La palabra mágica ~ Sergio Cilla

Agradecer es mágico, porque nos conecta con la seguridad y la confirmación de que tenemos lo que queremos o necesitamos. Hoy Sergio Cilla nos trae un nuevo relato, “La Palabra Mágica”, junto con hermosas sensaciones, que nos harán sentir y utilizar esa palabra con mayor frecuencia.

Amelia apretó el botón para llamar al ascensor y volvió su mano derecha a la parte debajo de su vientre, como si necesitara sostener esa panza que en un par de semanas más daría luz a los primogénitos, mellizos, dos varones.

Amelia vivía su embarazo con la dignidad de una mujer criada en un hogar trabajador, donde no importaban los dolores ni los miedos, sino sólo salir adelante como sea. Pero ella se sentía inestable, y temía que los mellizos nacieran con algún problema. Por eso las ecografías se repetían con mayor frecuencia.

Pensó en Ramón, su novio. Se juró que jamás le diría que se arrepentía de no haberlo dejado faltar al trabajo para acompañarla a hacerse la ecografía. No sólo sentía que a veces necesitaba ayuda para movilizarse, sino que estaba casi quebrada emocionalmente. Pero, en muchas ocasiones, su omnipotencia la hacía rechazar la ayuda de él, su compañero de ruta.

Su madre la había educado para no necesitar a un hombre, para valerse por sí misma.

Amelia se sobresaltó con el sonido de la campanilla del ascensor, tomó una bocanada de aire profundo y dio un paso adentro cuando se abrieron las puertas. Los ascensores nunca habían sido sus mejores aliados. De pronto vio a una mujer que le sonrió inmediatamente apenas entró. Amelia la observó detenidamente y se acomodó en un rincón del ascensor. Era una mujer muy bella, con facciones indígenas, como de algún lugar Andino, con esa piel curtida por el aire, el sol y el tiempo, y con una enorme sonrisa que era cálida y elegante al mismo tiempo.

El ascensor retomó su descenso, y dos pisos más abajo se detuvo abruptamente. Se apagaron las luces y a los segundos se prendió una luz de emergencia.

- Lo que me faltaba hoy… no puedo creerlo -comentó Amelia con un tono que dejaba entrever su angustia.
- Seguro se solucionará enseguida –dijo la mujer, después de unos segundos-. Esto ya ha pasado otras veces.
- Preferiría dar a luz en este momento, y ya no tener que venir más a este lugar… tengo tanto miedo -agregó Amelia, como ignorando que había otra persona en ese lugar.
- Tranquila –le dijo la mujer, mientras la tomaba de la mano-. ¿Por qué no te sientas en el piso y descansas?
- Estoy tan preocupada, tengo tanto miedo –le contestó Amelia, aceptando la invitación, y siguiendo las instrucciones de la extraña, como si actuara inconscientemente.
- Entiendo…. Y preocuparnos y sentir miedo es algo humanamente natural. Sin embargo, las cosas pueden ser como nosotros queremos. En nuestro pueblo tenemos una técnica para recordar el futuro, o para crear nuestros sueños –comenzó a decir la mujer, con un tono de voz pausado-. Sólo debes cerrar los ojos, y crear tu sueño, verlo y sostenerlo, instalando la imagen que quieres en tu memoria. De esa manera, podrás ver el futuro o crear tu sueño, y estar segura de que todo saldrá bien.

Amelia se dejó llevar. Cerró los ojos y se vio en la sala de partos, con mucha gente alrededor. Estaba acostada en la camilla y lista para dar a luz. Oía pasos y varias voces.

- Tienes que generar esa imagen que quieres, acompañándola de una sensación corporal. O sea, no sólo debes ver lo que está pasando, sino tienes que sentirlo con todos tu cuerpo.

Amelia volvió a cerrar los ojos y sintió que los bebés estaban listos para salir al mundo. El médico decía que todo estaba dispuesto y que los bebés ya estaban bajando por el canal de parto. A pesar de que su cuerpo sentía mucho dolor, era una sensación placentera, era la dolencia de regalarle a la vida lo que llevaba adentro. Se concentró y trató de disfrutar de ese momento que tanto temía. Sintió una mano que se acercaba, y reconoció a Ramón en su sueño, junto a ella.

- Y luego debes aportarle una emoción amorosa. Es decir, sentir mucho amor por ti mismo en ese momento.

Amelia comenzó a sentir que se amaba en esa imagen, que amaba todo lo que estaba ocurriendo, a pesar del dolor. Se inundó de una sensación de bienestar placentero. Sintió que el amor recorría todo su cuerpo.

- Y nunca debes describir con palabras lo que estás soñando, sólo debes verlo y sentirlo –agregó la extraña en el ascensor-. Por último, pronuncias la palabra mágica.
- ¿Qué palabra mágica? –preguntó Amelia con mucha sorpresa.
- La palabra mágica es “gracias” –dijo la mujer, como si fuera algo obvio-. Pero no sólo debes pronunciarla, sino sentirla. Porque cuando uno agradece es porque ya obtuvo lo que estaba esperando. Así que debes agradecer y sentirlo profundamente en tu corazón.

Amelia volvió a concentrarse y a sentirlo todo. Veía salir a los niños de su cuerpo, sintiendo el dolor del parto, pero la alegría de dar a luz. Los sentía llorar, y también podía escuchar los sonidos de alegría en el lugar, y a Ramón que le apretaba la mano con toda su fuerza. El médico, la partera y los ayudantes sonreían y decían que eran dos bebés muy sanos y hermosos.

Y Amelia comenzó a llorar y a decir gracias, mientras mezclaba sus lágrimas con las de Ramón y se fundían en un abrazo. Sintió unas profundas gracias desde lo más recóndito de su corazón. Todo estaba saliendo como ella quería.

De pronto se encendieron las luces en el ascensor y se escucharon los sonidos del movimiento. Amelia abrió los ojos y la mujer le ofreció su mano para ponerse de pie.

El ascensor inmediatamente abrió sus puertas y Amelia se encontraba repentinamente en la planta baja de la clínica. Se dio vuelta con mucha inquietud, buscando a la extraña del ascensor, pero no pudo encontrarla, no estaba más en ese lugar. Sacó el teléfono de su cartera y lo llamó a Ramón.

- Amor, ¿puedes dejar el trabajo antes y venir a buscarme? Necesito tu ayuda. No, no, quédate tranquilo. Estoy muy bien, y los niños también. Ya ahora estoy segura que todo saldrá bien. Sólo quiero que estés acá, conmigo… te… te necesito.

Sergio Cilla

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