¿El camino soleado o el túnel? ~ Mónica Gómez

No todo es como parece. Ni lo malo tan malo, ni lo bueno tan bueno. En este relato Mónica Gómez intenta abrir nuestra perspectiva a otras opciones para demostrar que las experiencias de la vida son infinitas.

¿El camino soleado o el túnel?

Iba yo lo más campante caminando por la vida, siguiendo esta senda que me llevaría a concretar mis objetivos, a experimentar, a disfrutar y vivenciar lo bueno y lo malo, como todo el mundo. Sin embargo, de repente, el camino se abrió en dos. A la izquierda, se extendía un camino de césped fresco y brillante, bordeado de flores y árboles frutales, todo bañado en un cálido sol primaveral. La escena misma parecía sonreír.

A la derecha, un camino sucio y lleno de piedras conducía a un túnel oscuro desde el cual podían escucharse los gotas de humedad que caían como cuchillos. Obviamente, no tenía que pararme a decidir por dónde ir. Mientras agradecía a mis ángeles que me hubiesen mostrado una situación tan clara, comencé a encaminarme hacia el camino soleado. Y aquí sucedió la ‘tragedia’: una fuerza inesperada me empujó violentamente hacia el camino de piedras. ¡No! – grité con todo mi ser. La fuerza se transformó en una gran figura que me tomó de la mano y se puso a caminar a mi lado. Intenté patalear y zafarme pero no pude. La figura me tenía la mano con mucha seguridad. No con violencia, simplemente con firmeza. No pude hacer otra cosa que dejarme llevar y mientras veía y sentía la alegría de quienes iban por el camino soleado, entramos al túnel.

La primera sensación fue de un frío helado que casi me cortó la respiración. Me desesperé, pero – extrañamente - la mano que me aferraba me transmitió una sensación de seguridad que me hizo relajar. En los costados del túnel había unas pequeñas aberturas, una especie de ventanitas, por las cuales seguía viendo las escenas de algarabía de quienes paseaban por el sol. “Ay, si tuviera al menos un poquito nomás de ese sol” – me dije. Y me paré en una de las aberturas a ver cómo una mujer arrancaba una manzana de un árbol y se la daba a su hijito que la mordía feliz. Desde mi encierro, toda esa luz no hacía más que lastimarme aún más. Presa de envidia y rencor, me sentía una víctima. ¿Por qué a mi? ¿Quién me estaba haciendo esto? La figura seguía tomándome de la mano y decidí que era mejor seguir adelante y no pararme a mirar cómo los demás se divertían. Empecé a sentir que era mejor aceptar este camino y una pequeña curiosidad comenzó a surgir dentro mío. ¿Adónde me llevará? La figura que me guiaba jamás me soltaba la mano. Sentí que en definitiva, quizás no me pasaría nada tan grave. Lo mejor era seguir caminando, así de paso sentía menos el frío y la humedad. Ya me estaba acostumbrando a evitar las goteras o a pasarles con la boca abierta para tomar unos tragos de ese agua que – si bien fría – sabía muy bien. De repente, por una de las aberturas entró una especie de fogonazo y sentí gritos de dolor. Me asomé y vi con angustia que la gente estaba sofocando bajo un sol tórrido que había dejado los árboles secos en pocos minutos. Comprendí que había habido una especie de golpe de calor. El verde y brillante césped era una piso amarillo desde donde la gente tirada pedía agua a gritos. La visión era desoladora. De golpe, ¡me sentí tan afortunada! Por estar en este túnel frío y húmedo, me había salvado de semejante desastre. En ese momento, tomé fuerte la mano de la figura que me guiaba y me incliné sobre el suelo congelado a dar gracias. ¡Yo estaba bien! Los gritos de ayuda empezaron a ceder... ya no tenían mas fuerzas... Lloré por esas personas que hacía un rato había envidiado y comencé a correr por el túnel a ver si podía encontrar la salida y llevarles agua.

No recuerdo cuándo fue que me solté de la mano de mi guía pero sé que – de todos modos – venía a mi lado. De repente lo divisé, de lejos, un pequeño puntito que fue creciendo hasta convertirse en un hermoso jardín florido. Por fin había dejado el túnel atrás y esta belleza natural se desplegaba ante mi. ¡Qué bendición! El tibio sol, el césped, el agua chispeante de un arroyo que nacía delante de mis pies. Algo me hizo voltearme a la izquierda y vi el camino de la tragedia. En un segundo los bordes del arroyo se llenaron de personas que cargaban baldes de agua y corrían a salvar a quien estaba todavía pidiendo ayuda. Sin pensarlo dos veces hice lo mismo. Y mientras le daba agua a aquella mujer y su niñito, me desperté.

Había sido un sueño y no había mucho que analizar. Muchas veces sucede que lo que nos resulta una aparente desgracia, termina siendo una salvación que nos hace crecer y poder –incluso – ayudar a otros.

Claro que pataleamos y nos enojamos pero si logramos relajarnos en la aceptación y reconocer que nunca estamos solos sino que hay siempre una mano que nos guía, llegaremos del otro lado fortalecidos y vibrantes de vida nueva, para gozar de una maravilla que quizás siempre estuvo ahí, pero nunca antes habíamos valorado.

FIN

Mónica Gómez

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