Microrrelatos: El Maricón ~ Sergio Cilla

Imagen: Andrey Tyurin

Sergio Cilla comparte con nosotros Microrrelatos, una serie de cuentos cortos que podrás leer en dos minutos y que seguramente te dejarán reflexionando. En esta entrega: El Maricón, una lucha por ser lo que uno no es.

El Maricón

Javier escuchó el grito de “maricón”, se subió a su bicicleta y salió disparado a toda velocidad. Una de sus tareas diarias era la de comprar el pan, y uno de sus mayores miedos era “el Gordo Peralta”, quien siempre estaba merodeando por el barrio, y lo amenazaba con “romperle la cara”, por el simple hecho de que, según el gordo, Javier era un maricón.

Pero esa palabra no sólo disparaba el terror a ser perseguido y lastimado, a sentirse intimidado e indefenso, sino que despertaba un conflicto con su identidad, y ponía la mirada en su familia y en su entorno.

Pero… ¿qué era ser maricón? Javier intuía el significado, pero le faltaban piezas a ese rompecabezas. Por ejemplo, imaginaba por qué su madre lo obligaba a jugar al fútbol, y organizaba todo a sus espaldas para que sus primos lo pasaran a buscar y lo llevaran al campito. Y a pesar de que no se lo perdonaba, ya que él prefería leer sus libros de aventuras, y su madre lo sabía, podía entender que estaba impulsada por el entorno, y que debía contribuir con su granito de arena para que Javier fuese “machito”.

Desafortunadamente, eso hacía que Javier comenzara a vomitar en el medio de cada partido, y sus amigos tuvieran que devolverlo a su casa, sintiéndose humillado, y así rechazado por todos.

Javier amaba sus libros a la hora de la siesta en verano. Le ayudaban a imaginar mundos mejores, donde los niños eran audaces, y sensibles al mismo tiempo. Algo que parecía no existir en el mundo real.

Volvió a escuchar: “Mariquita, esta vez te agarro y te desfiguro la cara.” Y pedaleó a toda velocidad. Llegó a su casa, abrió la puerta del zaguán, empujó la bicicleta y cerró la puerta detrás de sí con un golpe. No podía respirar de lo agitado que estaba.

“¿Estás bien?”, le preguntó su padre saliendo del taller donde trabajaba. Javier asintió con seguridad. Había aprendido en sus libros que si quería ser un héroe valiente también debía saber cómo mentir, cómo pasar desapercibido y cómo simular. La vida era mucho más simple si jugaba a ser lo que los demás esperaban de él, y a olvidarse, en definitiva, de que era un maricón.

Sergio Cilla

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