La Arpía ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Microrrelatos, una serie de cuentos cortos que podrás leer en dos minutos y que seguramente te dejarán reflexionando. En la cuarta entrega: La Arpía, el drama de una joven demasiado ambiciosa.

La Arpía

La anciana cogió las hojas de parra, desabrochó la blusa de Leticia, y se las apoyó sobre el cuerpo desnudo. Luego tomó una vasija de barro y mezcló su contenido varias veces, eliminando vapores fétidos. Leticia se llevó las dos manos a la cara, y se cubrió la boca y la nariz. Tenía ganas de llorar.

La mujer untó el contenido de la vasija sobre las hojas de parra, cubriendo la zona entre el ombligo y los genitales de la muchacha. El vaho se hizo aún más espeso. Luego tomó una pala larga, y sin atizar el fuego bajo la chimenea, quitó unas brazas y las colocó, coronando el exorcizo.

Leticia miró a la anciana a los ojos, y pudo reconocer las pupilas amarillas de una arpía, esas águilas rapaces y depredadoras que arrasan los campos y se llevan animales en sus vuelos. Había visto una en un viaje a Panamá, y siempre se había sentido identificada con ese animal.

Era un día muy especial para Leticia. Habían echado a la conductora del noticiero, y esperaba que le ofrecieran el puesto a ella. Hacía años que trabajaba para eso, hostigando y humillando a su compañera.

-En tres minutos estará listo -masculló la octogenaria.

-Pero… ¿qué está haciendo? -sollozó Leticia, como rogando clemencia.

-Lo que usted me pidió, señorita -comenzó a decir la curandera-. Usted pagó para abortar, para que yo se lo sacara. Enseguida comenzará a hacer efecto. Lamentablemente, su lívido disminuirá, y nunca más volverá a sentir apetito sexual.

-¿Qué? ¿Qué está diciendo? -gritó Leticia, tratando de incorporarse.

-Bueno, decídase, señorita… esto comenzará a hacer efecto en dos minutos. O un hijo, o …

-Pero, no… ¿qué está diciendo? -la interrumpió Leticia, sollozando.

La anciana la miró con furia, se paró a los pies de la mesa donde Leticia estaba apoyada, estiró los brazos, y sin dejar de mirarla, comenzó a avivar las brasas para acelerar el proceso.

-Te gustó revolcarte con un hombre, ¿no? -comenzó a gritar la mujer con cara de arpía, mientras largaba una baba blanca por la boca- Pues, estas son las consecuencias, maldita prostituta. ¡Arderás con estas brasas, y perderás lo que engendraste, pero jamás volverás a gozar en tu vida!

Leticia se incorporó en la cama y miró hacia todos lados cubierta en llanto y sudor. “Por Dios, qué pesadilla,” pensó. Se quedó unos segundos meditando en lo que había soñado. Luego se levantó y se dispuso a enfrentar uno de los días más importantes de su vida, como un águila arpía.

Sergio Cilla

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