La Arrepentida ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros La Arrepentida, un nuevo relato de su colección “Historias de Mujeres”, y nos muestra la negación y la rivalidad en la que viven ciertas mujeres hoy en día.

La Arrepentida

-Es una especie de esclavitud consentida. Las mujeres que viven de esta manera son esclavas satisfechas. Entonces, en base a esto, ahora podríamos definir lo que es ser una mujer libre. ¿Quién se anima? Tiremos ideas -dijo Silvia a su audiencia con el objetivo de movilizar a esas mujeres que la estaban escuchando. Aunque tenía sus dudas de si iban a participar o no. Nunca se había sentido de esa manera frente a una audiencia, y había percibido cierta hostilidad y desconfianza por parte de sus congéneres.

Silvia era psicóloga, y sus dos hijas iban al Colegio Renacer, una escuela que se hacía llamar progresista, pero ubicada en un barrio muy conservador, y lleno de escuelas religiosas. Algunos padres habían buscado un cambio, y la escuela hacía buenas campañas de marketing para atraer alumnos nuevos. Entre ellas, brindaban charlas y cursos para padres, incluidos en el precio de la cuota escolar.

Silvia se había ofrecido para dar una charla sobre cómo las mujeres de hoy podían sentirse empoderadas. Las autoridades del colegio habían pensado que era una idea excelente, y habían abierto sus puertas a toda la comunidad para este evento.

Silvia tenía mucha experiencia en este tipo de situaciones. No sólo trabajaba como psicóloga en consultorios, y hacía clínica hospitalaria, sino que era docente de la universidad, y había publicado un par de libros.

-A ver… yo las voy a ayudar con esto -anunció Silvia a las mujeres que la observaban sin hacer comentarios-. Una esclava satisfecha es aquella mujer que siente que está todo bien en su vida, pero en realidad está atrapada como parte del sistema, y no puede ser lo suficientemente libre para tomar sus propias decisiones.

-¿Por ejemplo? -preguntó una de las mujeres que estaba sentada en la primera fila, levantando la mano, y con una actitud bastante desafiante.

-Es simple. Muchas mujeres creen que lo que tienen es lo que quieren. Pero en realidad es una mentira que ellas mismas se han fabricado para sentirse satisfechas. En el fondo, se sienten solas, inseguras, quieren otras cosas, y ven a las que salen al mundo, a las que se permiten hacer cosas, y a las que cuestionan al sistema, como una amenaza constante.

-¿Por ejemplo? -volvió a preguntar, pero esta vez sin levantar la mano, cruzada de brazos.

-Las mujeres estamos viviendo un momento único en la evolución del planeta -comenzó a responder Silvia, tratando de llevar sus argumentos hacia aspectos más generales. Sabía que igualmente ya se había zambullido en aguas turbulentas, y mientras hablaba, pensaba en cuál debería ser su estrategia para enfrentar a estas mujeres.

A Silvia no le interesaba sostener una postura, y que todos creyeran y actuaran como ella. No era su afán predicar o dar un sermón. Sólo quería poder darles algunas herramientas a estas mujeres para que pudieran comenzar a cuestionarse su entorno y decidir qué quería cada una para su vida.

-Y en este momento tan particular -continuó diciendo-, tenemos que estar todas unidas, porque así saldremos todas fortalecidas. No estoy hablando de que las mujeres tienen que dejar de ser lo que son, sino que tenemos que aceptarnos entre nosotras. Sin embargo, y para responder a tu pregunta, dándote un ejemplo, en este momento hay una batalla entre las más liberales y las más conservadoras. En muchos casos se odian mutuamente, y desearían que la otra no existiera.

-Discúlpame. Yo sé a lo que te estás refiriendo -la interrumpió la mujer de la primera fila-. Yo no soy para nada conservadora, sin embargo, no voy a permitir que otra mujer ande con los pechos al aire en una manifestación, o pretenda querer convencerme de que abortar no es matar una vida.

