Microrrelatos: La Hosquedad ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Microrrelatos, una serie de cuentos cortos que podrás leer en dos minutos y que seguramente te dejarán reflexionando. En esta entrega: La Hosquedad, y el conflicto social de un hombre solitario.
Imagen: Logan Zillme

La Hosquedad

Roy golpeó la botella de cerveza contra la barra, y el sonido del vidrio absorbió al resto de los ruidos en el bar. Miró hacia todos lados, sacudiendo lo que había quedado de la botella como si fuera su arma más preciada. Estaba todo sudado, y su rostro enrojecido mostraba furia, angustia, y una inminente borrachera.

Era el mayor de ocho hermanos. Se había criado en el campo, bajo la rudeza del invierno y la exigencia de sus padres. Toda su vida no había hecho más que acarrear el ganado, cuidar de los caballos, y estar pendiente de las necesidades de sus hermanos.

Su hosquedad era el resultado de su crianza, de la torpeza social, de la falsa creencia que la rudeza es la mejor ostentación de la masculinidad.

No se le había conocido pareja, ni hombre ni mujer, pero sí se lo sabía muy macho, listo a pelearse con quién fuera, ya sea para defender a sus hermanos, para salvar el nombre de la familia, o para mantener su orgullo varonil.

Seguía con el pico de la botella en la mano, alzándolo hacia la noche, buscando a su alrededor a un contrincante, sintiendo que tenía que descargar su furia de alguna manera. Caminó hacia las mesas de billar, y todos le abrieron paso. Se detuvo y cayó de rodillas al suelo. Soltó el pedazo de vidrio que llevaba en la mano y comenzó a sollozar.

Y lloró sin parar por mucho tiempo. Lloró por sus padres, que ya no estaban, y a quiénes ya no podía contarles todo lo que había sufrido. Lloró para liberar rencores, para deshacerse de esa falsa masculinidad, lloró y lloró. Y todos en el bar se le fueron acercando de a poco, para contenerlo, para observarlo por primera vez, aunque lo conocían desde siempre, para que se dejara querer, para que se dejara entender, para que se dejara acompañar.

Y lloró hasta el amanecer, para liberar sus cuarenta y cinco años de vida; y empezó de a poquito, esa noche en ese bar, a entender lo que era sentirse libre, y comenzó, lentamente, a despedirse de su hosquedad.

Sergio Cilla

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