El Galpón del Terror III ~ Mónica Gómez

En este final inesperado, la autora nos lleva a la triste explicación de tanto espanto.

Si no leíste el principio, comienza aquí: El Galpón del Terror I

El Galpón del Terror III

-Entonces –preguntó el inspector mientras interrogaba a José- ¿no tienen ningún tipo de relación entre ustedes?
-No, lamentablemente él nunca lo quiso.
-Cuéntenos de su infancia –el inspector hacía referencia a la psicóloga que estaba presente en la pequeña oficina del departamento de policía y que bebía café de un vaso de plástico amarillento.
-Nuestra madre murió cuando yo tenía cuatro años y mi hermano nueve –comenzó el hombre-. La verdad, yo apenas la recuerdo vagamente. Para mí, mi madre fue nuestra madrastra pero evidentemente él sufrió más que yo. Lo vivió de otra manera.
-Ah, ¿tuvieron una madrastra? –inquirió el inspector.
-Sí, al poco tiempo mi padre volvió a casarse con una mujer un tanto excéntrica –hizo el gesto de una media sonrisa.
-¿En qué sentido excéntrica?
-Era una mujer joven y bonita, que adoraba los animales. Se mudó a nuestra casa con sus dos setters, un boxer, un beagle y seis gatos.
-Ah...
-Yo, con mis cinco años, estaba fascinado de que mi casa se llenara de golpe de gruñidos, maullidos y pelos por todas partes. O quizás se disparó en mi algún mecanismo de autoprotección –hizo una leve pausa mirando a la psicóloga-, sintiendo que a través de los animales podía ganarme el amor de mi nueva madre-. La psicóloga asintió.
-¿Su hermano cómo reaccionó?
-Muy mal, se quejaba todo el tiempo y peleaba con ella el día entero. Se estableció una relación muy hostil entre ellos.
-¿Qué pasaba con ella?
-Y... ella tampoco supo manejarlo. Supongo que su joven edad la hizo comportarse como una chiquilina. Más de una vez le servía la comida a los perros y no a mi hermano, como para hacerle un desprecio. Mi hermano la trataba muy mal, es cierto y estaba cada vez más encerrado en sí mismo. Hay una escena en particular que recuerdo muy bien –dijo pensativo.

Ambos niños acababan de llegar de la escuela. La comida estaba servida sobre la mesa de la cocina que olía a especias. Mientras José se avalanzó sobre el plato de carne con papas, su hermano lo probó y lo escupió.
-Esto es un asco, no sabés cocinar, mi madre sí que sabía, vos no servís para nada –gruñó.
Al escuchar eso, la muchacha le quitó el plato violentamente y lo repartió entre los perros que lo degustaron con mucho placer, a la vez que aullaba entre dientes dirigiéndose a los animales:
-¡Ustedes sí que merecen mi amor porque me aprecian no como este mocoso insolente y maleducado!

-Veo que su hermano sufrió una infancia difícil y malamente influenciada por los animales –acotó el inspector.
-Exacto –contestó José-. ¿Quizás sea ese triste recuerdo que lo llevó a cometer esas atrocidades en su galpón? –preguntó dirigiéndose a la psicóloga.
-Es posible –respondió ella- que todo el rechazo que sufrió por parte de su madrastra, haya marcado su inconciente en modo tal de culpar a los animales por su suerte. Dentro de su estructura mental de diez años, fueron los perros quienes invadieron su casa, reemplazaron a su mamá y le quitaban el posible amor de esa nueva madre.
-Claro, de adulto se tomó revancha con los animales –agregó el inspector.

Rex despertaba paulatinamente de la anestesia. Gustavo nunca olvidaría aquel episodio horrendo porque había sido el disparador de su pasión por la ciencia veterinaria. Rex, entredormido, le lamió la mano con su lengua torcida, todavía producto de la anestesia.
Carlitos entró sigilosamente de la mano de su papá.

-Doctor Gustavo, ¿Rex se va a poner bien? –murmuró.
-Sí, es un perro fuerte y va a salir adelante. Pero eso sí, Rex –añadió dirigiéndose al ovejero con un golpeteo suave en el hocico-, ¡a ver si dejás de perseguir autos!

Mónica Gómez

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