-Bueno, ya que pedías un ejemplo, y estás compartiendo con nosotras lo que piensas y sientes -la interrumpió Silvia con un tono de calidez, pero de firmeza al mismo tiempo-, vamos a tomar tu ejemplo personal. Estás diciendo que hay otras mujeres que piensan diferente, que tienen otras convicciones, que buscan caminos alternativos para expresar sus puntos de vista. ¿No crees que tenemos que ser tolerantes entre nosotras, comprendernos, ayudarnos? ¿No crees que es un momento para que todas, independientemente de lo que pensemos, estemos más unidas que nunca?

-No -le respondió-. Yo estoy muy bien como estoy.

-¿Cómo es tu nombre? -le preguntó Silvia, siempre tratando de mantener un tono cordial.

-Norma.

-Norma, si estás bien cómo estás, entonces ¿cuál es la necesidad de atacar a las que son diferentes? Si estás bien dónde estás -continuó diciendo y sabiendo que esto sería una bomba y que traería consecuencias-, deberías ser tolerante con la otra, no importa que hable usando un lenguaje inclusivo, se saque la remera para manifestarse, etc. A menos que vos seas un claro ejemplo de una esclava satisfecha.

Silvia dijo esa última frase y entendió que había cometido un gran error. Norma se levantó, tomó su cartera con furia, se dio vuelta para observar al resto de la sala con un tono amenazador, y dejó la sala abruptamente. Atrás de ella la siguieron tres o cuatro madres más.

Silvia terminó la charla como pudo, sintiendo que había fracasado, y que ya no podía lograr el objetivo.

Al día siguiente recibió un llamado del director de la escuela que le pedía una reunión.

-Creo que todos estamos de acuerdo que la charla no funcionó, y que no pudiste cumplir el objetivo que te habías propuesto -le dijo, Roberto, el director de la escuela, un hombre de unos cuarenta y cinco años, que vestía jeans y remeras para trabajar, intentando darle a la escuela una atmósfera totalmente informal.

-Sí, estoy de acuerdo con que no funcionó, pero porque me la boicotearon -respondió Silvia con seguridad.

-No creo que haya sido así -comentó Roberto con mucha calma-. Creo que no pudiste sortear la opinión de una madre, que además es una persona bastante influyente en la comunidad y en la escuela.

-No, te repito -aseveró Silvia-, es como haber tratado de hablar a favor de los beneficios de la carne frente a un grupo de vegetarianos, para no poner otros ejemplos más contundentes. Creo que la escuela no supo promover la charla, y esa mujer no tendría que haber estado ahí. O se tendría que haber retirado cuando sintió que no estaba de acuerdo con el tema. Yo no estaba atacando a nadie, sólo tratando de que pensaran, y evidentemente se sintió identificada, y me atacó como forma de defensa.

-Bueno, no vamos a ponernos de acuerdo entonces -le dijo Roberto, tratando de sacarse el tema de encima-. Anoche tuvimos una reunión con el consejo de la escuela, y llegamos a la decisión de que o le pides unas disculpas públicas, a través de una nota que haremos llegar a todos los padres, o te daremos el pase para que busques otra escuela para tus hijas.

La noticia dejó a Silvia sin palabras. Obviamente que ella no se arrepentía, y por lo tanto decidió aceptar el pase. Pero esto trajo serias consecuencias con su esposo y sus hijas. La acusaron de egoísta, de buscar sus propios intereses sin considerar los efectos que eso podría generar en sus vidas.

Silvia se sentía devastada. Había tratado de buscar complicidad y apoyo en su familia, y el resultado había tenido el efecto opuesto. Otras madres de la escuela, con las que ella se sentía más afín, también empezaron a alejarse y a dejarla de lado.

Finalmente, y sin otra solución en mano, Silvia terminó escribiendo la nota que la escuela le pedía, y arrepintiéndose de algo que ella sentía que no había hecho.

Al firmar la nota, y entregarla a la escuela, recordó inmediatamente una frase que nunca había terminado de entender completamente: “El maestro aparece cuando el discípulo está listo.”

Y a pesar de toda su experiencia, sintió que, en realidad, empoderar era entregar herramientas a aquellas que estaban listas para recibirlas, y jamás forzar a la que no está buscando al maestro.

Sergio Cilla

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