Microrrelatos: El Último Golpe ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Microrrelatos, una serie de cuentos cortos que podrás leer en dos minutos y que seguramente te dejarán reflexionando. En esta entrega: El Último Golpe, y la lucha por despegarnos de las apariencias.

El Último Golpe

El golpe de Rafael fue certero y demoledor sobre el rostro de María Inés, y ella se desplomó involuntariamente sobre el piso, no sólo por el efecto físico de la trompada, sino por la humillación de la situación.

Pero no era la primera vez, y no sería la última, porque ¿cómo podía decirle a su mejor amiga que Rafael la golpeaba? Era el jefe de su esposo, y ambos habían organizado la cita a ciegas donde lo conoció.

¿Quién iba a creerle que ese hombre tan seductor, que todo el mundo admiraba, la obligaba a quedarse encerrada hasta que las heridas cicatrizaran?

María Inés era literal y llanamente envidiada por su entorno social. Se había graduado en una excelente universidad, y había hecho una carrera increíblemente exitosa en el ámbito de la economía. Una mujer fuerte y decidida, una profesional admirada que se ganaba su propia vida, y vivía sin ningún tipo de necesidades.

Sin embargo, a sus amigos les había preocupado el hecho de que nunca había encontrado el amor, hasta que le presentaron a Rafael, y se enamoró de lo que no sabía si había estado buscando, pero podía reconocer que era lo que supuestamente le faltaba.

¿Cuándo había permitido que esto pasara? ¿Cómo se le había ido todo de las manos? Si le contaba al mundo la verdad, ¿se quedaría sola nuevamente? ¿Quería estar con alguien? ¿Esto lo había elegido?

¿Sus padres le creerían? Porque ellos adoraban a Rafael, y siempre la criticaban porque era una quejosa, y decían que nada le venía bien.

Rafael vio que esta vez María Inés no se levantaba, y se agachó para ayudarla. Le pidió perdón, mientras le acariciaba el rostro, y le decía que había perdido el control nuevamente, y que no volvería a pasar.

María Inés lo observó sin dolor, pero con la presunción de que él creía lo que estaba diciendo, y tomó el cuchillo de arriba de la mesada y se lo enterró escabrosamente entre las costillas.

La sangre salió a borbotones, mientras Rafael se retorcía y caía al piso inadvertidamente. María Inés se sentó sobre el charco escarlata, se sacó la chaqueta y la usó de almohada para que Rafael estuviera más cómodo, y se quedó observándolo, mientras el cuerpo convulsionaba. En un minuto comprendió que debía de dejar de hacerse tantas preguntas, aunque ya era tarde para todo.

Sergio Cilla

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