La Mesera ~ Sergio Cilla


Fotografía Ángela-Burón

Sergio Cilla comparte con nosotros La Mesera, un nuevo relato de su colección “Historias de Mujeres”, que habla del acoso cotidiano, y donde el dolor del pasado se confunde con el deseo presente.

La Mesera

Mercedes miró hacia la puerta del café rápidamente, y siguió limpiando las mesas que recién se habían vaciado. Todos los martes y jueves al mediodía recibía la visita de Adalberto, su cliente favorito. Desde el primer día que comenzó a trabajar en el café, Adalberto empezó a coquetear con ella. Siempre tenía alguna galantería que la hacía sonrojar, y esto la halagaba y la divertía, pero Mercedes no esperaba nada más que eso de su relación con este cliente tan particular.

No obstante, y poco a poco, Adalberto comenzó a interiorizarse sobre la vida de Mercedes, a notar cuándo se sentía triste o angustiada, a tratar de robarle una sonrisa en esos momentos, y esta actitud de cuidado y contención fue lo que empezó a ganar el corazón de la mesera.

Ahora, lo esperaba ansiosamente. Los martes y jueves se maquillaba, se pintaba los labios, y se ponía perfume en el baño un rato antes del mediodía, y Adalberto empezaba a entender las señales, y a saber que era el momento de iniciar a danzar la melodía del amor.

-Este sábado salimos -le dijo Adalberto apenas Mercedes le trajo el menú-. Vamos al cine, dan una romántica, y seguro te va a encantar.

-¡Mírelo a él! … Así, directamente, sin siquiera preguntarme -contestó Mercedes, sintiéndose más complacida que nunca.

Quedaron para las seis de la tarde de un sábado de otoño muy lluvioso en Chicago. Se encontrarían en una esquina y ahí tomarían el bus hacia el mall.

Ambos eran latinos que habían conquistado la gran ciudad de los vientos. Adalberto, desde muy pequeño, y ya llevaba más de treinta años en esa ciudad. Mercedes, era unos diez años menor que él, y hacía pocos años que vivía en Chicago con su tía, la hermana de su madre. Se había escapado de su casa en Morelia, la capital de Michoacán, en el centro de México.

Mercedes siempre se sintió como la oveja negra de su familia. Tenía ambiciones, quería estudiar y “ser alguien”, como siempre decía. Soñaba con viajar y recorrer el mundo, sintiéndose libre e independiente. Sin embargo, su familia esperaba otra cosa de ella. Como la hermana mayor, con cinco hermanos varones, para su madre era más una cenicienta que una hija.

Su familia necesitaba que tuviera un trabajo para ayudar a la economía familiar, y que además colaborara en la casa. De más está decir que era una familia conservadora y falócrata, donde se servía al padre primero, donde se honraba la masculinidad y se menospreciaba a las mujeres.

Mercedes se escribía siempre con su tía en Chicago. Era su modelo para seguir, había logrado irse de esa casa, y conquistar el mundo.

Así, un día no quedó otra solución que escaparse para el norte, y quizás su tío, el hermano soltero del padre que vivía con ellos, a pesar del odio que sentía por él, en definitiva, le había ayudado a tomar esa decisión.

Un golpe en la puerta de la casa de su tía en Pilsen, un barrio humilde del oeste de Chicago, trajo alegría y tranquilidad a todos. Había huido de la casa de sus padres, y había tardado casi una semana en llegar a lo de su tía.

Su tío la acosaba sexualmente desde siempre, y Mercedes sentía que era algo que no podía compartir en su casa. Esa noche, mientras lavaba los platos, y cada uno de la familia estaba en sus propios quehaceres después de la cena, su tío se le acercó por atrás, la apoyó, le tapó la boca con su mano derecha, le metió la mano bajo la falda con la izquierda, y se restregó contra ella como si fuera un perro en celo.

Ella quiso gritar y morderle la mano, y fue en ese momento que su tío le torció el brazo y le dijo: “cumpliste dieciocho años la semana pasada, ya estás grandecita para esto, aprende que la vida es así.”

