Diferencias IV ~ Mónica Gómez

En la cuarta y última parte de este relato de amor, Mónica nos muestra un desenlace inesperado. ¿Será el amor más fuerte que las diferencias?

Si no leíste desde el principio, comienza aquí: Diferencias I

Diferencias IV

En esos días el papá de Jazmín se enteró de la situación. Pasó por la carnicería porque necesitaba saludar a su hija por Navidad y el empleado le dijo que habían ido al hospital. Don Aníbal los esperó hasta que volvieron y le contaron la verdad, que Cristian tenía un tumor intestinal. Jazmín estaba destrozada por dentro pero dándole mucha fuerza a su marido. Aníbal les pidió por favor que le permitieran ayudarlos. Ninguno de los dos tenía energías para discutir. Aceptaron que Don Aníbal les alquilara un departamento amueblado cerca del hospital para que todo fuera lo más cómodo posible.

El día de la operación estaban todos: los Suárez, claro, pero también Don Aníbal y Julio, que quiso acompañar a su hermana. La que seguía inamovible en su postura era Verónica. “Yo no voy a juntarme jamás con esa gentuza. Mi hija eligió. Mi marido y mi hijo que hagan lo que quieran pero yo de mi casa no me muevo”.

La operación duró ocho horas y lamentablemente, tuvieron que sacarle todo el intestino y colostomizarlo. Eso significó que de por vida, debía llevar una bolsita en su abdomen que funcionaba como intestino. Fue un duro golpe pero lo importante era saber que se iba a reponer.
En efecto, así fue. Por unos meses, los domingos se pasaban en el departamento de los chicos, con Aníbal, Julio y su novia, Mercedes Aguirre Guzmán, chica de alta alcurnia pero de modales simples y humildes que estaba entablando una linda amistad con Laura.
A los seis meses, ya adaptado a la colostomía, se reanudaron las mesas dominicales en lo de los Suárez, ahora engrosadas por Aníbal, Julio y Mecha, como la llamaban. La gran ausente seguía siendo Verónica que de ningún modo daba el brazo a torcer.

Cuando Julio y Mecha anunciaron su fastuoso casamiento, los Suárez se sorprendieron con la invitación.
-¿Y tu mamá? –preguntó Laura.
-Mirá –dijo con señas que su novia había aprendido a traducir- primero dijo que no iba a permitir que los invitara. Entonces le dije que si le molestaba mucho, no viniera ella. Y ahí se calló.

Fue todo un acontecimiento para los Suárez asistir a semejante boda. Verónica, como era de esperar, ni los saludó, pero eso no opacó en nada la alegría que vivieron. Tenían mucho para celebrar y recién empezaban.

Laura fue la primera en quedar embarazada, le siguió Jazmín y luego Mecha. Había un poco de ansiedad con respecto a los bebés de Jazmín y de Julio, porque había un porcentaje de posibilidades que fueran sordo mudos también. Con pocos meses de diferencia Laura tuvo a Mayra, Jazmín a Gloria y Mecha a Federico. Gloria nació con hipoacusia profunda, y sabían que eso se resolvía con el implante coclear cuando cumpliera un año. Federico nació normo – oyente.

Gloria logró el milagro. La abuela Verónica no pudo resistir y se apareció en el hospital a conocer a su nieta y abrazar a su hija. El bautismo de Gloria fue el primer evento familiar en el que estuvieron todos juntos, en buenísimos términos. ¿Qué había provocado ese cambio en Verónica?

Durante los meses de embarazo de su hija, le diagnosticaron un tumor en un pecho y tuvo que someterse a una mastectomía. Increíblemente, todo se redujo a cinco semanas, diagnóstico, operación y alta médica, ya que le extirparon todo y ni siquiera necesitó tratamiento. Tanto su padre como su hermano habían preferido no decírselo a Jazmín que ya estaba con su embarazo avanzado y después fue Verónica misma quien se lo contó, cuando le dio la sorpresa de aparecerse en el hospital con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Hasta parecía más joven! La enfermedad la hizo reflexionar. ¿Qué diferencia había entre ella y ese chico al que tanto había despreciado? Ambos fueron víctimas de esa bestia que carcome la carne, tanto de pobres como de ricos. Sí, Verónica aprendió. ¡Y cómo!

Los Suárez compraron una mesa más grande para los domingos de invierno y empezaron a viajar al campo a pasar fines de semana en la mansión de los Quintana. Mayra, Gloria y Federico crecieron como hermanos a pesar de frecuentar distintos círculos sociales. Federico iba al colegio bilingüe de la ciudad más cercana, donde iban todos los hijos de los hacendados de la zona. Mayra iba al mismo colegio donde habían ido Laura y Horacio, la escuela del estado que quedaba a dos cuadras de la casa. Gloria iba a un colegio pago en el centro de la ciudad. Sin embargo, el lazo familiar era tan grande que se adoraban y no veían la hora que llegara el fin de semana para estar juntos.

El año en que los chicos cumplían siete, Cristian tuvo una nueva visita de su enfermedad. Y esta vez, para instalarse. Pasaron dos años hasta que llegó el final, época que la familia aprovechó con creces. Cuando llegó el horrible momento, si bien nadie puede estar realmente preparado para perder a un ser querido, había tanta unión entre todos que se vivió con mucha tranquilidad y aceptación. Todos y cada uno se despidió de Cristian a su manera y él mismo, partió en paz. El vínculo entre todos era tan estrecho que formaban una especie de ejército contra el dolor.

Jazmín quedó con el corazón destrozado, claro, pero agradecida de haber vivido ese amor increíble hecho fruto en su hija, que había tenido nueve años para disfrutar de su papá. Los padres de Cristian encontraban solaz en sus nietas. Y Laura agradecía que su hermano le enseñara tanto sobre la vida, con su propia existencia. Cristian se fue en paz, sabiendo que ninguno de sus seres queridos quedaba solo.

Pasaron los años. Jazmín nunca volvió a casarse. Se dedicó a su hija y al trabajo. Al morir su papá, heredó la empresa, junto con su hermano. El papá de Cristian también falleció. Las abuelas envejecieron, los padres maduraron y los chicos crecieron, estudiaron, trabajaron, se enamoraron.

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La tardecita de noviembre estaba fresca y el sol se ponía en un cielo que parecía más azul que nunca. Blanca y Verónica entraron juntas a la iglesia y se ubicaron en el primer banco. Ese día, lo habían dedicado al masaje, la peluquería y la manicura. Con sus casi noventa años, lucían fantásticas. Fueron llegando los demás, ubicándose en los dos primeros bancos. Normalmente, la gente de parte del novio se sienta de un lado y la de la novia del otro, pero acá estaban todos mezclados.

Cuando Verónica vio a su nieto Federico en el altar, no pudo con sus lágrimas. Mecha la miró sonriendo. Al abrirse las puertas al compás de los acordes de Mendelssohn, la iglesia estaba repleta. Mayra resplandecía como una princesa, entrando del brazo orgulloso de su padre. Gloria venía atrás, radiantemente feliz, llevándole la cola.

Se repetía la historia de amor entre el hijo de una familia adinerada y la hija de una familia de trabajadores. Pero esta vez, las diferencias se habían esfumado.

Mónica Gómez

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