¡Al fin! Tercera Parte ~ Mónica Gómez

Mónica nos vuelve a sorprender con un final totalmente inesperado, demostrando que nuestras ideas y conceptos pre-establecidos bien pueden ser dejados de lado.

Si no has leído las 2 primeras partes de este relato, ve aquí primero: ¡Al fin! Primera Parte.

¡Al fin! Tercera Parte

Leo y Cecilia se sentaron a hablar.

-Creo que entre nosotros no hay más nada –arrancó Cecilia.
-Sí, yo siento igual. Ahora que Daniela tiene su propia vida, nosotros tendríamos que hacer lo mismo.
-Estoy de acuerdo –Cecilia agachó la cabeza. Nunca son fáciles estos momentos, pero en realidad, ya tenía todo decidido-. Ya lo pensé y quería decirte que yo tengo una oportunidad de trabajo en Bologna –dijo ella con una cierta vergüenza.
-Me parece perfecto. Creo que yo también me iré de este lugar. No puedo ir tan lejos por mi mamá, pero seguramente me instalaré en Salerno.
-¿Hablamos con la nena?
-Sí, sí, por supuesto –contestó con una sonrisa. A pesar de los 18 años y la incipiente libertad, para él también seguiría siendo ‘la nena’.

Como normalmente sucede, la hija no se extrañó de saber que sus padres se divorciaran, se alegró que fuera en buenos términos y no se sorprendió en lo más mínimo. Leo empezó a buscar trabajo en Salerno. Pasó un año hasta que lo consiguió y fue entonces que decidió hablar, en primera instancia con su madre, que como toda madre, derramó algunas lagrimitas, pero lo único que quería era que su hijo fuera feliz.

Lo más difícil era hablar con la hija. Esa noche, Leo llegó antes al departamento de Salerno y se tiró sobre el sofá del living.

-¿Y, cómo te fue? ¿Qué dijo Daniela? ¡Contame, por favor, que no doy más de ansiedad!
-No lo vas a poder creer –sonrió Leo –me dijo que ya lo sabía.
-¿Cómo? ¿Qué cosa sabía?
-Todo, de nosotros. Me dijo que ya se había dado cuenta. Después del divorcio, que se fue de casa y que empezamos a vernos solos, dice que comenzó a verme distinto, más relajado, alegre, y le vinieron las sospechas.
-¡Qué increíble! ¿Ves? No son tarados los chicos. Siempre lo sostuve. Son los padres que tienen más vueltas y prejuicios. Los hijos son más simples.
-Bueno, quiere conocerte.
-¡Guau! ¿Ya?
-Así que uno de estos días te traigo a mi madre y mi hija.
-¡Y me muero de un soponcio! Avisame con tiempo así limpio bien la casa.
-Ah, esa histeria por la limpieza –contestó él riéndose –bueno, ahora andá a traerme un café.
-Ojo, ¡eh! No me des órdenes que no soy tu esposa! –rió –pero sí, te traigo un café, tesoro –agregó mientras se encaminaba a la cocina.
-Traémelo en jarrito –dijo en voz alta para asegurarse que estuviera en la otra habitación.
-Ok – se escuchó –como usted quiera, mi amo y señor.

Cuando volvió al living, casi se le caen los jarritos por la escena ante sus ojos. Leonardo estaba arrodillado, sosteniendo una cajita abierta que dejaba ver dos brillantísimas alianzas de oro blanco.

-Amor mío, alma mía –comenzó Leo mirándolo profundamente a los ojos –sos mi vida entera y te amo con todo el corazón, por eso te pregunto, Alberto querido, ¿querés casarte conmigo?

Alberto no pudo resistirlo y soltó un llanto liberador, de tantos años de amar desde la clandestinidad, de amar en secreto. Ahora podrían ser libres y amarse a la luz del día.
Cuando se enjugaron mutuamente las lágrimas, se sentaron a tomar el café ya tibio.

-¿Y dónde nos vamos a casar? –preguntó Alberto riéndose.
-Obviamente no en Italia que no existe el matrimonio gay.
-Y no existirá nunca, con el Vaticano a un paso.
-Yo pensé en Madrid.
-¿En serio? Yo te estaba cargando...
-No, no, Alberto, en serio, yo quiero que nos casemos, que seamos una familia. ¿Cuánto hace que nos amamos?
-Veinticuatro años, tres meses y... diecisiete... no, dieciocho días.
-Bueno, nuestros veinticinco años nos tienen que encontrar casados.
-Es tan maravilloso... ¡no lo puedo creer!
-Creelo, es puramente amor, honey.
-Mmm... ahora vas a poder llamarme esposo mío.
-Lo que quieras, todo lo que quieras. Pero... este café es un asco, andá a hacerme otro.
-Bueno, bueno, ok, seré tu esposo pero no la mucama ¡eh!
-Sí, amor, lo que digas –contestó acariciándolo.

Mientras Alberto iba a la cocina a calentar el café, Leo se lamió una lágrima que había caído en su sonrisa. ¡Al fin!

FIN

Mónica Gómez


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