Brisas de traición III ~ Mónica Gómez

La policía sigue investigando el asesinato de Romney. Comenzaron los interrogatorios con una pareja que viajaba con su hijito. De la mujer tuvimos referencias en la primera parte, estaba mirando a otro hombre y aburrida con la vida del crucero. ¿Habrá tenido algo que ver con Romney?

Si no leíste la primera parte, comienza aquí: Brisas de traición I

BRISAS DE TRAICIÓN - 3a parte

El matrimonio se presentó delante de la sala que el capitán había predispuesto para los posibles interrogatorios.

-Primero querríamos hablar a solas con la señora, por favor –pidió Locey al marido.
-Sí, claro –dijo éste con una mirada extraña. Se lo veía confundido, el inspector lo notó de inmediato.

El capitán dejó entrar a la mujer con un ademán y cerró la puerta tras él.

-¿Qué quieren de mí? –comenzó ella-. ¿Es por ese mozo que murió?
-¿Cómo sabe usted que murió? –el capitán había dado orden de que la noticia no trascendiera entre el pasaje, pero sabía que era imposible evitar las habladurías.
-Bueno, es lo que se comenta por la nave. Pero yo no sé nada, lo lamento –se apuró a decir con mucha seguridad.
-Tranquila, señora –la calmó el capitán-, sólo queremos hacerle algunas preguntas –prosiguió mientras Locey depositaba el aro sobre la mesa.
-¿Este aro es suyo? –dijo levantando una ceja.
-No, no es mío.

Los hombres se miraron con un gesto que indicaba que esperaban esa respuesta.

-Ok, ¿usted y su familia hicieron ayer la excursión de la mañana por la isla, verdad?
-Sí –contestó extrañada.
-¿En el micro número 26?
-Eh... –titubeó-, no recuerdo el número pero sí, creo que era el 26.
-Señora –pronunció Locey con autoridad-, vamos a necesitar una muestra de su ADN.
-¿Por qué? –empalideció.
-Porque hemos encontrado este aro y este número en el camarote de la víctima y además, líquido vaginal sobre las sábanas –hizo una pausa-. Con el análisis del ADN podemos saber a quien pertenece.

El horror se instaló en el rostro de la mujer, transformándola.

-Está bien, está bien –exclamó sabiéndose acorralada-. Sí, es cierto, yo tuve sexo con él ayer. ¡Pero yo no lo maté! Por favor, ¡créanme!
-Sí, señora, eso ya lo sabemos.

Clara pareció respirar aliviada.

-Entonces, si ya saben que no fui yo, ¿podemos dejarlo así y que mi marido no se entere? –suplicó.
-No, no podemos –contestó Locey con firmeza-. Porque quizás su marido sepa mucho más de lo que usted cree –dijo abriendo la puerta y dejándolo entrar.
-¿Qué diablos sucede? –preguntó él.
-Su esposa tiene algo que decirle.
-No, prefiero que se lo digan ustedes –respondió ella hundiendo su cabeza avergonzada.
-Señor, ¿reconoce este aro? –comenzó el inspector.
-Sí, es del par que te regalé para tu último cumpleaños –contestó mirando a su esposa.
-Mire, voy a ser breve –dijo Locey-, hemos encontrado pruebas de que su esposa estuvo ayer en el camarote de Romney, el mozo asesinado.

El marido se mordió los labios y movió la cabeza como negando.

-¡Otra vez! –le gritó a su esposa-. Acá, te traigo de vacaciones y nada te alcanza...
-Perdoname, no sé por qué lo hago –murmuró con un hilo de voz.
-Yo sí lo sé, porque sos una reverenda hija de puta. O mejor dicho, ¡una puta insaciable! –estalló golpeando la mesa mientras ella lloraba.
-Por favor, cálmese, señor –pidió el capitán.

Locey observaba la escena. Si bien la furia y su cuerpo atlético coincidían con la motivación y el modo del asesinato, parecía que el hombre recién se desayunaba de las correrías de su mujer con el mozo. Claro que bien podía estar actuando.

Continúa aquí con la cuarta parte: Brisas de traición IV

Mónica Gómez

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