Un amor especial ~ Mónica Gómez

Esta vez Mónica nos propone un relato dulce, tierno y conmovente, basado en una historia real.

Un amor especial

-¡Qué hermoso día! – exclamó Marcelina levantando la persiana del enorme living-comedor-. Vamos, Martincito, vamos a pasear.

Martín se apresuró al lado de su mamá con una alegría incontenible. Distinguía esas palabras y conocía la rutina. Las patitas del mestizo color caramelo con manchas blancas resonaron en el brillante parquet. Le saltó a su dueña con emoción, sabiendo que venía el momento divertido del día y trayendo la correa entre los dientes.

Era la rutina mañanera. Marcelina se dió vuelta y casi le pareció ver a su papá Osvaldo sentado en su sillón preferido, el que está justo delante de la tele, al lado de mamá María. El amplio departamento guarda toda la historia de esta mujer de 63 años que en realidad se llama Marcela pero se ganó el apodo gracias a su gran ternura y su rostro aniñado. Aquí vivió con sus padres desde su adolescencia, mimada hija única que se hizo cargo de ellos hasta sus últimos respiros y de quienes guardaba conmoventes recuerdos en cada rincón. Aquí también había convivido con su pareja, Roberto, unos años mayor que ella, hasta que él decidió que el amor había acabado y entre ellos no había más que una dulce hermandad. Marcelina había quedado destruída pero a través de todos los vaivenes de la vida, siempre tenía a sus inseparables ‘pichichus’, como los llamaba. Recordaba siempre a Diana, la primera salchicha que sus padres le habían regalado cuando cumplió siete añosy desde entonces, siempre había compartido su vida con el reino animal canino. Tanto los amaba que empezó a estudiar veterinaria pero las situaciones de la vida la llevaron a necesitar de un trabajo y cuando la carga laboral en el banco se hizo muy pesada, dejó la carrera.

Hacía unos años con Roberto habían encontrado a Martín, perdido en una plaza. Estaban paseando a ‘la Coli’, cuando el callejero se acercó a ellos como mendigando un poco de atención, de la cual recibió tanta que se lo llevaron y lo adoptaron. A los pocos años falleció Coli y al poco tiempo desapareció Roberto. Ahora Marcelina estaba sola con Martín, su gran compañía, su hijito, su todo. Lo mismo era ella para el animal. Todo. La simbiosis entre ambos era increíble. Ella salía poco, justamente por no dejarlo solo e iba a casa de amigas donde podía llevarlo. Las vacaciones las pasaban juntos, claro, en una casita que ella poseía en una cercana ciudad balnearia.

Esa mañana el sol resplandecía después de una semana de nubarrones. Se notaba el buen tiempo en los rostros anónimos que conformaban la gran ciudad. El tráfico de la avenida inundó a ambos cuando salieron del edificio, pero estaban acostumbrados.

Antes de llegar a la esquina, Martín tuvo una reacción inédita. Se desvió con una fuerza que casi la tira para ir a oler las zapatillas de un señor que pasaba. Marcelina casi se le cae encima.

-Uy, perdón, discúlpeme...
-No se preocupe –contestó el hombre con sorpresa.
-Martín, vení acá –lo retó mientras el mestizo seguía muy interesado en el detalle de los cordones blancos.
-No se haga problema, yo también tengo perro y me debe estar sintiendo el olor.
-Pero mire que es extraño, jamás hace esto –contestó Marcelina mientras tiraba en vano de la correa.
-Debe ser muy bueno el olor que tengo –rió el hombre. De mis dos Labradores.
-Ah, me encantan los Labradores –comentó ella mientras Martín estaba ahora saltando sobre el jeans del desconocido, que se agachó para acariciarlo.
-Yo tengo madre e hija. Diana y Carla.
-¿Diana? –se emocionó-. Fue el nombre de mi primera perra. Vamos, Martín –dijo tironeando, nos tenemos que ir.
-Pero Martín parece no querer moverse –bromeó él mientras seguía acariciándolo. Fue ahí que Marcelina notó su sonrisa dulce-. Y a propósito, veo que a Ud también le gusta ponerles nombres de personas.
-Sí! Bueno, he tenido de todo... ahora sí, Martincito, dejá al señor que-
-Escuche –la interrumpió-, yo vivo acá a la vuelta y en un rato llevo las perras a la plaza Irlanda. ¿Las quiere conocer?
-Eh... no sé...
-Vos, Martín, ¿querrías hacerte amigas? –preguntó mientras le acariciaba el hocico.
El perrito emitió un ladrido que hizo reir a ambos.
-Ok –accedió ella-, nos encontramos en la plaza en un rato.

De ese encuentro surgió una amistad que derivó en una hermosa pasión. Claudio era separado también y vivía solo con sus perras. Formaron una familia alargada canina que no esperaban y fue Martín el que lo hizo posible, como si hubiera sabido que su mamá estaba triste y sola y le hubiera encontrado lo que él no podía darle: un hombe que la amara.

Al poco tiempo Martín enfermó y partío al Paraíso de los Perros pero se aseguró de no dejarla sola. Así era lo mucho que la amaba.

Mónica Gómez

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