Microrrelatos: El Refugio ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Microrrelatos, una serie de cuentos cortos que podrás leer en dos minutos y que seguramente te dejarán reflexionando. En esta entrega: El Refugio, un lugar innegable, sólido, aún en penumbras.

El Refugio

La misa había terminado y Celeste se quedó conversando con sus “compañeros del refugio,” como los llamaban sus hijos, organizando los eventos del calendario litúrgico del mes. No quería volver a su casa todavía. Esa mañana había encontrado una nota en la pizarra de la cocina, y no tenía ganas de enfrentar esas situaciones nuevamente. Además, se pronosticaba mucho trabajo en la iglesia, una kermese para recaudar fondos, la llegada de la cuaresma, y todos los eventos que eso implicaba.

Raúl había muerto tres años atrás, y contrariamente a lo esperado, el pesar de la viudez transformó a Celeste en un ser activo, dinámico y diferente. Ya no pasaba sus días limpiando, cocinando, haciendo las compras, y preocupándose por la tarea de sus hijos, como cuando Raúl aún vivía.

Ahora, la vida de Celeste había dado un vuelco. Se pasaba horas, días enteros y fines de semanas en “el refugio,” entre actividades sociales, litúrgicas, procesiones y retiros espirituales. Y siempre se la veía feliz, siempre estaba contenta, excepto cuando tenía que enfrentar a Dolores, su hija de diecisiete años.

Sus compañeros del refugio le decían que tenía que ser paciente, que su hija estaba en una etapa de rebeldía por la muerte de su padre. Sin embargo, Celeste sabía de alguna manera que Dolores estaba en lo cierto, aunque jamás quería admitirlo.

“Claro, ahora que no está papá que te obliga a tener sexo, podés coger tranquila con Dios,” le había dicho una mañana, y Celeste le había dado vuelta la cara de un cachetazo. No se hablaban desde ese día, y Dolores sólo salía de su cuarto para ir a la escuela y procurarse alimento.

Mientras discutían la planificación de los eventos, Celeste metió la mano en su cartera para buscar un papel, y encontró la nota de esa mañana. Por un segundo, la vida se paralizó, y recordó las veces que Raúl la obligaba a ser mujer, como decía ella, y el alivio que sintió cuando descubrió que su marido tenía una amante, y que ya no la molestaría más.

También volvió a sentir esa sensación recurrente, algo que no podía confiarle a nadie más que a Dios: por un lado, un dolor agudo por la pérdida del padre de sus hijos, pero un alivio amenazador, por el otro.

La nota que de esa mañana, que Dolores le había dejado en la cocina, decía: “Podés olvidarte de papá, de nosotros, y hasta de vos misma, pero no creas que vas a encontrar todo eso en el refugio”.

Celeste hizo un bollo a la nota, y siguió con mucho entusiasmo, participando de la reunión.

Sergio Cilla

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