eso no era raro escucharla dirigirse a los alumnos – especialmente a las chicas – con un yes, honey, algo así como un ‘sí, tesoro’. De allí habían tomado ese término para evitar el odioso ‘amantes’ que implicaba algo que no eran.

Por suerte para el hombre casado, su honey se había transferido del pueblo a la ciudad de Salerno, a unos treinta kilómetros, lo cual ayudó muchísimo a los encuentros furtivos.
Leo vivía con su esposa en la misma casa de sus padres. Su papá había ido construyendo un piso en la parte superior, con un living, una cocina y dos cómodas habitaciones. Leo lo había pensado muy bien antes de casarse y sabía que no era capaz de lastimar a sus padres como tampoco de herir a Cecilia a quien quería mucho y que en definitiva, era una buenísima chica. Hogareña, cariñosa, inteligente, trabajadora, hubiera sido la esposa ideal para cualquiera, menos para él, que tenía su corazón en otro sitio. Allí volaba en cuanto podía, a ese departamento en la ciudad, esas cuatro paredes que lo hacían totalmente feliz. Con el pasar de los años y la pasión más calmada, muchas veces ni hacían el amor. Por eso eran mucho más que amantes. Compartían charlas, reflexiones, lecturas, música. Una de sus actividades preferidas era sentarse en la cama a comer pochoclo y mirar una película. Eran una pareja, eran compañeros de vida. Pocas veces salían, no lo necesitaban. Estaban tan ávidos de verse que les parecía una pérdida de tiempo estar en un lugar público. A veces Leo se las ingeniaba para pasar la noche. Inventaba en casa cenas de trabajo en la ciudad que terminaban tan tarde que se hacía peligroso el viaje de vuelta de madrugada. Su esposa lo creía o fingía hacerlo.

Al cabo de dos años de casados, Cecilia y Leo tuvieron una hija, Daniela, que nació con un defecto congénito en el corazón llamado comunicación interventricular, que significa que la pared que separa ambos ventrículos no se forma en su totalidad, dejando un orificio.
La seriedad del problema depende del tamaño de ese orificio. En el caso de Daniela, era muy pequeño y los médicos dijeron que había que esperar que cerrara solo. Sólo necesitaría de un control anual de eco –doppler y no tendría ningún cuidado especial.

Así dicho, parece una tontería, que seguramente en términos médicos lo era, ya que el famoso ‘agujerito’ finalmente se cerró solo cuando Daniela cumplió seis años pero cuando nace un hijo, la ansiedad y el miedo superan la racionalidad. En los primeros meses Cecilia hasta necesitó terapia, que luego abandonó. Para Leo era distinto. Encontraba en el departamento de Salerno ese solaz y esa comprensión que no hallaba en casa. Además poseía esa fuerza interna que le daba la relación amorosa escondida, ese sentimiento que lamentablemente no tenía con su esposa.

-Uh, ¡Qué buen café!
-¿Cómo sabes, si ni lo probaste? –preguntó Leo.
-Siento el perfume... y me imagino que no ensuciaste nada, ¿verdad? –Leo hizo una mueca y ni contestó-. Decime, ¿como te fue con los controles de Daniela?
-Bien. Bah, ella odia todo eso, a pesar de ser una nena de ocho años que ya comprende todo, odia las visitas al hospital.
-¿Y quién no? Pero bueno, lo importante es que salga todo bien. ¿Cuándo te dan los resultados?
-En una semana. Y si Dios quiere, éste es el último control anual. A partir de ahora, ya le dan el alta.
-Bueno, tranquilo, que va a estar todo bien. Yo siempre le pido a la virgencita por ella. Mirá –agregó, señalando hacia la estatuilla de la Virgen de Lourdes, que tenía apoyada en su falda la foto de Daniela que Leo había traído después del último cumpleaños.
-Sos increíble –dijo Leo conmovido –siempre a mi lado, siempre apoyándome.
-Porque te amo.

La enfermedad de la nena no había dejado secuelas en ella, pero sí en su madre. Cecilia se había vuelto cada vez más miedosa, amargada y se comportaba con su hija y con Leo como un sargento de caballería.

Los inviernos y los veranos siguieron pasando. Los padres de Leo envejecían, Daniela crecía y se convertía en una chiquilla inquieta y alegre, todo lo contrario de su madre. Y los amantes seguían viéndose y compartiendo las vicisitudes de la vida, como cuando falleció el papá de Leo y fue su amante quien lo apoyó mil veces más que su esposa. Y era siempre así, entre ellos crecía ese amor que no por prohibido, dejaba de inundarles la vida.

A veces jugaban a imaginarse que finalmente pasarían la vejez juntos, en el mismo asilo de ancianos.
-Si así fuera –decía Leo riendo –y me agarra el Alzheimer, haceme acordar que te persiga por los jardines.
-Ah no, ni por casualidad. Mirá que yo los pañales no te los cambio.

Por fin, cuando Daniela cumplió dieciocho y partió a estudiar a la Universidad de Siena, llegó el momento decisivo para Leo y Cecilia.

Mónica Gómez

Fin de la segunda parte. Continúa aquí con el desenlace: ¡Al fin! Tercera parte


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