Salvación II ~ Mónica Gómez

Hoy presentamos la segunda y última parte de “Salvación”, un relato que nos muestra que todo sufrimiento tiene siempre otra contrapartida; un relato que hace que Mónica Gómez nuevamente vuelva a sacudir nuestro lugarcito de confort, transportándonos en las emociones de sus personajes.

Si no leíste la primera parte, comienza aquí: Salvación I

Salvación II

Cada tanto venía el Padre Peter de visita y ella, con la excusa de una confesión, aprovechó para contarle lo que estaba pasando y pedirle ayuda.

-Dejate de inventar historias, Matilde –le contestó el Padre Peter, negando la horrible realidad que la muchacha le contaba-. Es más, tenés que agradecer lo que las hermanas hacen por ustedes. Vos en particular, ya que tu familia no quiere saber más nada con vos. Si no fuera por ellas, ¿donde estarías?

Por suerte Rosa, una compañera, tenía una prima que tenía un negocio en la ciudad y decía que si escapaban, las podría ayudar. Después de cuatro años, robaron la llave de una de las puertas traseras y lograron escapar. La prima de Rosa las ayudó y Matilde terminó en un micro con destino a Liverpool donde se fabricó una vida honesta pero jamás quiso casarse o formar una familia. La experiencia del convento la había marcado para siempre.

-Ahora pasamos al Museo del Vaticano, mami. ¿Estás bien? Te noto muy pensativa.
-Oh sí, hijos, estoy fantástica –mintió con una sonrisa.

El museo fue peor, con todo ese despliegue de lujo y oro y piedras preciosas, obsequios que recibieron los Papas a través de los siglos. Cierto, no había nada lujoso en el convento, salvo las comilonas que se mandaban las monjas mientras ellas espiaban por los tubos de la ventilación. ¿Qué harían con tanta plata, para qué la acumulaban?

Con los años se enteró que el convento había cerrado. Por suerte, alguien las había denunciado, se supo que en realidad era un simple negocio porque las monjas vendían la ropa que fabricaban las chicas y compraban tierras en el exterior. La Hermana Brigita había terminado fuera de la congregación y no se sabía qué había sido de las otras. Hasta el Padre Peter había sido trasladado. La iglesia tiene ese modo de condenar a quienes no la hacen quedar bien. Así y todo, su familia jamás la buscó.

Un buen día recibió una carta de sus hijos. Resultó que los mellizos - como los bebés de otras chicas – habían sido vendidos a padres adoptivos, a quienes se les decía que sus madres los habían abandonado en la puerta del convento sin dejar rastros. Pero cuando el convento se cerró y se supo de los horrores perpetrados por las monjas, los padres adoptivos de los mellizos, comenzaron a hacer averiguaciones. Los hijos la habían rastreado a través del funcionario que mandó cerrar el convento, que guardaba los registros de quienes habían estado dentro, a sabiendas que muchas de esas mujeres tenían hijos perdidos por el mundo. Así había tenido la gran alegría de re encontrarlos!

-Mamá, la capilla sixtina!

No podía negar que era una maravilla, pero ya no daba más de tanto lujo, tratándose de una organización religiosa. Cuando vio un libro de visitas vio su oportunidad y escribió: Recorriendo toda estos objetos tan valiosos no puedo menos que pensar que con todo lo que contiene este museo podría acabarse con el hambre en el mundo. Lo firmó con nombre completo y hasta número de documento, casi tenía ganas que viniera la policía del Papa a buscarla. Volvió a reírse de sí misma.

Miró a sus hijos que estaban fascinados con el techo de pinceladas famosas de Miguel Angel. Una vez más, lagrimeó y supo que volvería a vivir todo el sufrimiento, con tal de llegar a este momento pleno de gozo. Disfrutando a sus hijos era capaz incluso de perdonar, tenía el corazón en paz. El amor de sus hijos la había salvado.

Mónica Gómez

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