Cuentos de Navidad: Mi Nombre es Santa ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla nos invita a revivir el espíritu navideño con un cuento corto, que te demostrarán que a pesar de lo que podamos sentir, nunca estamos solos en el esquema de la vida, y menos aún en la Navidad.

Cuentos de Navidad: Mi Nombre es Santa

Nora se acercó a la barra, miró para todos lados y se sentó en el mismo lugar que en las últimas cuatro noches. El barman le preguntó si le servía lo de siempre, y Nora mirando hacia todos lados, y sintiéndose muy incómoda por la pregunta, asintió con la cabeza.

-No hay como la compañía de una buena copa de vino, ¿no? -se escuchó una voz masculina que se acercaba.

Nora había notado que había unas personas alrededor de la barra, pero no había prestado mucha atención. No quería relacionarse con nadie en particular. Tenía el prejuicio de pensar que nada bueno se podía conocer en un bar.

-Sé lo que estás pensando -agregó el hombre que se acomodó tranquilamente en la silla de al lado-, este pesado ahora viene a molestarme cuando yo sólo quería sentarme un rato en el bar, tomar un trago, y olvidar alguna pena.
-Si voy a olvidar las penas tomando tragos, creo que me será muy difícil poder irme de este bar en condiciones -contestó Nora sin mirarlo.
-Bueno, pero podemos comenzar de a poco, y quizás si compartes algunas de esas penas conmigo, tengas muchas menos que ahogar con el alcohol -comentó el extraño, alzando un poco la copa, como tratando de captar la atención de Nora.
-No me lo voy a creer -respondió Nora con una sonrisa, mostrando cierta ironía.
-Es un error muy común, y no lo voy a tomar de manera personal -agregó el extraño.
-Perdón, pero yo no estoy cometiendo ningún error -dijo Nora con una sonrisa más sarcástica esta vez.
-Sí -aseveró el acompañante rotundamente-. El error es pensar que no puede haber gente que se interese genuinamente por otros, y que siempre tiene que haber un beneficio extra. Por ejemplo, yo estoy en este bar circunstancialmente, me acerqué a tomar una copa a la barra, vi una mujer hermosa a quien le servían una copa de vino, y pensé que sería buen momento para acercarme. A veces siento que una copa de vino se hizo para eso, para compartir, para acercarnos, para estar con el otro.
-En tres días será Navidad, y no creo que sea un buen momento para nadie, y menos para conocer a otras personas -dijo Nora con un tono de amargura.
-¡Ni me lo nombres! Es el momento del año en que estoy más ocupado… pero, dime… ¿por qué le temes a la Navidad?
-No le temo. No quiero que llegue, simplemente. No me molesta estar sola, si me molesta pensar que todos van a estar disfrutando en compañía, y que a ninguno se le ocurrió darse cuenta que yo me quedaba sola.
-¿Todos son…? -preguntó el extraño suavemente, con mucho cuidado.
-Mi exesposo con su pareja nueva, mis hijos y sus parejas y mi nieto. Esos son todos -respondió Nora con firmeza.
-¿Y no hubo ninguna amiga que te invitara a compartir la Navidad, o algún otro familiar?
-Sí, claro, mi mejor amiga -contestó Nora, mientras le hacía señas al barman para que le recargara la copa de vino-. Pero yo quiero estar con los míos, como corresponde, como hacen todas las familias. Pero, Luciano, mi hijo mayor, vive en el exterior con su esposa y mi nieto, y Natalia, mi hija menor se tomó una semana de vacaciones con sus amigas, justo en este momento.
-Entiendo -dijo el extraño y tapo la copa para que el barman no le agregara más vino-. Construirse una vida propia es algo muy difícil para una madre, y más aún si está divorciada.
El extraño hizo una pausa larga y la miró con dulzura. A Nora comenzaron a llenársele los ojos de lágrimas.
-Las madres tienen la difícil tarea de criar a sus hijos, de ayudarlos a desenvolverse en la vida, y en ese camino se olvidan de sí mismas. Luego, los pichones vuelan y el nido queda vacío, y uno siente que nos deben, y es un sentimiento noble. Pero, en realidad, no nos deben nada.
-Sí, ya sé. Pero yo me rompí el alma criándolos, para terminar así… -dijo Nora muy enojada, y derramando alguna que otra lágrima.
-¿Tu nombre? -preguntó el extraño.
-Nora -respondió con un gesto de incredulidad.
-Querida Nora. Terminar así, como dices tú, es una elección, y estoy muy seguro que puedes cambiarlo de un momento para el otro. Entiendo que parece terrible, pero sólo tú puedes elegir algo diferente para tu vida.

Nora comenzó a observarlo como si estuviera diciendo una gran verdad que la incomodaba al mismo tiempo.

-Quedarnos en ese lugar donde nos apenamos de nosotros mismos, y sentimos que una copa de vino puede ser la mejor compañía, es algo que todos hacemos en algún momento de la vida. Sin embargo, siempre cabe la posibilidad de que un extraño nos muestre que hay otros caminos. Y que las copas de vino se inventaron para compartir, y no para ahogar penas –agregó el extraño.

Nora se quedó en silencio y no supo qué decir. Sabía que tenía razón, pero no sabía cómo articular lo que el extraño estaba diciendo.

-Sé lo que estás pensando –agregó este hombre con mucha dulzura-, ¿cómo hago para salir de esto? Es muy sencillo. Pensando en vos. Entiendo que cada uno debe construir su propia vida, y comenzando a elegir lo que quieres en ese camino. Piénsalo. Y si ahora me disculpas, tengo que pasar al baño.

El hombre comenzó a caminar hacia el baño y Nora lo interrumpió.

-¿Cuál es tu nombre? –le preguntó.
-Mi nombre es Santa –le dijo el extraño con una sonrisa inmensa, y siguió caminando.

Nora se quedó sentada, pensando. El barman quiso agregarle más vino, pero no lo dejó. Se quedó veinte minutos más en esa posición, miró hacia el baño, luego a su copa de vino, y sonrió. Entendió lo que estaba sucediendo. Tomó el teléfono y llamó a Mónica, su mejor amiga, y le dijo que aceptaba la invitación, que iba a pasar la Navidad con ella y su familia. Tomó su abrigo y se marchó.

Sergio Cilla


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