Mercedes nunca más pudo volver a usar una falda desde ese día. Habían pasado seis años desde ese hecho desafortunado, y seguía siendo virgen. No soportaba tener a un hombre muy cerca, por ejemplo, cuando viajaba en el tren para ir al trabajo, ya que siempre temía que la fueran a atacar. Muchas veces, hasta se daba vuelta repentinamente cuando sentía que un hombre podría estar detrás de ella. Siempre con miedo, siempre sintiendo que podía ser acosada.

Sin embargo, Adalberto era totalmente diferente. Hacía meses que flirteaban y jugaban al juego de la seducción. Al principio, se había sentido un poco intimidada, pero luego, de a poco, fue ganando confianza.

Es más, era la primera vez que se ponía una falda desde hacía tanto tiempo. Siempre decía que las faldas le afinaban su figura, y la hacían sentirse muy femenina, y Mercedes tenía un cuerpo muy bonito.

Se encontraron en la parada del autobús, y Adalberto quedó boquiabierto al verla. Su cabello lacio y largo, del color de una noche oscura de otoño, que caía con ondas sobre sus hombros, escoltaba no sólo la belleza de su rostro y de su cuerpo, sino resaltaba los deseos de su alma. Mercedes estaba feliz.

Llegaron al cine, y se sentaron por atrás en el medio, separados del mayor grupo de gente. Adalberto le dijo que necesitaba estar lejos para poder ver bien. Le compró palomitas y una gaseosa, y Mercedes desbordaba de alegría. Le comentó que estaba feliz, que se sentía como imaginaba que una niña podría sentirse en su primer día en la calesita. Por supuesto, nunca nadie la había llevado a conocer un carrusel.

Adalberto se acomodó en el asiento y no dejaba de darse vuelta y contemplarla. A mitad de la película, le pasó su brazo izquierdo por los hombros, y Mercedes, aunque un poco recelosa al principio, accedió complacida.

La confianza comenzó a crecer entre ambos, y Mercedes no podía creer lo que estaba viviendo. Había logrado escapar de su casa y del acoso de su tío, aunque con dificultad se estaba generando un sustento económico en otro lugar, en una ciudad diferente, y ahora podía llegar a confiar en un hombre, y a pensar en animarse a hacer el amor en un futuro cercano.

Pero el momento terriblemente inesperado llegó para Mercedes. En un impulso desconcertado, Adalberto estiró su brazo derecho, y se abrió camino entre las piernas de la muchacha, a la altura de donde comenzaba la falda. Mercedes sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo en pocos segundos, apretó sus piernas con mucha fuerza, y sintió muchísimas ganas de llorar. La tensión inmediata de todo su cuerpo envió una señal clara a Adalberto, quien retiró su mano lentamente.

Mercedes se puso de pie y le dijo que quería ir al baño, y Adalberto notó que unas cuantas lágrimas habían inundado sus mejillas.

-Espera, discúlpame -le suplicó Adalberto, sosteniendo su brazo, e impidiendo que Mercedes pudiera pasar por delante de él.

-No esperaba esto -le respondió Mercedes, sollozando.

-Perdóname… es que como viniste con esa falda corta, yo pensé… -agregó Adalberto con una mirada que realmente imploraba compasión.

Mercedes lo miró como diciendo “¿por qué dijiste eso?”, y sintió que Adalberto no era el príncipe azul que siempre había esperado. En un segundo había aprendido la lección más importante de su vida, que tenía que fortalecerse, y salir al mundo dispuesta a enfrentarlo, y que los príncipes azules sólo estaban en su imaginación.

Se sentó en un banco a esperar el bus para regresar a Pilsen, llorando desconsoladamente. De pronto vio a su derecha un hombre mayor que la estaba mirando, le guiñaba un ojo, le tiraba besos, le hacía gestos lujuriosos, y comenzó a sonreírse inusitadamente. No podía creer que alguien le estuviera haciendo eso cuando podía ver que ella se sentía tan mal. “Algún día lo voy a encontrar…”, pensó con una actitud un poco más esperanzada, “…voy a encontrar a ese hombre que entienda cuándo quiero que me toquen.”

Sergio Cilla

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